Por Gerardo Szalkowicz/

Si hay países que en los últimos 20 años atravesaron procesos políticos bien disímiles, casi antagónicos, son Chile y Venezuela. Chile, emporio del paradigma neoliberal puro y duro. Venezuela y su apuesta a un proyecto pos-capitalista con democracia participativa (hoy estancado por el derrumbe económico). Las elecciones del domingo en ambos países arrojan múltiples aristas analíticas, nuevos escenarios, interrogantes, rupturas y continuidades. Sería estéril una comparación entre realidades tan discordantes, pero hay un punto en común: una mayoría hoy no cree que su futuro se resuelva yendo a votar.

Si bien en ambos casos el voto no es obligatorio, la abstención se impuso como opción mayoritaria. En Chile ya es costumbre: desde que se aprobó el voto voluntario en 2012, ninguna elección superó el 50% de participación, con excepción del plebiscito constitucional de 2020 cuando asistió el 50,9%. En las regionales de junio no llegó al 20%. Esta vez votó el 47,3%, a contramano de las expectativas que se habían creado. La nueva era que parió el estallido social de 2019 tuvo el domingo su mojón con la implosión de los dos bloques que gobernaron la pos-dictadura, pero evidentemente Gabriel Boric no logró conectar con las demandas transformadoras de las multitudes en las calles y, una vez más, primó el escepticismo electoral.

En Venezuela la participación creció cuantiosamente en tiempos de Chávez, cuando solía votar más del 70%. En los últimos años viene siendo entre el 40% y 50%, producto del abstencionismo opositor, el descontento por la situación económica y la migración masiva. En las regionales del domingo votó el 42,2% pese al regreso de la oposición más dura a la vía electoral. En el caso venezolano es la derecha la que no logra capitalizar el prolongado malestar social.

NEOPINOCHETISMO EN CHILE
La jornada electoral chilena dejó un gran signo de preocupación con la emergencia de la extrema derecha como primera minoría. El 27,9% de José Antonio Kast responde al desplome de la derecha tradicional (como en Brasil con Bolsonaro), pero resulta una paradoja alarmante que el único candidato que se opuso abiertamente al proceso constituyente aprobado hace un año con el 80%, con un programa ultraconservador y defensor de la dictadura, tenga chances de presidir —y torpedear y reorientar— esta era transicional que vive Chile.

El 12,8% de la bizarra candidatura de Franco Parisi, que salió tercero desde Estados Unidos —no puede entrar al país por no pagar la pensión alimenticia—, le aporta otra dosis de sorpresa e incertidumbre a este inédito panorama. Seguramente buena parte de esos votos vayan para Kast. Sumado al 12,79% del oficialista Sebastián Sichel, el bloque conservador aparece con un vigor inesperado de cara al balotagge. (Página 12)

linkedin