Lucía Mamani trabaja en su máquina de tejer. (Fotos: Jorge Mamani)

Estefani Huiza / Periódico Bolivia

Tejen como si no importara la lluvia, ni el frío, ni el tiempo que pasa inexorablemente por sus vidas. Se dedicaron a hilvanar sueños y cortar los hilos defectuosos de sus destinos. Al finalizar su tejido, amarran la lana tan fuerte como sólo ellas saben ser cuando se trata de salir adelante.

A llá en la ciudad de El Alto, las montañas se observan como eternos guardianes de aquel lugar que cobija a gente luchadora, fuerte y con un gran espíritu de rebeldía, que se hace más intenso con cada golpe de la vida. Lucía heredó la sabiduría de su madre y de sus abuelos, esa fuerza ancestral que los aymaras llaman (amuyu) porque sabe que para ser feliz sólo se necesita dar.

Lucía creció en un hogar tradicional, donde las mujeres se casan, tienen hijos y cuidan de  su familia. Por eso no le sorprendió que al encontrar a su pareja tuviera que renunciar a ella misma para hacer feliz a su familia.

Pasó el tiempo y ella aceptaba su destino, arropaba a sus hijos en las noches y se quedaba horas frente a la ventana esperando a que llegue aquel hombre que se hacía llamar su esposo. Siempre miraba el cielo y se preguntaba si acaso no había cometido un error.

Mameluco tejido a mano.

Una noche, él ya no llegó. Lucía miraba las ventanas de su cuarto que la dirigían a la puerta principal. Pasó varias noches en vela, esperando ver su rostro, siquiera para aguantar sus reproches o su mal humor, pero no apareció.

Con el paso del tiempo, percibió que la despensa estaba cada vez más vacía, sus hijos necesitaban ropa, zapatos y la deuda en el banco no esperaba. Aquellos momentos parecían interminables, vendió casi todos sus bienes para solventarse y estaba impedida de trabajar porque no tenía a quien dejar a sus hijos.

Las casas desfilaban como soldados petrificados en aquella ciudad de noches eternas y lentos amaneceres. Luego, como en un sueño, las estrellas se asomaban sobre los techos de calamina y tejas desprolijas. Abajo, sobre el frío asfalto, Lucía oraba por sus hijos para que no les falte nada y rogaba al cielo que le dé fuerzas para seguir.

Pasaba horas enteras frente a su estufa y pensaba qué podría hacer para llenar las ollas de comida. Fue su madre quien se dedicó al tejido toda su vida, la que la animó a elaborar pantis de lana, típicos de la región andina.

“Tejé pantis, siquiera para el pan te servirá”, le dijo su madre

Lucía empezó tejiendo con la máquina vieja de su mamá, pero no le iba muy bien. Deambulaba por las calles, caminaba de feria en feria y no vendía sus productos. Fue también su mamá la que la impulsó a producir por cantidad y vender por mayor.

Se levantaba muy temprano, empezaba a tejer desde las tres de la mañana, a mediodía preparaba el almuerzo para sus wawas y después seguía trabajando. Con ese ritmo de trabajo alcanzó a pagar las deudas que le había dejado su esposo, el poco tiempo libre que disponía cuidaba de sus hijos y con el tiempo pudo comprar dos máquinas.

Tejedoras

 Con el capital que había acumulado, Lucía Mamani de 46 años pudo ampliar su pequeño emprendimiento. Necesitaba manos para cubrir sus pedidos, entonces puso un aviso para solicitar servicios de nuevas tejedoras.

No pasó mucho tiempo del anuncio publicado y una gran cantidad de mujeres tocaron su puerta ofreciendo los productos que producían.

—Doña Luci, ¿no tienes trabajo?

—Doña Luci, no sé tejer, pero quiero aprender, necesito para mi pan. ¿Me puedes enseñar?

—Doña Luci, sé tejer a crochet, ¿te lo puedo tejer?

—Yo sé hacer chompas, ¿necesitas?

—Sé hacer ajuares para bebes, camitas y otras cosas ¿te lo tejeré?

Lucía se sintió impotente y no podía negarse a las solicitudes de aquellas mujeres que necesitaban generar algún dinero para mantener a sus hijos e hijas.

“No les podía decir que no, pensaba en mí cuando no tenía dinero para mis hijos, cuando no podía comprarles ni un par de zapatos, les pedí que me trajeran lo que ellas hacen y les dije que yo intentaría vender sus productos”, contó la tejedora.

Lucía hizo todo lo posible por vender aquellas prendas que le iban dejando las señoras. Su aptitud para las ventas y sus ideas para generar clientes dieron resultados, pronto comenzó a pedir a las demás mujeres que elaboren más prendas.

De esa manera se fue formando una asociación de tejedoras a la cabeza de la señora Lucía Mamani. Ahora son más de 30 mujeres las que componen la organización denominada Unbutex.

Saquito de lana tejido a mano.

La emprendedora recuerda que había muchas señoras que no tenían máquina, entonces ella decidió comprar poco a poco y les iba dando a cada una de ellas, para que puedan tejer desde sus hogares.

Ubuntu

Después de un tiempo, el emprendimiento de la señora Lucía logró emplear alrededor de 30 mujeres. Un día las reunió a todas y les explicó el significado del nombre que ella había elegido para su emprendimiento.

