Una tradición que tiene siglos de historia.

.Luis Oporto Ordóñez/ Crónicas/

Una de las tradiciones más arraigadas en la ciudad de La Paz es la feria de la Alasita, que se caracteriza por desarrollar a su interior un complejo universo mágico-religioso-cultural, poco perceptible a simple vista, en el que se funde la tradición con la modernidad, en todos los sentidos. Su origen se remonta a la época prehispánica, con la tradición ritual de intercambiar productos agrícolas con otros bienes de consumo popular. En su decurso ha traspasado la época colonial y republicana, y se mantiene fortalecida y remozada en el presente. La Alasita se caracteriza, hoy, por la publicación de periodiquitos, prensa en miniatura.

Del Eqeqo e Illa prehispánicos al Ekeko colonial y republicano

Galo Illatarco afirma que la Alasita deriva del verbo aymara Alathaña (‘comprar’), que se practicaba cada 21 de diciembre “en una festividad sagrada de culto a la deidad andina de la reproducción y la fertilidad animal, vegetal y humana, de la buena fortuna, del amor y propiciador de las uniones sexuales (Eqeqo), caracterizada por la presencia e intercambio de dijes y miniaturas como símbolos de la tradición andina”. En su origen podemos ver que resalta su función de prosperidad, a través del intercambio de miniaturas que reflejan la diversidad de bienes necesarios para el desarrollo de la sociedad. Se trata, pues, de una festividad ritual aymara de data prehispánica.

En 1781, durante las grandes rebeliones indígenas de Túpac Katari, la milenaria tradición de intercambio, propia y privativa del mundo indígena, despreciada por chapetones que habitaban en la ciudad de Nuestra Señora de La Paz, se torna en una alternativa para paliar la urgente necesidad de alimentación en aquella época de crisis. En efecto, en medio del fragor del combate, los sitiados habitantes de Chuquiapu empezaron a sufrir las consecuencias de la falta de alimentos. Literalmente, todo lo que se movía fue cazado, asado o sancochado para servirlo en la mesa. En medio de esa lamentable situación, se instaló la primera versión de la feria popular de Alasita, cuando mujeres, hombres y niños, se volcaron al improvisado mercado indígena para intercambiar bienes de cualquier naturaleza con productos alimenticios traídos del campo. En medio del bullicio, se escuchaba: “Alasita, Alasita” (“comprame, comprame”).

Antonio Díaz Villamil, en su libro Leyendas de mi tierra, divulgó la fusión de aquella ancestral festividad ritual con la fiesta católica colonial. Relata que en 1781, durante el cerco indígena a la ciudad de La Paz, dos jóvenes enamoados, “Isidro Choquewanca y Paula Tintaya fueron separados por el patrón español Francisco de Rojas. El encomendero decidió trasladar a Paula a la ciudad para que atendiera a su hija Josefa Ursula de Rojas Foronda, esposa del gobernador Sebastián de Segurola Marchain. Paula y la hija del español se refugiaron en un pequeño cuarto, custodiado por un Ekeko. La empleada guardaba maíz tostado, k’ispiña y charque de llama, provisiones que le eran enviadas por su enamorado Isidro. Al retornar de la batalla, Sebastián de Segurola encontró a su esposa alimentada, rodeada de alimentos donde antes no había y la imagen del Ekeko en la habitación”.

El escritor afirma que, agradecido por la provisión de alimentos, “Segurola, mediante una Ordenanza en 1783, dispuso el cambio de la fiesta tradicional del Ekeko de diciembre al 24 de enero, fiesta de la Virgen Nuestra Señora de La Paz, para festejar la victoria española”. Relata que Isidro Choquewanca fue el autor de la creación de la creación de un idolillo con los rasgos de Francisco de Rojas, su suegro, con una carga de alimentos en sus manos y espaldas.

