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Jaime Iturri Salmón/Rolando Carvajal*

La Paz, julio de 1809. En los últimos meses, todo está cambiando en esta ciudad.
Hasta la Virgen del Carmen, patrona de los sucesos del pasado domingo 16 no es la misma: ahora, en vez de la corona, luce, igual que el Niño Jesús, un sombrero tricornio y bastón de mando, símbolos del nuevo Estado que se quiere construir. 
La insurrección ha instaurado esta semana el primer gobierno autónomo de América hispana, levantando no la bandera de otra monarquía, sino la de un mundo nuevo entre nativos, mestizos y criollos.
E independiente, según insisten los vecinos de esta ciudad,  Nuestra Señora de La Paz, fundada hace 261 años sobre la base de un antiguo asentamiento aymara llamado Chuquiabo.
El poblado indígena ocupado también por la etnia pacasa de los pacaxes se remonta a unos seis siglos atrás, cuando hacia el año 1200 de nuestra era ni se tenía noticia de los incas y su imperio, que posteriormente ocuparon la zona aprovechando su emplazamiento como enclave agrícola y de intercambios entre el altiplano, los Yungas de la coca, los valles aledaños y los ríos que, aguas abajo, dan a los chunchos, moxos y otras tribus selváticas.
Pero ahora la insurrección ha instaurado su propio gobierno, luego de sorprender a la tropa española la noche del pasado domingo en el Cuartel de los Veteranos, en plena plaza mayor, y tocar las campanas a rebato en las iglesias, constituyendo luego una Junta “tuitiva” de los derechos del pueblo.
La Junta parece concentrar poder, pues por de pronto ha pedido la renuncia del arzobispo Remigio La Santa a la Diócesis y la destitución del intendente Tadeo Dávila, además de los administradores de Correos y de Tabacos.
La mañana del lunes 17, los españoles de la ciudad han jurado “perpetua alianza con los americanos, no intentar cosa alguna contra ellos y defender la religión y la patria”. Ha contribuido a ello la presencia de cañones apostados en las esquinas. 
El viernes ardieron en la plaza los papeles de deudas a la Real Hacienda, muchas rezagadas por 24 años desde el Cerco de 1781 hasta el pasado año de 1807, “exceptuando las de diezmos, cascarilla y tributos”.
Otra disposición reciente impone la pena de muerte a todo aquel que insulte a otro “fuese chapetón o criollo”, que recomienda la orden, “ambas clases se debían tratar sin distinción”.
La insurrección viene de antes 
El alzamiento estaba preparado desde hacía seis meses y debía estallar el 30 de marzo de este año, más precisamente el Jueves Santo. Pero fue aplazado.
Para muchos, es consecuencia de los preparativos que se hicieron el año 1805, en combinación con otro del Cusco, cuando fue arrestado Murillo, y también implicado el doctor Juan Crisóstomo Esquivel, hijo del cacique Sijiwanka Inca, de Chuchulaya, Larecaja.
Para otros, estas rebeliones vienen desde que en Oruro indios y criollos formaron gobierno antes del Carnaval de 1781, pues para marzo los originarios de Sicasica y Ayoayo se sublevaron con Julián Apaza, Túpac Katari, hasta dominar incluso Larecaja.
En las últimas semanas, desde junio, al menos cinco reuniones han antecedido a esta insurgencia, con la asistencia entre otros del ya conocido Pedro Domingo Murillo (el mismo de 1805), Juan Basilio Catacora, el presbítero Patiño, Juan Manuel Mercado y los hermanos Lanza, Gregorio y Victorio.
Entre el 12 y el 14 estuvieron en la casa de Juan Antonio Figueroa y en el salón de billar de Mariano Graneros. Simulando el juego los patriotas ultimaron los detalles para que durante la procesión se tome el cartel, destituya a las autoridades y convoque a los indios a fin de que participen  del gobierno de la ciudad y de las provincias.
Los alzados tienen un plan de gobierno (“estatuto constitucional”, dicen), que han obligado a aprobar este 22 de julio al Cabildo.
Aunque no se conoce el texto todavía, se festeja  el reemplazo de las autoridades, la suspensión de envíos de fondos a Buenos Aires  y la constitución de una junta a la manera de las de España, a las que los de La Paz llaman también Tuitiva.
La idea de tuición es, aseguran en la Junta, del cura Medina, de quien también se afirma es el autor de las correcciones de la Proclama que enviaron a los de La Plata, Charcas, en la que el también párroco de Siscasica quitó todo lo que se refiera a los derechos del Rey en América.
Hay en las calles aprestos para resistir a las tropas españolas que seguramente subirán desde Lima y Arequipa. Un ingeniero, don Francisco Monterrey está trabajando en la fabricación de cañones. La milicia, 1.200 entre españoles criollos indios y negros, está al mando de Pedro Indaburo. Pero es un ejército mal pertrechado y poco entrenado si bien suple carencias con valor y prestancia.

