Benedetti Tumba

Aitor Arjol*

La avenida Gonzalo Ramírez se asemeja mucho a esa descripción grisácea que para Juan Carlos Onetti tendría Montevideo. Una avenida ancha, de asfalto irregular y pasos de cebra desdibujados en el tramo cercano al Cementerio Central de Montevideo. Parada de autobús de la Terminal 300. La portada neoclásica de la entrada al cementerio me recuerda a la de la Almudena en Madrid. En otro entonces yo vivía en la capital de mi ‘paisito’, frente por frente de la parte reservada al cementerio civil, y recuerdo lo poco amigable que me parecía rebuscar entre las tumbas de ilustres personajes de la historia española, pues siempre dicen que ha de temerse más de los vivos que de los muertos.
La mujer con la que vivía por aquel entonces era mucho más dada y natural a ese tipo de espiritualidad, porque provenía de otras latitudes donde el respeto por nuestros antepasados es más evidente. En un país como Rumanía, donde las misas ortodoxas pueden durar varias horas con un cirio encendido, estos lugares revisten de otra pátina mucho más recogida y esotérica. Por eso todavía recuerdo cuando una vez me mostró las fotos del cementerio ubicado en una antigua ciudad medieval, Sighisoara, justo donde nació el padre de Vlad Tepes —Drácula— y del cual se conserva la casona. Aquel cementerio rumano parecía sacado de algunos de los cuentos de Henry James o de la época victoriana. 
Pero sigamos con lo nuestro, pues es obvia la razón por la que estoy aquí esta tarde. Hallar a uno de mis poetas favoritos que aquí descansa junto a su mujer desde hace un par de años. Poeta al que siempre tuve como referencia, por su lenguaje nada pretencioso e indudable compromiso social
En la última parte de la década de los 90, cuando estaba entusiasmado con el contexto histórico y social de las novelas de Mario Benedetti, también escribí a uno de sus principales biógrafos, que tampoco es que me parara mucha bola. Tal interlocutor se llama Mario Paoletti, que por aquel entonces tenía una relación cercana y personal con el poeta uruguayo, y simplemente me respondió que el vate montevideano andaba delicado de salud.
Lo extraño de todo esto es que, siendo Mario Benedetti una de las figuras centrales de la cultura uruguaya, ni siquiera los empleados del Cementerio Central saben darnos razón de la ubicación del mismo. Tal itinerario tampoco es tarea para muchos visitantes. Apenas media docena de espontáneos en toda una tarde. Mis ojos que no eran los míos y dieron varias vueltas por allí como una noria tiesa en el cielo. Buscamos la referencia en la parte sur del cementerio, y concretamente el nicho número 148.
Ahí estaba. Parece haber transcurrido más tiempo del estipulado. Rodeado de otros descansos igualmente pacíficos. Los síntomas de la vida son muy particulares con los que se han ido. Al pie del nicho se adivina algo parecido a unas rosas de diferente tenor que quisieran estar despiertas, pero la carcoma de la humedad las mantiene al margen de todo sueño. Sobre el duro mármol del poeta y su esposa rigen estos versos:

Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas

Un epitafio utópico para los tiempos en que mi corazón todavía late.
 Sentarse aquí al lado te deja una conciencia profunda y muy clara. Una razón similar al espíritu de las letras de muchos cantautores como Mercedes Sosa, Violeta Parra o Víctor Jara. Letras y música de las que a diario se jactan muchos políticos, para deshonra del mismo espíritu inserto de las melodías, porque su ética no llega ni a la suela de los zapatos de los referidos cantautores. ¿Acaso revolucionarios? Este adjetivo les queda demasiado grande para su corazón empobrecido.
La tarde no avecina lluvia a pesar de que ya han desaparecido los estertores del invierno. He desterrado cualquier sentimiento relacionado con la sugestión, para buscar en el silencio alguna respuesta. El mundo es demasiado bruto para las almas sensibles, pero sigo pensando que el corazón es la política más noble que nos queda, porque de la otra mejor ni hablemos. Gracias a Mario Benedetti por tan entrañable tarde, prácticamente a su lado.

*Escritor español radicado en Ecuador