Por: Cecilia González /

El 11 de marzo, el izquierdista Gabriel Boric se convertirá en el presidente más joven y el más votado de la historia de Chile.

A sus 35 años, la edad mínima que se exige en ese país para postularse a la presidencia, el diputado del Frente Amplio obtuvo el 55,9 % de los votos frente el 44% del ultraderechista José Antonio Kast, quien, ante la contundencia de los datos dejó atrás las bravuconadas —había anticipado impugnaciones si la diferencia era acotada— y aceptó de inmediato la derrota.

La victoria de Boric, que detiene el avance de la ultraderecha que se ha fortalecido en la región, es resultado de la intensa transformación social provocada por el estallido iniciado en octubre de 2019.

El recuento de lo ocurrido en Chile en este breve lapso emociona. Y quita el aire, porque reúne protesta social, represiones, violaciones de derechos humanos, plebiscito, elección de convencionales constituyentes, redacción de una nueva Constitución, la debacle del Gobierno, la renovación de la clase política, candidatos inesperados, el triunfo de la ultraderecha en la primera vuelta y de la izquierda en la segunda. El país cambió por completo.

Todo empezó hace apenas dos años, cuando jóvenes estudiantes comenzaron a saltar los torniquetes del metro en la ciudad de Santiago para protestar por el alza al precio del boleto. Vestidos con sus uniformes, se juntaron, gritaron, cantaron y siguieron evadiendo los molinetes. La rebeldía se contagió y replicó luego en inéditas e imparables movilizaciones masivas que pusieron en jaque al Gobierno de Sebastián Piñera.

El espejismo neoliberal que hasta entonces ponía a Chile como alumno modelo se derrumbó. A esas marchas, en las que la Plaza Italia de Santiago fue rebautizada como Plaza Dignidad, se sumó Boric, un joven dirigente con estudios inconclusos de abogacía que había comenzado a adquirir visibilidad pública en 2011 como presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile.

Las violentas represiones ordenadas por Piñera no amedrentaron a los manifestantes. La crisis creció a una magnitud tal que el Gobierno tuvo que ceder y convocar a un plebiscito para que la sociedad dijera si quería que se redactara una nueva Constitución que sustituyera a la que rige actualmente y que es herencia del dictador Augusto Pinochet. En octubre de 2020, un abrumador 78% aprobó la propuesta.

ÉPICA

Desde entonces, un canto se impuso en las manifestaciones: “nuestro legado será borrar tu legado”. Era la advertencia de las y los jóvenes manifestantes al fallecido Pinochet y a sus admiradores, entre ellos Kast, defensor permanente de la dictadura.

La consigna, que Boric también repetía en esas movilizaciones, hoy tiene un dejo de profecía, porque uno de los primeros legados de su presidencia será la promulgación de la nueva Constitución, que sustituirá a la que dejó Pinochet y que ya están redactando los 155 convencionales que fueron electos en mayo pasado en un proceso que demostró la metamorfosis política que estaba ocurriendo en Chile.

El nuevo órgano, que tiene paridad de género, quedó integrado en su mayoría por militantes ajenos a los partidos políticos tradicionales, progresistas o de izquierda que designaron como su primera presidenta a la académica mapuche Elisa Loncón. Que una mujer indígena fuera electa en este cargo implicó una bisagra en la historia de los pueblos originarios chilenos tradicionalmente marginados y discriminados. Y fue otro de los resultados concretos del estallido social de 2019.

Para entonces, Boric ya se había postulado a la presidencia bajo las siglas de los partidos Convergencia Social y Revolución Democrática. Al principio su candidatura pasó desapercibida, pero gracias a una serie de alianzas comenzó a crecer y terminó participando en las elecciones primarias de la izquierda aglutinada en la coalición Apruebo Dignidad. El favorito era Daniel Jadue, un político de mayor experiencia, dirigente del Partido Comunista y alcalde de Recoleta (Santiago), pero el día de las internas Boric contradijo los vaticinios de las encuestas y se alzó con el triunfo. Arrasó con el 60 % de los votos.

Así, sin que nadie lo anticipara, el diputado se convirtió en uno de los protagonistas de un proceso electoral en el que las coaliciones de centroizquierda y de centroderecha que se alternaron el poder desde el fin de la dictadura quedaron desplazadas por completo.

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