Capitana de insurgentes
Los patriotas aprovecharon la procesión de la Virgen para tomar el control de Nuestra Señora de La Paz, que los indígenas siguen llamando Chuquiabo, y canalizando sus sentimientos católicos la proclamaron Patrona de la Revolución.
Para que les concediera amparo le entregaron el bastón de mando, colocaron en sus sienes el sombrero tricornio, lo que demuestra la influencia francesa y lo republicano, y la sacaron en nueva procesión.
Varios sacerdotes figuran entre los alzados, aparte de Medina y Patiño. Por ejemplo los presbíteros José Manuel Aliaga, Juan Manuel Mercado y Sebastián de Figueroa. Entre los monárquicos, cuando comenzó el levantamiento, el obispo La Santa se fue hasta la Catedral intentando acallar las campanas, pero tuvo que retirarse ante la oposición popular. (Coeditores de Bicentenario, N°1, 2009).

Murillo confiesa, Goyeneche acusa

Declaración de Murillo en el cuartel de la ciudad el 6 de enero de 1810, a tres semanas de su ejecución, en el proceso seguido a los revolucionarios, documentado en actas de confesión y defensa, con copia a Buenos Aires, ocasión en que se define como “minero y papelista” y relata los sucesos de la víspera:
“…en la casa de Sagárnaga se encontró con la Junta ya hecha donde se hizo presente que esta ciudad, y aún el reino, se entregaba a la dominación portuguesa estando vivo el Rey español” según los papeles en poder del Obispo y la ‘voz común’ expresada en la última corrida de toros en la parroquia de indios de San Sebastián y una misa en la Catedral por las armas portuguesas.
“En igual conformidad expusieron los presentes que la Junta de Sevilla había expedido orden impresa de que teniendo sospechas los pueblos de las autoridades, pudieran deponerlas y gobernarse con las autoridades fieles (…) y estando convenidos el Obispo, Intendente y las armas llegaba el caso de usar dicha orden” con el fin de que “no se entregase esta ciudad a la dominación portuguesa”. 
Consta en la confesión que el declarante  “no pudo oponerse al incendio de los créditos del erario (en las Cajas Reales, esquina sur de la Plaza), instalación de la Junta y nuevo Plan de Gobierno” por la influencia mayor de otros líderes como el cura Medina, autor del Plan, pues para el caso de la quema de los adeudos a la Corona, el 26 de julio, “no hubo agolpamiento del pueblo sino que en el mayor silencio se cometió”.   
Para José Manuel Goyeneche, el jefe de las tropas realistas que aplastaron el inicio de la gesta, la “conmoción popular” paceña atacó “con total atropellamiento los sagrados derechos de la religión y del Rey”, según su declaración en el proceso, el 8 de enero de 1810, cuando calificó a los líderes como “traidores a la soberanía”.

*Periodistas e historiadores