En Ghana, cientos de personas esperan recibir alimentos. (Foto: AFP)

La Nación / Bolivia Digital

Las autoridades financieras internacionales están recibiendo pedidos para acelerar la ayuda de emergencia a casi un tercio de los países del planeta, mientras la pandemia de coronavirus amenaza con destrozar la salud y la economía de miles de millones de personas en el mundo.

Estados Unidos, Europa y Japón se están hundiendo en la que para muchos economistas será la peor recesión mundial desde la década de 1930, en medio de desesperados intentos por frenar la imparable enfermedad respiratoria conocida como COVID-19. Pero el deterioro de la situación en decenas de mercados emergentes podría profundizar las penurias de las economías desarrolladas y complicar aún más su eventual recuperación.

Si no es atendida, la catástrofe que puede producirse en países como Sudáfrica, Brasil, la India o el Líbano puede hacer tambalear al mundo industrializado.

Un default caótico de la deuda externa de esos países haría girar como un trompo los bonos y las acciones en Wall Street, y aluviones de inmigrantes ilegales escapando de la pobreza y la enfermedad se agolparían en las fronteras en busca de refugio. Además, los países que se hundan en el caos se convertirían en un reservorio de coronavirus, de donde provendrían sucesivas oleadas de contagios que tendrían en vilo la economía global durante años.

«El problema viaja, no se queda en un lugar», dice Kristalina Georgieva, directora general del FMI, ante la consulta de The Washington Post. «Esta pandemia no estará acabada hasta que no haya terminado en todas partes.»

Tal vez sea una lección fácil de soslayar cuando el desempleo en los Estados Unidos alcanza cifras récord y los economistas compiten por ofrecer la peor proyección posible sobre el inminente colapso económico.

Pero en las semanas que pasaron desde que el coronavirus se alejó de China, un número insólito de más de 90 países han solicitado asistencia financiera al FMI. Según el Fondo, los países emergentes y en vías de desarrollo necesitarán al menos 2,5 billones de dólares para pagar sus cuentas de este año.

A partir de los múltiples shocks financieros que arrancaron en la década de 1990, muchos de esos países hicieron acopio de reservas en divisas internacionales. Aun así, se cree que este año esas reservas se quedarán cortas en «cientos de miles de millones de dólares», dijo Georgieva. Y ese número podría aumentar a medida que la recesión se profundice, poniendo en peligro la capacidad de los países afectados para pagar sus importaciones y sus deudas externas.

Esta semana, los ministros de economía y los jefes de los bancos centrales se reunirán por videoconferencia en la reunión anual de primavera con el FMI y el Banco Mundial y discutirán como contrarrestar la profundización de la crisis.

Georgieva, una economista búlgara que maneja alrededor de 1 billón de dólares en préstamos, ya ha obtenido la aprobación de la junta del FMI para duplicar el programa de financiamiento de emergencia. Ha ordenado a los expertos del FMI que se apresuren para desarrollar nuevos canales de crédito a corto plazo.

Gran parte de esta ayuda estará diseñada para que llegue rápido y con pocas condiciones, a diferencia de los rescates tradicionales del FMI que requerían que los países pobres emprendieran dolorosas reformas que solían dejar un legado de resentimiento y angustia. La nueva iniciativa permitiría a un país aprovechar una línea de crédito a corto plazo, reembolsar el monto prestado, y luego volver a pedir prestado.

El FMI y el Banco Mundial han propuesto permitir que los países pobres difieran los pagos de este año de miles de millones de dólares de deuda que tienen con los países más ricos. El objetivo es evitarles a esos países la disyuntiva entre pagarles a sus médicos o a los banqueros extranjeros.

Pero algunos expertos dicen que ni siquiera esos esfuerzos extraordinarios alcanzarán, y agregan que el G20, que lidera la respuesta a la crisis financiera global, debe alentar acciones conjuntas adicionales.

«No hay suficientes recursos internacionales», dice Maurice Obstfeld, execonomista en jefe del FMI: «Creo que deberíamos estar muy preocupados.»

