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Jackeline Rojas Heredia

Contagiante es el hip hop, ritmo que nace en los suburbios, en las calles, que desafía a practicar la fuerza y la flexibilidad corporal. Es violento, duro, juvenil. Es como la rebeldía que parece gritar a través de cada movimiento,  “Yo puedo por más cruel que el mundo sea”.

La danza clásica nace entre los años 1400-1600, en el Renacimiento, entre las notas escritas en partituras de un piano que a su vez interpreta a los grandes genios de la composición musical. 

Su estructura sigue un orden lógico, elegante, suave y perfecto. El cuerpo, cisne ágil, muestra, a través de la técnica milimétricamente manejada, la perfección de formas. Es el lenguaje del arte con altura, poco compartido con las clases medias o bajas entre las que aún se divide la humanidad.

Sin embargo, como expresa la coreógrafa y bailarina Franco-japonesa Maya Kawatake Pinon, “la danza encuentra su equilibrio, y el lenguaje corporal diverso se integra en un diálogo que representa la paridad”, la representación de los géneros femenino y masculino a través del baile.

Es un proyecto que lleva adelante la Embajada de Francia en Bolivia y que busca generar reflexión sobre la construcción de las nuevas identidades tanto en el hombre como en la mujer y sobre el daño que genera la violencia en la sociedad mundial.

El arte es un vehículo propicio y convocador, sobre todo para las nuevas generaciones. La Embajada de Francia inició con una exposición fotográfica. Hoy el turno es de la danza. 

Para ese fin, invitó a la población paceña, el jueves, a apreciar a dos compañías, una boliviana Mandala con un extracto de su obra Yo soy Malala y la otra francesa con la puesta en escena de Futari No, del elenco Achak.

“El ciclo Mujeres, los retos de hoy y mañana nos invitan a pensar las relaciones entre hombres y mujeres, a pensar la diversidad y a escuchar lo que artistas, activistas y pensadores quieren transmitirnos con su trabajo”, explicó Caroline Lavaud, de la Embajada y traductora de Maya Kawatake Pinon.

Durante el espectáculo se apreció la obra de Mandala, una narrativa simple, ágil que, sin palabras, cuenta el reto de las mujeres ante el deseo de superarse a través del estudio y el conocimiento frente a la vigilancia, control y violencia que ejercen los hombres sobre ellas.

Expresa el pensamiento que impera aún en los países árabes, en la India y en otros lugares en los que la mujer debe “fingir que no piensa y no debe expresar lo que quiere, solo debe limitarse a lo que el varón quiera con ella y de ella”.

El abuso de poder se revela en cada movimiento, el miedo presente en los rostros y dedos manejados de manera rápida, la música oriental que proviene de los desiertos lejanos y que es el grito que rasga el velo del silencio. Todo con el talento de alrededor de 30 bailarines en escena con predominio femenino. 

En la segunda parte llega Achak, una obra que inicia con la dulzura de un encuentro adolescente entre dos ritmos diferentes. 

Acá el coreógrafo y bailarín Lowiz Vo Trung Ngon  expresa la perfección en los rudos movimientos del hip hop y seduce a su compañera, bailarina de clásico, Maya Kawatake Pinon, quien a su vez sigue el ritmo al que contribuye con pasos de punta. Luego la música sinfónica se impone y ambos la siguen. Cada movimiento constituye un avance al equilibrio. Otra escena y la danzarina franco-japonesa crea movimientos perfectos de hip hop sobre la base del clásico y llega él en un arranque violento, ambos cuerpos se mueven, se integran, se hacen el amor y se unifican en el arte del complemento.