Después del golpe de Estado en 2019, severas crisis en el ámbito político y el rompimiento de relaciones diplomáticas con varios países, Bolivia perdió gran parte de su reputación internacional alcanzada en 14 años de gestión, pues el país era escuchado y muchas de sus propuestas fueron bandera de las iniciativas globales.

Esta imagen afectó en las relaciones con otros Estados y marginó a Bolivia de espacios de debates claves para lograr el desarrollo conjunto de la región, además de implementar políticas que no sólo ayuden a los gobiernos, sino a los pueblos del continente.

La llegada al gobierno de Evo Morales y el nacimiento del Estado Plurinacional en 2009 con una nueva Constitución Política del Estado trajo consigo una nueva identidad más auténtica y sobre la base de la diversidad. Esta transformación exigía una nueva proyección internacional creativa, propositiva, que mostrara al mundo el Proceso de Cambio, así como los intereses y la cosmovisión de su sujeto protagonista. En otras palabras, tocaba nacionalizar la política exterior.

En 2014, con ese objetivo, desde el Estado Plurinacional se determinaron cinco lineamientos: la Diplomacia de los Pueblos para la Vida, el ejercicio efectivo de la soberanía, la diversidad cultural, la armonía con la naturaleza y la reducción y superación de las asimetrías.

De esta manera y como expresión de los preceptos del vivir bien, Bolivia inició la promoción y desarrollo de acciones transformadoras en materia de derechos humanos y derecho ambiental reconocidos por los demás países, entre ellas se destacan el reconocimiento de los derechos de la Madre Tierra, la declaratoria de 2013 como Año Internacional de la Quinua, el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas, el acceso al agua potable y el saneamiento como un derecho humano y la despenalización del masticado o acullico de la hoja de coca.

Estos importantes logros acompañados por una estabilidad política y un constante crecimiento económico posicionaron al país en escenarios internacionales, donde la voz, el pensamiento y las ideas propuestas por el Estado boliviano eran escuchados con atención, aplaudidos y tomados en cuenta para iniciativas que impulsen el desarrollo de la humanidad, pensando siempre en su bienestar.

Todo este trabajo fue quebrado durante finales de 2019 y todo 2020, cuando Jeanine Añez y sus allegados tomaron el país como si fuera su propiedad, rompieron relaciones con varios países y trataron de implementar una política que sólo mostró inestabilidad ante los ojos del mundo. Hoy, con la participación del presidente Luis Arce en la 76 Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas es posible observar que Bolivia recupera esta posición y el prestigio ante el mundo.

En su discurso, Arce no se guardó nada, denunció el golpe de Estado de 2019 y aclaró que se recuperó la democracia en las urnas, acusó a organismos como la OEA, Unión Europea, comités cívicos bolivianos y otros protagonistas de la ruptura democrática. Exigió además la liberación de las vacunas para combatir el Covid-19; propuso alivio de las deudas externas de los países ante la pandemia; reiteró que el anhelo boliviano de retornar al mar continúa vigente; criticó al capitalismo por la crisis ambiental que daña a la Madre Tierra; reiteró la defensa de los derechos de los pueblos indígenas y otros temas de vital importancia para la humanidad.

De a poco, pero con la recuperación de la democracia y con un gobierno que habla por todos, se puede ver que el país retoma su protagonismo internacional y se posiciona nuevamente como un país que vela por el derecho de todos y no de unos cuantos.