Los periodiquitos de Alasita
Si bien es cierto que la tradición de los periodiquitos es republicana, sus antecedentes se remontan a la época de las rebeliones indígenas. En 1871, los ejércitos indígenas liderados por Túpac Katari y Bartolina Sisa ponen sitio a la ciudad de Nuestra Señora de La Paz, con un ejército de 40 mil hombres, asentados en Pampahasi, Qilliquilli y El Alto. En una guerra sin cuartel, las huestes de Katari se descolgaban hasta San Pedro y San Sebastián y amagaban la Caja de Agua en Santa Bárbara. Una impresionante red de chasquis, espías y correos intercambiaban información sobre el curso del sitio y la resistencia. Como resultado se formó un nutrido epistolario indígena, a cargo de secretarios, plumarios, amanuenses y escribanos. María Eugenia del Valle sostiene que “los rebeldes, por lo general no escribieron personalmente sus cartas porque no sabían castellano o porque si lo conocían, no sabían escribirlo. Incluso puede verse que aun pudiendo escribir usaron amanuenses, seguramente porque eso les daba cierto estatus”.

Corresponden a la autoría de escribientes el inicio y el final de cada carta, pero “lo esencial de su contenido está en el mensaje que se quiere transmitir, en el cual se reflejan siempre los sentimientos genuinos de quien las firmaba las circunstancias reales que se vivían”, es decir de los líderes indígenas.

Túpac Katari tenía bajo su mando una hueste de letrados mestizos. El secretario mestizo Bonifacio Chuquimamani custodiaba su archivo. Escribientes, plumarios y amanuenses, como Pedro de Obaya (el Rey Chiquito), Agustín Carlos Troche, Joaquín Anaya y Basilio Angulo, tomaban el dictado del líder indígena, lo firmaban por él, recogían la correspondencia y despachaban las comunicaciones, asistidos por indios cañaris. María Eugenia del Valle identifica un total de 200 documentos de raíz y pensamiento indígena, datados entre mayo y octubre de aquel histórico 1781. Como se puede ver, sorprendentemente la primera Alasita urbana de ese año estuvo matizada por la profusa correspondencia indígena.

El uso de los primeros periódicos murales corresponde a la Guerra de la Independencia, cuando Pedro Domingo Murillo y los confabulados destituyen a autoridades españolas e instauran una Junta Tuitiva, el 16 de julio de 1809. Los patriotas conspiraron contra la corona española empleando pasquines, periódicos manuscritos que circulaban en las calles de Nuestra Señora de La Paz, para divulgar sus ideas. Pedro Domingo Murillo se dedicó a papelista, “con bastante habilidad y admirable ingenio confeccionaba los pasquines, que cada noche, en diferentes lugares, calles, aparecían indicando la revolución, especie de diarios, como muy bien podría clasificarse, tatarabuelo de los periódicos de la República, los que tenían en continuo sobresalto a las autoridades españolas, sin poderlo adivinar de dónde procedían”, como relata Nicanor Aranzáes.

En la actualidad, intelectuales y medios de comunicación impresa contribuyen a la prensa en miniatura que satiriza a políticos y lanzan una mirada sarcástica al acontecer político social, tal como lo señala la inscripción de los Periodiquitos de Alasita en el Programa Memoria del Mundo de América Latina y el Caribe, MOWLAC/UNESCO, en 2012.

La Alasita, un microcosmos sorprendente

Como se puede ver, la Alasita es un microcosmos sorprendente, en el que miles de artesanos trabajan, durante un año entero, para ofrecer su fino y delicado trabajo en yeso, madera, cerámica, metales diversos, hueso, textiles, vegetales, plástico, piedra y cualquier otra materia prima.

