TRIBUNA
Erika J. Rivera
Podemos apreciar como la humanidad enfrenta la actual pandemia (COVID-19). La velocidad con que se identificó y se reconstruyó el virus nos mostró la capacidad de reacción de los diferentes organismos institucionales y gubernamentales. Asimismo como nunca antes vemos la veloz carrera contra el tiempo iniciada por la industria farmacéutica para descubrir la vacuna y lograr acabar con la propagación de la pandemia. Políticos, científicos y empresarios están apostando por cuarenta de cien vacunas potenciales. Los ensayos con la información genómica a cargo de los académicos para dar nuevos enfoques en la medicina en contra de este mal invisible, es una constante. Observamos como las mentes científicas reúnen esfuerzos para comprender y realizar las proyecciones de esta enfermedad.

   Hoy las catástrofes son globales y las acciones mundiales se manifiestan en todos los países que han estado preparados para las epidemias e incluso con simulacros. Nos permite concluir que sí, se podía prever este virus, pero las políticas públicas estuvieron centradas más en las acciones económicas que en la salud sanitaria. Sin embargo lo que más se puede resaltar es la capacidad científica. La humanidad a menudo devalúa el conocimiento y la importancia de los aportes individuales. Cuando algo sucede, pareciera que todo es intempestivo y calificamos de héroes a sistemas y líderes políticos o buscamos respuestas en la dimensión sobrenatural o en teorías de la conspiración. Nos es mucho más fácil simplificar y especular que darnos cuenta de que el progreso científico es la construcción sistemática del conocimiento.

   El esfuerzo sistemático ocurre  gracias al aporte de individualidades en el tiempo, como es el caso de Carlo Urbani. Si hoy conocemos algo sobre el coronavirus, es gracias a los esfuerzos de este científico que hasta poco antes de morir organizó los conocimientos que hoy son tan útiles para toda la humanidad.

   Carlo Urbani (1956-2003) fue un médico y microbiólogo italiano, funcionario de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y de Médicos sin Fronteras. Por sus registros es que hoy se puede comprender con celeridad el problema de esta pandemia. Fue el primero en identificar el síndrome respiratorio agudo grave (SRAG) como una enfermedad nueva y peligrosamente contagiosa, ahora más conocido como síndrome agudo respiratorio severo (SARS). Debido a su lucha contra este nuevo virus resultó contagiado y falleció en marzo de 2003. Todos estaban en pánico horrorizados y nadie quería acercarse a los pacientes, quedando los infectados sin atención. El único que se acercó a ellos fue Urbani bajo su principio ético: “La salud y la dignidad son inseparables en el ser humano; sería una obligación estar en contacto con las víctimas y garantizar sus derechos”. A él se le debe la idea de cuarentena inmediata que desplegó en Vietnam. Se pudo actuar con rapidez gracias a su estudio virológico. Esta neumonía atípica apareció por primera vez en noviembre de 2002 en la provincia de Cantón, China. Se propagó a Hong-Kong y Vietnam en febrero de 2003. La pandemia actual es un desarrollo posterior del SARS, identificado desde 2003 en el Asia Suroriental.    Este médico y especialista en epidemiología murió el 29 de marzo de 2003 en Bangkok, registrando hasta el último instante los síntomas y efectos del virus. Cuando tomó el avión en el aeropuerto se dio cuenta que estaba infectado e iba a morir. Su deceso ocurrió en una unidad de terapia intensiva. Este científico murió transmitiéndonos que la seguridad se manifiesta en que cada paciente debe tener la garantía de ser atendido con dignidad. Por esta experiencia es que algunos países del Asia, como Corea del Sur, han desarrollado el “Plan Nacional de Preparación y Respuesta a la Pandemia”, que se basa en el brote de Vietnam y todos los aportes sistematizados por Carlo Urbani.