Calle III

Jackeloine Rojas Heredia

“Bebí mucho líquido esa noche y hacía frío. Para ir al baño debía cruzar el patio en medio de la noche. No sabía qué hora era, pero tenía miedo salir. Pese a eso lo hice, y al retornar, luego de vaciar mi vejiga, sentí un escalofrío que casi me paralizó. Llegué a la puerta de mi habitación, y como temblaba demoré en abrirla, al hacerlo levanté la vista y vi en el balcón del segundo piso la figura de una mujer con los ojos en furia, es decir sus ojos parecían arder. En segundos me metí al cuarto y cerré con llave, mientras temblaba escuché un fuerte zumbido como grito y tuve la impresión de que esa figura bajó y se quedó al otro lado de la puerta. Recuerdo que sudaba frío y oré sin parar y sin moverme del piso”, relató Ana Luisa Orellano, trabajadora social que vivía en una habitación en alquiler en la zona de San Pedro en Potosí, cerca al Calvario, que, a su vez, queda más cerca al Cerro Rico.
Relatos como los de Orellano abundan si los habitantes potosinos se arriesgan a caminar solos durante la oscuridad, y es que en medio de todas las leyendas, muchos mencionan y comparten los horarios que se deben evitar porque son horas especiales, pues se dice que es cuando las almas en pena o el mismo diablo se presentan. Los dos horarios básicos en los que se difunde el miedo a la oscuridad y a los “aparecidos” son la medianoche y las 3 de la madrugada. Familias como la Gareca o la Rodríguez saben de sobra que a cierta hora vale más estar dormido que despierto. Potosí es una fuente de riqueza literaria, histórica y cultural, influye en ella ser una de las ciudades más antiguas y famosas de América. Se ha caracterizado porque aún hoy en día entre sus habitantes abunda el relato oral. No existe una calle en la ciudad, una casa, portón o balcón que no tenga detrás una leyenda.
El balcón del suicida sobre la calle Bolívar hacia el club de tenis es otro de los ejemplos, o bien los hermosos portones de arquitectura colonial, esquinas en las que se observa a los amantes prohibidos, ventanales por los que pasan procesiones de personas en una especie de entierro, y ninguno lleva pies.
Adonde uno se dirija hallará una historia, y es posible que al afinar el oído en silencio pueda incluso escuchar un susurro, lamento o una narración contada por el viento. 
Los turistas que llegan reciben hasta en inglés la presentación particular de la tierra que visitan. Sobresale su historia y resalta por su fama la Casa Nacional de Moneda, la segunda infraestructura que albergó el sitio de acuñación de monedas más importante de su tiempo, de la que se dice llegó a producir hasta 80 toneladas de monedas de plata por año. Quienes trabajaron en el lugar o de algún modo guardan nexo con el sitio afirman que es muy difícil contratar un vigilante que quiera proteger por las noches el repositorio, se cree que incluso los “ladrones” huirían despavoridos si se atreven a penetrar la casa durante la noche.

En Potosí, hasta los que se autodefinen como incrédulos tienen una historia de fantasmas para narrar.