David Foronda H.

Esta inesperada calamidad ha acabado con la rutina quizá ya cansina de los habitantes de todo el planeta. Se anticipa que luego vendrá la “pandemia económica”, algo que de veras asusta. Recluidos por millones, todos los seres humanos que fuimos sorprendidos prácticamente en calzoncillos, ahora solo observamos, añorando la “libertad”, desde las ventanas, balcones o puertas de la casa, casi a hurtadillas, para estar al tanto de “todo” lo que sucede afuera, pero nada más en un radio de acción permitido por nuestros ojos, aunque ya sabemos de antemano que las vías públicas están vacías y más aún al caer las sombras de la noche dan la impresión de ser arterias fantasmales. Pero, en fin, eso de salir a las calles resulta ser una vital necesidad, o costumbre necesaria y arraigada, así nuestras abuelas nos hayan espetado siempre: “a la calle nomás, qué cosa tiene la calle, qué hay en la calle, entonces por qué no se quedan de una vez en la calle”.

En esta etapa de nuestra existencia, hoy el coronavirus ha logrado en el orbe el retiro de millones de personas y sus familias ―dicen: en realidad es la mitad de la humanidad― dado que es una enfermedad letal, atacando sin piedad al ser humano, sobre todo a las personas de mayor edad, o sea “la gente del crepúsculo”. Es indudable que, al menos por el momento, nuestros hábitos de vida han cambiado, dando un giro de 180 grados. Este letal intruso microscópico es el autor de semejante descalabro. Y como quiera que, de todo se saca una experiencia, buena o mala, es oportuno referirnos a lo bueno, lo malo y lo feo que se da a raíz del COVID-19.

Lo bueno es que deportistas, actores y ejecutivos, en países como Estados Unidos, España, Serbia y otros, han donado de sus peculios millones de dólares destinados a su gente para la adquisición de insumos, respiradores, mascarillas, etc., con el fin de luchar contra el virus. Lo malo es que a pesar del desprendimiento de alguno que otro alcalde o una empresa que donaron recursos y medios para esa finalidad, en nuestro país no todos los “platudos” se han sensibilizado sobre el tema. Lo feo es que cuando surgieron diversas voces demandando que autoridades de gobierno, ministros, asambleístas nacionales y otros que perciben suculentos sueldos puedan dar un mes de sus salarios para la lucha contra esa pandemia, no dijeron esta boca es mía, demostrando así que “no hay peor sordo que el que no quiere oír”.

Lo bueno es que ―lo toman como sorna― “recién estamos aprendiendo a lavarnos bien las manos, pese a que el ser humano ya ha dado pasos gigantescos en la ciencia y la tecnología”. Lo malo es que esta acción requiere contar constantemente con el líquido elemento, algo que no tienen a mano millares de familias. Lo feo es que nadie se acordó de proveer, mediante cisternas u otros medios, a toda la gente que carece de agua potable.

Lo bueno es que se rescató la cocina tradicional, algo que en forma paulatina es dejada de lado, para dar paso al consumo de comida chatarra sobresaturada con conservantes y otros aditamentos que la hacen nociva para la salud. La familia volvió a congregarse en la cocina y se recuperó lo natural, fresco, nutritivo y rico. Lo malo es que la falta de dinero impidió a infinidad de hogares la posibilidad de adquirir los necesarios productos agropecuarios, vegetales, verduras, carnes de res y pollo, y otros, para la preparación del “chairo diario”. Lo feo es que muchos comerciantes pescaron en río revuelto o en todo caso hicieron su agosto en pleno mes de marzo con la elevación de precios y así incurrieron en la especulación y el agio que no fue controlado totalmente desde el principio.

Lo bueno es que se da un respiro al agobiado planeta, pues dicen que, por ejemplo, en Cochabamba, la contaminación ambiental habitual disminuyó hasta en un 55%, y en otros lugares del mundo ni que se diga por cuanto el hombre dejó de contaminar los ríos, lagos y el medioambiente. Los peces volvieron a los ríos, y los animales a las selvas y montes. Lo malo es que restablecida la “normalidad” se volverá a lo anterior: la depredación del medioambiente. Lo feo es que los cazadores furtivos y traficantes de animales, aves y otras especies siguen operando amparados en el actual acontecer de la cuarentena determinada por las autoridades.

Lo bueno es que la familia se reencontró: volvió a conversar en el desayuno, almuerzo o cena. Se aprovechó el tiempo en cosas constructivas, como leer, escuchar música o “hacer brillar” el hogar, es por demás positivo. Lo malo es que hubo aquellos que no quisieron aceptar la cuarentena por intereses propios y ajenos al de toda la comunidad. Lo feo es que llegaron a agredir a policías y militares, e incluso apedrear ambulancias, no permitiendo inclusive que los contagiados puedan ser atendidos en tal o cual centro médico, algo por cierto retrógrado, primitivo o cavernario. Se puede decir mucho más, pero el espacio es corto, por lo que volveré en otra oportunidad.