El jugador argentino Cruz y la herida en su pómulo izquierdo. (Foto: Olé)

Buenos Aires / Olé

Julio Grondona se levanta del sillón de su casa en Sarandí. Agarra su teléfono Star Tac. Su cara lo dice todo. Ya no le importa su dolor, su reposo postoperatorio por una afección renal. No puede creer lo que ve por televisión: Julio Cruz sacado del campo por Daniel Passarella, Diego Cagna y el doctor Luis Seveso. Van rodeados por la Policía. Alrededor, el bochorno.

Grondona marca el número del Ingeniero Raúl Ulloa, por entonces presidente de Gimnasia de Jujuy y dirigente que estuvo a cargo de la delegación que se había entrenado durante 30 días en La Quiaca para ese partido, rumbo a las Eliminatorias de Francia 98. No puede contactarse. Intenta hablar con Eduardo Bongiovanni, jefe de prensa de la Selección… Imposible. Hasta que consigue comunicarse con David Pintado, por entonces presidente de River, que estaba en La Paz.

—Te pido que le digas a Passarella que el equipo debe terminar el partido en la cancha. Es una locura lo que estoy viendo. Terminen el partido en el campo.

Minutos antes, Julio Cruz había ido a buscar, cerca del banco de Bolivia, una pelota larga, quizás la pelota más larga de su vida. Es en ese momento cuando recibe una trompada en el pómulo derecho del chofer del micro de la delegación local, José Manuel Trujillo. Cruz cae. Ya todo, a esa altura, a 3.600 metros de altura, es un bochorno. Hernán Díaz, Sensini, la Brujita Verón, Pablo Paz y Nacho González se pelean con la policía boliviana que reparte bastonazos y gases paralizantes (a Lechuga Roa le rociaron la cara con uno de esos gases). Cruz está en el suelo. Se agarra el rostro. Ahí es cuando Passarella, Seveso y Cagna lo cargan para llevárselo al vestuario.

Recorren los 25 metros hasta el túnel. Seveso le dice a Passarella:

—Daniel, no podemos sacarlo así. Está prohibido, necesito una camilla. 

—¡Pero qué camilla ni camilla! Hay que llevarlo rápido al vestuario.

Cruz se toma la cara. De todos modos, puede verse que no tiene sangre. Ni en su rostro ni en su camiseta. Llegan al vestuario. Se cierran las puertas.

El partido, parado por 12 minutos, increíblemente sigue por orden del árbitro brasileño Marinho Dos Santos Sidrack. Cruz no vuelve del vestuario. Argentina termina con ocho: ya habían sido expulsados Nelson Vivas y Gustavo Zapata, y se habían realizado los tres cambios. Passarella, que en un momento pensó en retirar al equipo, sigue en el vestuario. Dirige Sabella, ayudante de campo. Se juegan un par de minutos más. La Selección cae 2-1.

Pero esta historia recién empieza…

La puerta del vestuario está cerrada. Parado ahí, Eduardo Bongiovanni, por entonces jefe de prensa de la Selección, explica la lesión de Cruz: «Producto del golpe, tiene sangre por todo el rostro». Un periodista de El Gráfico le pide permiso para entrar a sacarle una foto a Cruz. Bongiovanni le niega el ingreso. Pero, minutos después, cambia: llama a todos los fotógrafos. Grita «vengan, vengan». Explica que el técnico (un técnico siempre muy celoso de la intimidad, capaz de poner lonas en la concentración) le había dado el okey. Todo el mundo adentro….

“Eso me llamó la atención. A un vestuario de fútbol es muy difícil acceder. Cualquiera lo sabe. Y que justo Passarella te dejara entrar era muy llamativo”, recuerda hoy Gustavo Ortiz, fotógrafo que cubrió ese partido para Olé.

Cruz está acostado en la camilla. A su lado, una mesita. Hay vendas, botellas de agua, gasas, algunos medicamentos. Tiene los ojos cerrados. La camiseta con el 9 manchada de sangre. El pómulo cortado. Es «la» foto. Salvo un detalle: el pómulo cortado es el opuesto al golpe.

“Yo ahí ni me di cuenta —sigue Gustavo Ortiz—. En ese vestuario estaban Passarella, Seveso y los dirigentes y el comentario que me hacían era ‘mirá lo que le hicieron con el golpe que le dieron’. Yo me avivo recién después, cuando mando las fotos al diario. Me llama el jefe de fotografía, el Flaco Durán, a las puteadas. Me dice: ‘Vos sos boludo. Escaneaste las fotos al revés’. Yo le digo que no. Y me dice: ‘Cruz tiene el corte del otro lado’. Ahí saltó todo. Porque yo tenía la secuencia del golpe en el otro pómulo. Se armó un lío bárbaro. Me llamaron de todos lados. Hasta del programa de Mauro Viale”.

Luis Seveso, el médico de la Selección, dice en un primer momento: “Cruz está reaccionando bien, todavía se encuentra algo obnubilado por el golpe. Tiene un corte en la cara que necesita un puntito de sutura, pero no es grave”.

Ya después, con todo el bochorno consumado, su versión cambia, llamativamente: “Cruz estaba en la camilla, aturdido por el golpe que todos vieron, y de repente se despabiló y se cayó de la camilla”.

La historia sigue en lo de Don Julio, en Sarandí. El viernes, dos días después del partido. Ahí lo citan a Seveso. El Jefe quiere explicaciones. Un Jefe que ya empezaba a desactivar el papelón: “Passarella me dijo que Cruz se golpeó solo”, decía públicamente. Y Seveso, al salir de lo de Don Julio, declaraba: «Yo soy el responsable». Cuentan que en la charla con Grondona, el doctor le dio su particular versión: “Se cortó cuando lo llevábamos de la escalera del túnel al vestuario. Allí se me cayó al piso —él estaba mareado y semidesmayado— y se lastimó el otro pómulo…”.

