Cámara de niebla Costa Rica 3

Juan Carlos Olivas *

Hace exactamente ocho años, nos encontrábamos en una edición más del Festival Internacional de Poesía de Costa Rica, en la que contamos con la presencia de la poeta guatemalteca Rosa Chaves y el poeta nicaragüense Francisco Ruiz Udiel (+). 

Recuerdo que luego de varios días en Turrialba nos íbamos de regreso a San José y el camino se llenó de niebla; tanta, que hasta era difícil manejar debido a la poca visibilidad que había en la carretera. Un poco angustiado, traté de explicarle a los poetas que así eran estos microclimas de Costa Rica y que muy pronto no nos encontraríamos con más niebla; a lo cual, Francisco repuso que era una lástima, porque la niebla siempre tiene algo que decirte.  

Resonaron en mí aquellas palabras como si fuesen una bocanada de alas venidas de otro tiempo, donde la sabiduría se encontraba no en los libros, no en los templos, sino desde el vacío y la tiniebla de uno mismo. 

Lo recuerdo, porque hoy tengo en las manos la hermosa antología titulada Cámara de niebla, del poeta boliviano Gabriel Chávez Casazola, y es lo que me ha quedado también, luego de leerlo: el estupor de un ser humano que se entrega a lo inefable, y de la materia que está ausente logra hacer fable aquello que de otra manera no tendría voz o no sería cantado. 

Nos viene este poeta con una voz muy peculiar, heredera de la gran tradición sudamericana y a la vez universal.  

En esta antología —recién publicada en Costa Rica por Casa de Poesía, en una edición que amplía las previas argentina y boliviana— presenta temas que nos atañen a todos, con un lenguaje rico en imágenes, en metáforas que no se pierden en simples juegos y palabrerías, sino que logran abrir un campo semántico hacia eso que conocemos, lo que nos resulta familiar; por ejemplo, la reminiscencia de una casa materna, donde las abuelas preparan una sopa para familias grandes o chicas y ahí están a la mesa, todos los elementos que el poeta ha dispuesto para el banquete de los lectores: la Infancia, esos paraísos perdidos de los que nos hablaba Milton y que luego Carlos Martínez Rivas nos volvió a recobrar en poemas tremendos. O quizás ese juego del Ubi sunt, donde vemos desde el patio de la casa a aquellos niños maltrechos y felices que fuimos, antes de descubrir que lo éramos.  

Están también los años de 1972 o cualquier otro, con sus eventos, sus vicisitudes, con sus recuerdos de vidas pasadas o incluso por vivir, porque bien lo dice el poeta en su texto Contraluz: La memoria es el tenue envejecer de la verdad. Y a pesar de que, como dijo Pessoa, el poeta es un fingidor, aquí en este libro el poeta Chávez Casazola se nos presenta como un certero cronista de su tiempo, como un voyerista que mira tanto la mariposa tatuada en la espalda de una muchacha, como también a esos dioses domésticos que lo rodean, sincronizando el verso en una suerte de panteísmo, de adoración de todo lo que ve, y lo que no ve. Un poeta que no mitiga el hecho de mostrarnos a Lucía, una niña de cuatro años que acaba de tener noción de la muerte, de esa estación final a la que todos los seres llegamos, querámoslo o no, algún día. Ante tal disyuntiva, ¿qué puede hacer el hombre? La respuesta está quizás en lo que Chávez Casazola propone: ser feliz, o figurarse serlo. 

A pesar de las muchas paradojas del oficio, la poesía ha llevado a Gabriel a pensar algo muy parecido a lo que certeramente apuntaba Octavio Paz: El poeta es un jardinero de epitafios. Sobre la piedra o el papel dejará sus flores más raras; desde las malditas de Baudelaire, hasta las de algún pintor desconocido de la antigua China o los insoportables y hermosos girasoles de Van Gogh. Y valga aquí una comparación más que evidente: tanto la poesía como la pintura están profundamente hermanadas. Los elementos de este gran poeta boliviano provienen desde lo telúrico, lo aéreo y los misterios del agua. Siente la urgencia de escribir, de recrear, de inventarlo todo ante el signo de la senectud y el paso inexorable de la muerte. El tema de la luz está presente desde sus primeros libros hasta sus poemas más recientes; entendiendo así que la luz es la semilla, el templo, la tierra por descubrir y donde habita el duende; aquel que nos recuerda a Lorca, a Oliver Twist, a Pound, a los seres desaparecidos que buscan reunirse en la inmensa casa que es la obra de Gabriel Chávez Casazola. 

Ahora estamos dentro de su Cámara de niebla, y como decía nuestro amigo Francisco Ruiz Udiel, la niebla siempre tiene algo que decirnos. Es tiempo de escuchar.  

* Poeta costarricense, Premio Internacional de Poesía Rubén Darío.