“Soy cristiana y en una de las prédicas nos cuentan la historia de los niños sudafricanos. Un día, la profesora les dijo: Le voy a dar todas estas frutas al niño que gane la carrera. Todos empiezan a correr, pero uno se cae, entonces todos se agarran de la mano y todos ganan la carrera. La profesora les pregunta por qué hicieron eso y ellos respondieron Ubuntu”, contó la artesana.

Según el clérigo y pacifista sudafricano Desmond Tutu, una persona con Ubuntu es abierta y está disponible para los demás, las respalda, no se siente amenazada cuando otras son capaces y son buenas en algo, porque está segura de sí misma, ya que sabe que pertenece a una gran totalidad, que decrece cuando otras personas son humilladas o menospreciadas, torturadas u oprimidas.

En 1990, tras 27 años de cautiverio, Nelson Mandela inicia una nueva era en Sudáfrica presidida por la filosofía Ubuntu, que pone en valor la capacidad de perdonar y la empatía para cohesionar a un grupo que antes integraban clanes enfrentados por el odio o el resentimiento.

La palabra también puede representarse en la lengua quechua como ayni, principio precolombino de los pueblos andinos. Ayni significa solidaridad económica y social entre las comunidades.

Lucía comenta que el nombre nació porque la historia la conmovió y se parecía a lo que ella hacía con las demás tejedoras, porque entre todas se colaboran para salir adelante. La artesana expresó su admiración por las mujeres y los trabajos que realizaban para sacar a sus hijos adelante.

“La mayoría son madres solteras, sus hijos son pequeños, admiro mucho a estas mamás, son valientes y les agradezco, porque trabajan conmigo y ellas me impulsan, me piden trabajo. Nos animamos entre todas”, contó Lucía.

Patricia Lozano, de 42 años, es una de sus  tejedoras que lleva más de tres años en Ubuntex. Cuenta con emoción que cuando ella comenzó a trabajar con Lucía no sabía tejer ni usar la máquina, pero con paciencia, esmero y dedicación pudo dedicarse a este oficio.

“Yo empecé uniendo los bucitos, llegué hasta aquí con mis dos hijitos que por entonces eran pequeños. La señora Lucía me prestó una máquina y pude trabajar desde mi hogar, en mi casa hago buzos y aquí hago chompas, no descanso, pero me da para comer y puedo estar con mis hijos”, recordó Patricia.

Contrabando

Cuando llegó la pandemia, Lucía pensó que el mercado también se había cerrado para ella y las tejedoras, pero los pedidos continuaban e incluso producían en mayor cantidad sus productos.

La artesana recuerda que sus clientas llegaban desde el campo para comprar sus prendas, porque aseguraban que no estaba entrando ropa por Desaguadero, población fronteriza con Perú.

Lucía está segura de que si se cerraran las fronteras a los productos que también se producen en Bolivia, el mercado crecería para los pequeños emprendedores y así se puede generar mayor movimiento económico en el país.

La competencia en el mercado nacional de ropa es grande, Ellas tejen sus propios sueños, por eso Lucía prefiere vender sus productos por mayor para generar más ingresos y emplear a más mujeres.

“Me alcanza para mantener a mis hijos, para mi comidita y para tener algo extra. Ellas tejen de dos a tres docenas cada semana, ese momento es el pago y sí o sí tengo que salir a vender para obtener mi ganancia como vendedora”, contó Lucía.

Redes sociales

Por la pandemia, Lucía se vio frustrada porque no conseguía material de trabajo y tampoco podía moverse para vender sus tejidos. Fueron sus hijos y sus sobrinos los que la motivaron a crear su página en Facebook.

Al principio, ella no sabía cómo funcionaba el mundo de las redes sociales, pero pidió a sus hijos que le enseñaran a crear su propia cuenta de Facebook.

Lucía no dejó pasar el tiempo y aprendió lo que se necesitaba saber para vender sus tejidos de manera virtual.

De pronto su página de Facebook empezó a tener cada vez más seguidores y los pedidos también crecían. Pese a que su fuerte es la venta por mayor, la artesana también elabora pedidos individuales y especiales. Los clientes pueden solicitar sus productos a través de su página de Facebook Ubuntex.

Tejidos elaborados por las artesanas.

Lucía tiene la esperanza de ver su negocio crecer más de lo que quisiera imaginar. Recuerda lo difícil que fue comenzar y se le escapa una lágrima de alegría, al saber que ahora puede ayudar a varias mujeres que necesitan trabajo para alimentar a sus hijos.

Ellas tejen sus propios sueños, rodeadas de un mundo que, por momentos, parece darles la espalda, pero van de la mano, sonríen a los malos días y abren sus brazos a otras mujeres que, cómo ellas, necesitan trabajar.

“Yo no soy nada sin ellas y ellas no son nada sin mí, entre nosotras podemos salir adelante”, agregó. Pese a que su esposo la dejó hace tiempo, ella no le guarda rencor.

 “Gracias a eso tengo mi trabajo y la admiración de mis hijos, lo mejor que me pudo pasar es que él se haya ido”, contó la artesana al esbozar una sonrisa.

El día está nublado y empieza a caer la lluvia, pero Lucía se muestra despreocupada. “(…) Va a pasar, sólo está chilcheando”, dice mientras mira las gotas de agua que caen sobre su manta. En el pasado, una tormenta no pudo con ella.

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