BARTOLINA

Para conocer a Bartolina Sisa en su dimensión histórica se deben dejar de lado las tradiciones más o menos románticas transmitidas por Nicanor Aranzáez (1915) o por Augusto Guzmán (1944) para ir a los datos que proporcionan los documentos de la época, que son las únicas fuentes que dicen algo más cercano a la verdad.
Así, por ejemplo, Nicanor Aranzáez dice que Bartolina Sisa nació en La Paz el 24 de agosto de 1750, que era hija de José Sisa y Josefa Vargas, y que pertenecía a una familia mestiza muy numerosa de La Paz. Esto significaría que era una mestiza de 30 años en la época del cerco. Ella declara, en cambio, el 5 de julio de 1781, ser natural del pueblo de Caracato y vecina de Sica Sica; que Caracato era de la parcialidad de Urinsaya, del ayllu Ocoire. No sabía su edad, pero los jueces hicieron anotar que se la veía de más de 20 años. No se dice si es india o mestiza, pero en los dos interrogatorios que se le hicieron se utilizaron intérpretes.
A esos escuetos puntos se reducen los datos que se tienen disponibles de la vida de Bartolina en la época anterior a la sublevación. Puede desprenderse, sin embargo, que Julián Apaza, a pesar de no haber convivido intensamente con ella, la conocía bien y estimaba sus cualidades, puesto que, cuando se instaló en El Alto para iniciar el cerco de La Paz, la hizo venir con él para que asumiera el rango de virreina que le correspondía como su legítima esposa y presidiera así la corte de la que quería rodearse. Pero, sobre todo, Tupac Catari quiso contar con ella como la más eficaz colaboradora y consejera.
Esto significa que la fama de Bartolina nació del papel que desempeñó con el caudillo, en los cortos meses que duró el primer asedio; es decir, desde mediados de marzo hasta los últimos días de junio de 1781. Bastaron esos tres meses y medio para que esta extraordinaria mujer ganara un nombre que no cayó en el olvido, a pesar de que desde julio, cuando fue entregada a traición por los suyos al libertador de La Paz, Ignacio Flores, permaneció en la cárcel de la ciudad hasta su ejecución, en septiembre de 1782. Parecería más bien que una inmensa nostalgia aureoló su figura. 
Su encierro en prisión, su ausencia en El Alto y la falta de su apoyo y su consejo al caudillo opacaron un tanto el brillo de las actuaciones de Tupac Catari. Por las descripciones que el padre Borda, un agustino que estuvo prisionero en El Alto, hizo a Sebastián Segurola (comandante de la defensa de La Paz) en un informe que éste le pidió cuando pudo escapar hacia la ciudad, puede apreciarse cómo Bartolina supo captar los deberes que le imponía su nuevo papel.
El padre Borda dice que Bartolina se quedaba con el mando y el gobierno en las ausencias de su marido, “desempeñándolo en el todo” y en modo tal “que no hacía falta alguna Catari”. Ella reinaba y tomaba toda clase de disposiciones; sin embargo, nunca se arrogó el poder ni hizo frente a su marido, ni se constituyó en una ‘mandona’, como su cuñada Gregoria. Bartolina se limitó a ser la eficaz colaboradora de Julián. Cuando en sus dos confesiones Bartolina tuvo que referirse a las actividades de su esposo, lo hace con arrogancia, demostrando que se sentía orgullosa de las relaciones tan directas e importantes de éste con Tupac Amaru, y así insiste en que llevaba 10 años preparando la empresa, que viajaba con frecuencia a Tungasuca a entrevistarse con él e incluso que acababa de llegar de allí cuando se produjo el levantamiento en su pueblo. Asegura que los eclesiásticos le habían contado en El Alto que Tupac Catari había andado por muchísimos pueblos y lugares para persuadir, alentar y conmover a los indios, con lo que había pasado muchos trabajos.
Por otra parte, Nicolás Macedo, el plumario de Tupac Catari, dice en su confesión que aun cuando él no la conoció, oyó decir siempre que era una buena amazona que montaba a caballo de día y de noche. Se comprende también que era una mujer fuerte si se piensa que entró en prisión el día que Ascencio Alejo, el cañari de Pucarani que dormía a sus pies, el cual teniendo solo 21 años no soportó la cárcel más de tres meses, pues el 5 de octubre de 1781 el auditor Fermín Escudero le encontró “de la red para adentro, tendido en el suelo y calzado de un par de grillos, el que, reconocido, estaba al parecer naturalmente muerto y pasado de esta presente vida a la otra”.
Al declarar, cuando se le pidió que dijera quiénes influyeron en su marido para que se levantara contra las autoridades, no delata a nadie y se limita a nombrar personajes que ya habían muerto, como Marcelo Calle, o nombres irrelevantes que no tuvieron la menor figuración después. Tampoco delata a nadie de la ciudad, cuando se le pidió que dijera cómo se sabían en El Alto las medidas y las disposiciones que tomaba Segurola.
El oidor Diez de Medina no pensó en aquel momento que precisamente habría logrado oscurecer la figura de Bartolina si la hubiera encerrado a servir en algún convento, como lo pedía el defensor de naturales. La hizo  ejecutar, por el contrario, con la mayor crueldad y haciendo mofa de todo lo que había hecho grande su figura, con el objetivo de escarmentar a los que la admiraron y la siguieron, con el deseo de borrar para siempre su fama.
En su estrechez de miras, no captó, el severo ministro, que precisamente conseguía lo contrario. Bartolina, que había sido algo olvidada en tantos meses de encierro y opacada por su cuñada Gregoria, salió a la luz otra vez, tocada ahora por el fulgor del heroísmo y el martirio. Desde ese momento los de su raza la convertirían en el símbolo de la mujer que acaudilló a las huestes para conseguir la justicia, la dignidad y la libertad de los pueblos nativos de América.