Si el corte fue al caerse y no por el golpe del boliviano, ¿para qué hicieron entrar a los fotógrafos al vestuario? ¿Para qué buscar mostrar un corte producido accidentalmente?

“Yo estuve en ese vestuario —cuenta Miguel Ángel Rubio, experiodista de El Gráfico, hoy gerente de comunicación de la Superliga—. Me sorprendió que Passarella nos hiciera entrar. Pero había un clima muy agresivo. Ya desde la conferencia de prensa previa al partido, cuando un periodista boliviano le dice cobarde a Passarella. Ese partido lo vi desde el palco. Fue un caos todo. Hasta los periodistas bolivianos nos insultaban. Cuando pasa lo de Cruz, yo bajo al vestuario, los jugadores estaban con un ataque de nervios. Era una locura. Me acuerdo que, estando ahí, un dirigente grita: ‘Llama Julio desde Buenos Aires…’”.

Grondona juega un papel fundamental en esta historia: después del partido, mueve los hilos. Conocedor de las suspicacias que despertaba el corte de Cruz, el informe que eleva la AFA a la FIFA habla sólo del violento accionar policial, de la poca seguridad en el estadio y de los golpes de los auxiliares (antes de lo de Cruz, Hernán Arsenian, kinesiólogo argentino, había sido agredido por un integrante del cuerpo técnico boliviano). No dice más. Nada de pedir los puntos. Esto queda acá. Todo pasa. Entre tantas versiones, Grondona temía que a Argentina le pasara lo mismo que a Chile en las Eliminatorias del 90, cuando el arquero Roberto Rojas fingió una agresión desde las tribunas y Chile pidió los puntos: la FIFA sacó al país de esas Eliminatorias y de las siguientes, las de EE.UU. 94.

«Ese episodio negro, tiene un responsable principal y con mayúsculas: Daniel Passarella», dice hoy, a los 52 años, el exdefensor Miguel Ángel Rimba, que jugó aquel partido. «Passarella venía incitando desde una Copa Libertadores que tuvimos acá, cuando dirigía a River. Decía que era inhumano jugar en La Paz. Uno juega donde nace, donde vive. Nacimos acá y jugamos acá, no podemos hacerlo en otro lado. Passarella incitaba constantemente, lo hizo con sus jugadores también y pasó algo que no queremos que pase nunca más ni en Argentina, Bolivia ni en ninguna parte del mundo. Porque lo de Julio Cruz lo lamenté mucho, me parecía un hombre muy humilde y trabajador, sacrificado. Y me dolió que se prestara para ese episodio negro, por orden de Passarella y de todo su cuerpo técnico».

Nacho González, que en ese partido le metió un cabezazo sin pelota al delantero boliviano Demetrio Angola por el que le dieron tres partidos, cuenta hoy: «El vestuario era un caos. Y también fue un caos salir del estadio, llegar al hotel e irnos al aeropuerto. Sobre lo de Cruz se tejieron 200.000 hipótesis de lo que pudo llegar a pasar, pero sinceramente yo en ese momento estaba mentalmente en otro lado. Yo en ese momento, estaba muy preocupado por el resultado y porque sabía la que se me venía con las cámaras y la sanción. Ese partido marcó mi carrera. A mí me costó mucho llegar a la Selección y estaba todo encaminado para entrar en la lista del Mundial de Francia. Después se iba a ver si jugaba o no, pero es una de las deudas pendientes que me quedó en mi carrera. Yo, sinceramente, no sé qué se me pasó por la cabeza para hacer eso…».

A todo esto, Cruz aparecía el viernes en la práctica de su club, River. Un apósito le cubría el corte en la cara, esa marca que arrastraría por siempre. La Nación de ese día publica:

 —¿Cómo fue el corte?

 —Bien no sé. Creo que cuando me pegaron. Como si tuviera un anillo en la mano.

 —¿No recordás cómo fue?

—No, te repito: no me acuerdo de nada. Recién tomé conciencia en el vestuario.

La realidad es que Julio Cruz siempre se refirió con evasivas a aquel episodio. De hecho, ninguno de los jugadores argentinos (estaban un joven Verón, Sensini, Nelson Vivas, Gustavo Zapata, Pipo Gorosito) declaró públicamente detalles de cómo se cortó Cruz. “A mí no me gusta hablar de eso”, decía el propio Jardinero dos años después del corte, abril 1999, también en La Nación. “Ya se dijeron muchas cosas. No tiene sentido seguir hablando”.

 —¿Pero vos tenés la conciencia tranquila?

 —Yo, sí.

 —¿Y el cuerpo técnico?

—No sé. No sé si el cuerpo técnico tiene la conciencia tranquila, habría que preguntárselo a ellos. Vos me hacés cada pregunta…

Nueve años después, en abril de 2006, Julio Grondona se prestaba al 100×100 de Diego Borinsky para la revista El Gráfico. Sus respuestas, sin decir mucho, decían casi todo…

—¿A Julio Cruz lo cortó un integrante del cuerpo técnico de la Selección en el vestuario para después pedir los puntos del partido contra Bolivia por la eliminatorias 98?

—Bueno, esa es una pregunta que no la puedo contestar porque lamentablemente estaba en mi casa, ya que venía de una operación. Así que lo vi por televisión, como ustedes.

—Vamos, Julio, usted sabe todo…

—Es un tema que mejor hay que dejarlo en el olvido. No creo que de una conversación sobre esto se pueda sacar algún beneficio… Clarito, ¿no?