La feria de la Alasita está organizada en sectores, conformados por vivanderas que ofrecen platillos típicos, sándwiches de chola o chorizo, humintas al horno o a la olla, dulceras y reposteras con masitas en miniatura, manzanas bañadas en dulce o chocolate, apis y tojorí, con deliciosos pasteles especiales de queso y buñuelos, para deleite de la numerosa población que acude con fidelidad sorprendente. Juegos de azar, con asombrosas destrezas de tiro al blanco, lota, bingo, futbolines, minicanchas de billar; ekekos trabajados en yeso, con réplicas de caballeros medievales, mascotas, caballos, toros y una constelación de personajes del cómic y del fantástico universo de superhéroes; boutiques con trajes de calle, de gala o de novia; cocinas, refrigeradores, vajilla completa, autos y coches trabajados en lata y madera; cholets, chalets, edificios tipo rascacielos, junto a lotes de terreno y materiales de construcción; tiendas de abarrotes, carnicerías y todo tipo de negocios; soldaditos de plomo junto a variedad de objetos fundidos.

El Banco de la Fortuna ofrece billetitos de diverso corte, en bolivianos, euros y dólares, junto a títulos de toda índole, desde el típico carnet de borracho, técnico superior, bachiller, licenciatura, masterado y doctorado de acuerdo con el gusto de cada uno; combos con todo lo que uno requiere para viajar al exterior: una maleta con pasaporte, visas, tarjetas de crédito, dinero.

Artículos trabajados en mimbre, madera, cerámica de huayculí, piedra, para el hogar o para la cocina; instrumentos musicales en miniatura y tamaño real, construidos por luttiers nativos. Amuletos de la buena suerte, ofrecido por yatiris, kallawayas y quirománticos, capaces de leer el futuro a través del estaño derretido o la vela fundida, cartas del tarot o las hojas de la coca, la planta sagrada de los Incas; juegos de magia, que encandilan a los más pequeños.

Existen tradiciones en riesgo de extinción como los pajaritos que sacan al azar una síntesis impresa del futuro, al igual que calaveras que interpretan tu destino. Surgen novedosas propuestas para adolescentes que prefieren visitar a curiosos notarios que celebran matrimonios express, sin consentimiento de sus padres, sin padrinos ni testigos y a un costo muy asequible a su estatus estudiantil.

La Alasita: Patrimonio Inmaterial e Intangible de la Humanidad
Como afirma el experto David Aruquipa, la Alasita, comprendida como una expresión cultural de la ciudad de La Paz que reinterpreta anualmente un mito en que el Eqeqo prehispámico, se integra a la memoria urbana en el momento del Cerco aymara a La Paz, liderado por Tupak Katari en 1781. Desde entonces, sostiene Aruquipa, anualmente los paceños despliegan itinerarios urbanos para obtener miniaturas de alimentos, billetes, casas y otros bienes, “activarlas ritualmente y circularlas para conjurar la escasez y estimular el bienestar. Al mediodía del 24 de enero obtienen las miniaturas en puestos callejeros y tumultuosamente ingresan en iglesias para consagrarlas con agua bendita y frotarlas en los altares; también se obsequian billetitos para circularlos entre la comunidad. En las plazas, ritualistas indígenas otorgan a las miniaturas la capacidad de concretarse durante el año, convirtiendo a la urbe en un escenario laberíntico, en el que las familias enlazan acciones rituales y prácticas diversas, asegurando la pervivencia del mito”.

Con esos recorridos rituales, la Alasita fue inscrita en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, en 2017, “con lo que se visibiliza cómo la dinámica cultural articula relaciones entre la sociedad y los objetos concretos dentro de una práctica local, acentúa la idea de intercambio de miniaturas de la buena fortuna entre individuos que no tienen lazos de parentesco o amistad, pero que forman parte de la comunidad, y proyecta la idea de que las aspiraciones son realizables y los objetivos de bienestar no necesariamente tienen como única vía de progreso o acceso la compra individual”. Finaliza señalando que “su continuidad es un factor esencial de la consolidación identitaria del pueblo de La Paz y de los bolivianos en general como reproductores de gestos rituales que valoran socialmente los principios rectores de la reciprocidad positiva y de la redistribución de bienes a través de la circulación de miniaturas de la buena fortuna”.

La Alasita ha sobrevivido al Covid-19 y se mantiene viva como signo de identidad cultural del pueblo paceño, irradiado a nivel regional y mundial.

LinkedIn