Natha Sheets, economista en jefe de la empresa de servicios financieros PGIM Fixed Income, agrega: «El FMI debería ser la primera línea de defensa, pero en realidad lo que hace falta es que actúe el G20.»

La crisis encuentra a los países en desarrollo mucho más integrados que antes al sistema financiero global. Alentados por los asesores, incluidos los del FMI, para que bajaran sus barreras comerciales y se unieran a la economía global, esos países ahora son testigos de cómo Europa y Estados Unidos ponen restricciones a la exportación de los insumos médicos críticamente necesarios.

En medio de la crisis, algunos de los mecanismos de autocorrección económica no funcionan normalmente. Por lo general, una economía débil sufre una depreciación de su moneda, y eso hace que sus exportaciones sean más atractivas para los compradores internacionales, lo que a su vez contribuye a la recuperación de la economía. Pero ahora, los países que sufren un desplome de su moneda, como Brasil, tampoco encuentran interés en compradores extranjeros, cuyos países también están parados.

Lo mismo ocurre con el petróleo: aunque la caída del precio castiga a los países productores, como Arabia Saudita, Rusia y Brasil, los países consumidores tampoco se benefician, debido a la caída de la actividad industrial y del transporte aéreo.

«En términos de crecimiento, el panorama actual es muy grave», dice Robin Brooks, economista en jefe del Instituto de Finanzas Internacionales, una asociación empresaria que agrupa a instituciones financieras. «Todos están siendo golpeados simultáneamente.»

Según Brooks, este año China crecerá apenas un 2,1 por ciento, su peor desempeño desde 1976. Y todos los principales mercados emergentes, la India, Brasil, México y Rusia, directamente se contraerán.

Donald Trump augura un rápido rebote de la economía norteamericana, pero la incompleta recuperación de China es una señal de que el problema va para largo.

La lucha contra la pandemia también es mucho más difícil en regiones donde la idea del distanciamiento social parece un mal chiste o donde la única canilla de agua potable es de uso comunitario. El costo de la atención médica por el COVID-19 y de ayudar a los desempleados se suma a las restricciones presupuestarias que ya existían.

Años de tasas de interés ultrabajas hicieron que los gobiernos del mundo en vías de desarrollo se cargaran de deuda. Para fines de este año, los mercados emergentes deberían pagar o refinanciar 4,3 billones de dólares en bonos y créditos, según el Instituto de Finanzas Internacionales.

Del total de ese momento, 730.000 millones de dólares son deuda en moneda extranjera, un problema aparte para países como México, Brasil e Indonesia, que en estos meses vieron desplomarse su divisa frente al dólar. Esas caídas significan que los deudores de México, Brasil e Indonesia de pronto necesitan más dinero para pagar sus préstamos internacionales.

Para ayudar a aliviar esa escasez de billetes verdes, la Reserva Federal norteamericana ha acordado intercambiar por dólares las reservas en otras divisas que tienen muchos países. Entre los beneficiarios de esos intercambios de monedas, que también se usaron en 2008, están México, Brasil y Corea del Sur.

Algunas calificadoras de crédito ya no ocultan su preocupación por algunos mercados emergentes, y le bajaron la calificación a México, Sudáfrica y Argentina. S&P Global Ratings actuó en el caso de Argentina tras conocerse la decisión de ese país de posponer el pago de casi 10.000 millones de dólares en bonos emitidos bajo legislación local.

En el FMI, Georgieva sacudió las letárgicas respuestas del organismo y puso al organismo a trabajar para paliar la crisis. «Todo lo que no sea crucial para luchar contra esta crisis puede esperar», dijo una de las pocas economistas que puede jactarse de haber estudiado en el Instituto de Altos Estudios en Economía Karl Marx y en el MIT. «Tenemos que erradicar la pandemia de todas partes para que el mundo tenga un respiro de alivio.»

The Washington Post

(Traducción de Jaime Arrambide)