Consuelo Loayza recibe premio

Jackeline Rojas Heredia

El 29 de marzo, durante la noche de gala organizada por el Ministerio de Culturas y Turismo para entregar el Premio Nacional de Culturas y el Premio Gestión Cultural Gunnar Mendoza, se entregaron también otros reconocimientos a personalidades que durante muchos años trabajaron y aportaron en el campo cultural.
Una de esas personalidades fue Consuelo Loayza Soruco viuda de Aldana, hija de Carlos Felipe Loayza Beltrán y Ercilia Soruco Montaño, quien recibió la condecoración al Mérito Cultural Marina Núñez del Prado.
Nació en Beni, departamento amado por sus padres y a quien ella dedicó muchas de sus composiciones en música y letra. Fue conocida como la doble de Libertad Lamarque, durante el tiempo que su cálida voz cautivó a un público ávido de tangos, boleros y taquiraris. Hoy continúa en la creación de composiciones dulces y profundas, pero la fuente actual de su inspiración es Dios.
Acogedora y desprendida preparó un banquete de delicias orientales, un masaco casero (preparado de plátano y queso), cuñapés, mermelada de naranjas, que  combinadas al aroma fresco de un café mañanero entibió la fría mañana en Alto Obrajes, La Paz.
Tiene tanto para contar y mostrar que no sabe por dónde empezar, junto a ella su hija Mónica Aldana la ayuda y de una sola vez inicia la música de un CD en el que sobresale su voz junto a la voz melodiosa de un varón, es Rafael Jesús Aldana Loayza, su hijo músico y amante, como la madre, de Beni oriental, quien dejó el mundo a la temprana edad de 30 años.
Consuelo agradece a Dios por ese regalo, ese trozo de vida compartida con Rafael Jesús e intenta no dar paso a la pena, mientras sus recuerdos la llevan a recorrer las poblaciones benianas de Casarabe, Cachuela Esperanza, Moré y Roboré y entonces sus gastados ojos ya no resisten las lágrimas y su voz entrecortada menciona la siringa (árbol del que se extrae el caucho).
“La siringa”, repite y llora, obra de Juan Bautista Coímbra y el primer libro, leído por ella, a los 12 años, sus visiones sobre indígenas esclavos, golpeados, maltratados, sacrificados hasta la última gota de sudor por la ambición del oro negro, la goma, la explotación, la malaria y otras epidemias y pulmones deshechos por la siringa.
Beni habitada y floreciente en el auge de aquella época. Y luego olvidada, ignorada, pedazo de tierra oriental bendita, origen de varias naciones indígenas, distintas y enlazadas entre las palmeras verdes y la tierra húmeda.
Consuelo es la expresión de la música y la poesía dictada por las aves y las fieras de la misteriosa selva, ella compartió sus conocimientos y su arte entre esas poblaciones, se interesó por los niños y por todos esos grupos humanos que habían sido explotados, sacrificados y colonizados. Su labor priorizó resultados, y el bienestar de la gente, de ese afán enamorado, poco registro queda. Mucho aún, en su memoria que precisa de un orden y un espacio de tiempo que permita retroceder al pasado y revivir, a través de ella, a la rica tierra de Beni, la antigua, la saqueada. Revivir el ardor de aquel paraíso sellado por siempre en la retina de Consuelo Loayza.
“Quizá a través suyo lo pueda hacer”, afirma y sonríe con esa luz de esperanza urgente que más allá del reconocimiento propio ansia memoria para la tierra que añora.

Casarabe… Casarabe
Volando van las aves
Cruzando el firmamento
Sus alas bate el viento
Quién sabe a dónde van.
Se ausentaron sin trinos
Hacia tierras lejanas
Llevando sus mensajes
Quién sabe si volverán.
Miro el azul del cielo
Viene a mi mente un recuerdo
Y como triste lamento
Oigo el eto, eto…jee
Dónde estarán las tuyuas
Y aquel ritual bajo el árbol
Que abrigaron el desnudo 
De la tribu sirionó.
Quiero mirarte otra vez
Espantar las gallaretas
Coger la flor del tarope
Correr por el terraplén.
Sos la esperanza del Beni
Su futuro porvenir
No pasarán muchos años
Todos te han de bendecir.

Cachuela Esperanza
En 2016 la cooperación belga entregó al Ministerio de Culturas, a través del viceministerio de Interculturalidad, un documento registro en el que se mencionó varias riquezas arquitectónicas y obras de arte que existen o existían en Cachuela Esperanza, población que fue una especie de metrópoli durante el auge de la goma y que albergó a cientos de familias extranjeras. Pocos meses después se informó sobre un incendio que había devorado parte de la riqueza contabilizada en ese registro. En la memoria de Loayza, Cachuela Esperanza es una de las poblaciones más hermosas de Beni, recuerda particularmente el teatro en el que ella cantó más de una vez.

Misteriosa, majestuosa tu nombre lo dice
Cachuela te llamas, Esperanza eres
De un pueblo que quiere surgir de las sombras
Ansioso te nombra y nadie le escucha.
Tu ardiente capilla de lo alto nos mira
Pidiendo que crezca la tierra de antaño.
La preciosa arboleda testigo silente
De tu vida entera olvidada está.
Tuviste palacios, siringa y castaña
Con bellos paisajes eres paraíso.
Y mirando el agua correr con bullicio
Tu imponente río Beni, nos asombra.
Al pasar los años qué sola ha quedado
Esa inmensa Cachuela que días sintió
Pasar por sus aguas valientes pioneros
Tras el oro negro que vidas costó.
Villa Bella de tan noble estirpe
En ti circularon los contos de Reis, Libras esterlinas círculo en tus calles
Hoy pobre has quedado, qué triste final. Si hablaran los ríos, lo que nos dirían. Testigo fue el cielo, la luna y el sol. ¡Linda Villa Bella y Cachuela Esperanza, Dos nombres hermosos que Europa Trazó!