Escena de la edad de la inocencia

Aitor Arjol*

La inocencia no nació un día cualquiera. De tal nacimiento sí que hace mucho. Unas cuantas décadas. Se sabe mucho de ella. De quien la practica. De quien no se duerme en los laureles y se alegra de cuando la inocencia forma parte de su vida. 
Al respecto, unos adecentados señores y respetables señoras, cada uno de los cuales ocupa una letra por sillón, entre otros menesteres, se encargan de mantener viva la llama de esta inocente lengua que es el castellano.
Tales insospechados y cultos miembros de la Real Academia de la Lengua definieron la dulce inocencia como sigue: “(Del lat. innocentĭa). 1. f. Estado del alma limpia de culpa; 2. f. Exención de culpa en un delito o en una mala acción; 3. f. Candor, sencillez”.
En primer lugar, la inocencia como estado del alma. La inocencia como el agua de nuestra botella, y a su vez esta última el espíritu que lo contiene todo. Dentro de tal particular botella y abrigada bajo la piel, habita pues el estado del alma, con independencia de que esté o no libre de culpa. 
¿Y a qué tipo de estado se refiere? ¿Al de una situación determinada o al de una forma de organización política? Pues no. Se refiere al del alma. El otro tipo de Estado nación posee una naturaleza más barroca, pues se trata de un territorio nacional, habitado por una determinada soberanía y población más o menos estable, donde con algo de suerte aun hallaremos amplios puñados de inocencia:  la bella y casual Ecuador; la Cuba infinita y cosida a una isla en todos sus sones y guayaberas; Perú, con sus riscos andinos como colmillos afilados de la geografía; Chile, con sus poetas de toda cata y jugo como Nicanor Parra, Gabriela Mistral o el amante de casi todo dígase Pablo Neruda; la Argentina de los tangos que se bailan con las largas piernas de una mujer envueltas en una sensualidad de las medias negras contra la espuma del deseo de un bandoneón; Bolivia, donde algún padre decidió dormirse a la sombra de un volcán.
Qué tan pura e inocente sea el alma en cada uno de nuestros respectivos territorios, es una cuestión bien diferente, por cuanto ahora la inocencia tiene una clara vara de medir, como aquel poderoso caballero don Dinero, al que don Francisco de Quevedo le dedicara esta revelación en pleno Siglo de Oro:
Madre, yo al oro me humillo 
él es mi amante y mi amado, 
pues de puro enamorado 
de continuo anda amarillo; 
que pues, doblón o sencillo, 
hace todo cuanto quiero, 
poderoso caballero 
es Don Dinero.

Si don Francisco de Quevedo levantara el pobre la cabeza varios siglos después, se moriría de la vergüenza. Él, que con tanta inocencia y semejante estado del alma libre de culpa, escribió sobre una gran verdad que perdura y permanece vigente a pesar de los pesares. Quién lo diría, que Quevedo fuera más profeta que poeta, porque Don Dinero es tan poderoso que hipnotiza al más inocente, cándido y puro de alma. 
La exención de culpa en la comisión de un delito o mala acción es otra forma de inocencia que, en caso de que no tengamos limpia el alma, vienen unos jueces la mar de togados o unos funcionarios de aduana, y unos declaran exentos de culpa o de aranceles según sea el caso.
Aunque recuerdo otras exenciones igual de simpáticas, como cuando en España el servicio militar era obligatorio y nos declaraban exentos de éste por tener los pies planos, miopía o alguna cuestión tipificada en el respectivo código. En ese caso, también estaban los exentos de participar en la fiesta de quintos del pueblo. De esos que coincidían en año de nacimiento y les mandaban a servir como reclutas por sorteo y entonces preparaban una fiesta por todo lo alto, o inscribían sus nombres en la pared del frontón junto a la Plaza Mayor, o se hacían de acordeón y otros instrumentos y andaban de puerta en puerta, solicitando aguinaldo militar o una buena alegría.
Por último, candor y sencillez. “Cuida a quien te cuida”, canta Pedro Guerra. Candor como sinónimo de un calor impenetrable a golpe de vista. Candor por dentro. Fortaleza del espíritu. Un espíritu de mirada profunda. Candor con el que nace el niño y desaparece progresivamente en la adolescencia. Candor que debiera existir siempre, a prueba de balas, pero que cada vez es menos plausible exteriorizarlo porque te dan más bofetadas que a un tonto. Por eso dicen que no sólo hay que ser inocente, sino también parecerlo. 

*Escritor español

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