Puente Suticollo

Luis Mérida Coímbra*

Cuentan los escritos de la otrora Cochapampa que “…sus aguas estaban detenidas en el valle comarcano de Khanata, en sus islotes las Jacarandas y los deslumbrantes Chillichis. También había algunos pterodáctilos y los quirquinchos monumentales en la prehistoria de Zarco”.
Era tierra del turbo yermo, luego fue la campiña serena, sumisa, rebelde; un río la cruzaba pintando pastizales, maizales en flor, enredaderas, dando frutos genéricos, rojos ciruelos, peras dulces; patios con lumbreras que daban calor; donde se coloreaba la alegría manifiesta de la familia en los territorios  del valle comarcano. 
Los cronistas señalan qué: “Ciento siete leguas por la cordillera del Tunari en línea de Occidente a Oriente, en las faldas del Tataquiriquiri según camino puede decir que es un valle de ayllus cuyos pobladores en este siglo después de nuestro señor Jesucristo y bajo el reinado de Wayna Capaj es de canas entre quechuas, chui, sora, qota, chili, uru, andamarka y aymara, y cuya nación es de de música y danza”.
Cochabamba era la expansión de los aires, la extensión de los recuerdos de una ciudad diáfana, llena de bicicletas donde se esparcían piscinas con aguas pintadas con los siete colores del arcoíris. 
Todo estaba henchido de belleza, de esplendor vegetal. “Contaban que las estaciones del invierno se crearon para venideros días, para los años por llegar, mientras tanto ‘la clima’ de la eterna primavera solaz invadía la comarca”. Cada noche la oración y el cuento breve, el poema del beso en la calle oscura. Al día siguiente, el arroyo de aguas limpias regando hortalizas, lloronas cebollas y el verde intenso del pacay.
Continua la crónica: “De la parte poniente llegamos, entrando al paraxe mencionado adonde la gente lo llama valle comarcano de Khanata, según dicen por su luz de amanecer…”, en sus albas apareció un pueblo de colores, con árboles, casas, iglesias, un cóndor en la plaza, payasos, mercados con burritos, abuelitas vendedoras, espejos con sonrisas, mazapanes, rosquetes azulinos, dinteles coloniales, repujados ventanales, arabescos deletreados, reincidentes amantes.
Lo llamaron “El Granero de Bolivia”,  brindaba alimento, paz, sosiego. Había loros, palomas rojinegras, hieráticas aves, bufones y charladores en los arcones de la plaza. Los cuervos llegaron graznando.
Cochabamba aureoló asombros en sus letras y sus hombres, nació Cesáreo Capriles, el gran anarquista, o José Antonio Arce, el padre de la izquierda boliviana, aquejado por sus dos balazos en la espalda, Adela Zamudio, inmortal poeta. Contestataria mujer. Años después aparecería la lumbrera del poeta Jorge Zabala, rector poético de Cochabamba.
Era la Cochabamba de la saudade, de las calles arborizadas, del viento calmo, de las brisas frescas y las babilónicas certezas. Todo era aromo valluno, gallería proteica, poetas y vacas enamoradas de la luna. Erase toda solemnidad tranquila, el huerto con flores y frutas y el “oculta-oculta” o “pesca libre”, jugando con las primas en las oscuridades tenebrosas.
Termina la crónica citada  con la siguiente glosa: “Sus vasallos desde la vega reverencian este grito libertario del 14 de septiembre comiendo en la cancha pública y todos bailan bebiendo un licor dorado como el sol que les da un esfuerzo y un deseo con todos los aciertos”.         

*Cineasta y poeta

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