golpe-estado

 

Vania Díaz Romero*

La ciudad de los inmortales, de Homero Carvalho Oliva, es la crónica de una generación, es la fábula que recrea la historia íntima de la utopía revolucionaria y de sus hacedores. No desde la frialdad de una novela histórica, sino desde la calidez de la anécdota personal como hecho social.  No es la sumatoria de datos más ficción, es la historia contada desde adentro, desde la peripecia común. No es el heroísmo individual, propio de la novela moderna, es la ruptura de esquemas particulares y la reinvocación de un protagonismo colectivo.  

Es una novela ya vivida y de la que solo faltaba su registro: su lectura es una reminiscencia. Es imposible leerla a galope, hay que leerla despacito, reapoderándonos de cada episodio. Desbloqueando la memoria, invadiendo la ciudad real y fantásticamente. Hay que leerla en plena trancadera, en el Café La Paz, en el Tokio, en el Lechingrado, visitando a los seres que la contienen, invocando a sus desaparecidos. Llamando al ajayu de Espinal, de Quiroga Santa Cruz, de los mártires de la Harrington.  

Hay que leerla hurgando el trauma de la izquierda, gambeteando los golpes y sucumbiendo a las consignas neosocialistas. Hay que leerla sobreviviendo a la pesadilla posrevolucionaria.  Hay que leerla junto a la poesía de Guillermo Bedregal, haciendo un balance con los del Grupo Octubre, compartiendo una botella con el Picasso, escuchando a Savia Nueva o a la Jenny Cárdenas, en la celda del DIN junto a un paramilitar, en el exilio, soñando la democracia. 

Y a propósito de esta democracia, como dice un filósofo: cuando los Dioses quieren castigarnos, nos conceden nuestros deseos.

Hoy me toca leer La ciudad de los inmortales en una ciudad donde dicen que hay más radiotaxis que sentimientos, donde querer es poder, pero no se puede; en una ciudad desbloqueada en módicas cuotas, que languidece justo  a punto de resucitar. Hoy me toca leer La ciudad de los inmortales con un sentir abigarrado, en una ciudad donde unos viven de ella, sin embargo la desprecian, donde unos le hacen la guerra a La Paz, pero quedan aquellos alquimistas del verbo urbano que le hacen el amor por medio de las palabras. Esos son los imprescindibles.  
Es una novela cercana que te llega, golpea tu epicentro e interpela a tu ostracismo político. Rompe tus cercos y abre una hoyada en tu conciencia mientras la lees, fue renaciendo mi propia peripecia. 

Me di cuenta que estaba recontando, volviendo a narrar desde mi perspectiva, y esa distancia del lector ante lo narrado ya no existía. Estaba recreando la novela. Reviviéndola, porque nada me era ajeno. Establecí un diálogo interno con la misma, gozando del privilegio del lector de dar continuidad a la historia, con conocimiento de causa.

Una obra nunca será la misma después de haber sido traspasada por el lector y viceversa. Es por esto que desistí en hacer una disección formal, una examinación propia del academicismo literario. Mi opción va por la resurrección del recuerdo, por revivir aquello que ahora me toca leer. Ésta mi política personal, mi alquimia literaria.

A medida que se iban hilvanado los sucesos se iba destejiendo la historia de mi ciudad, de una generación, la de los 70, de mi tribu. Pero si esto no es ficción, esto ha ocurrido, es verdad, me repetía a medida que transcurría por cada página. Yo conozco a esos personajes, son reales, son “familiares” en el doble sentido de la palabra. Esa es la historia, la historia no documentada, la historia no oficial que se crea en el contacto personal y se recrea en la comunicación íntima, estaba ahí reflejada en el papel. 

Como hablar con objetividad de aquello vivido, prefiero evidenciar el lugar desde el que hablo: desde la constatación, desde mi subjetividad. 
Soy una lectora involucrada en esa trama. Me insubordino a leerla pasivamente. Quiero, repito, revivirla. Yo pertenecí a ese mundo, respiré esa atmósfera, conocí a los personajes cuando eran todavía personas. 

Y debo confesar que ya eran entes propios de la ficción, dignos de una galería de personajes fantásticos. Antes de ser consagradas por el papel. No olvido los interminables y apasionantes debates en el Tokio, al que iba con mi abuelo ‘El Mosco’ Paz. Tampoco olvido cuando pegábamos afiches que decían ALIN. J.J VIVE.  

Vivencias personales
Años más tarde se repetía la historia y me vi pintando afiches junto a Chopi, mi compañero del alma, con el que compartimos la misma historia de amor y sueños: éramos hijos de la democracia, cuyos progenitores habían cosechado.

En fin, conspiré de algún modo secreto con esa generación. Nací en los 70 junto al golpe de Banzer.  Recuerdo que muy pequeña fui a visitar a mi tío Sergio al panóptico de San Pedro, estaba barbudo y recuerdo que nos regaló un arbolito de Navidad. Conocí a Raphael Elías, tenía úlcera y era muy flaco. Yo tendría ocho años cuando acompañé a mi abuela para incorporarse a la huelga junto a la Domitila, festejé el triunfo de la UDP y viví en el exilio durante el golpe de García Meza. Me asumí revolucionaria, y aunque no comprendía el sentido de la palabra, sentía y vivía plenamente ese estado junto a mi entorno, que se constituía por la “élite revolucionaria e izquierdista”. 

Los años 70, los 80, que habían quedado atrás, lejanos, abstractos, de pronto se acercaban. Gracias a la inmortalidad de la palabra regresaban como si nunca hubieran partido, estaban ahí plasmando la poética de una joven generación. En fin, se rebelaban vigentes. 

Relativizando el tiempo.  Antes es hoy, ahora fue ayer. El tiempo no se ha ido, esta novela nos pertenece, es la recuperación de la memoria de las zonas pantanosas del inconsciente colectivo, es el cardiograma de una generación. Es una novela hecha al intento, es la novela que nos faltaba. ¿Por qué hurgar el pasado? Y sobrevino en mí otra pregunta y luego, inspirada por la novela, una constatación: qué hay que hacer para no perderse, hay que regresar. Regresar al pasado, pero no para quedarnos en él, sino para ver mejor el presente. 

Y para acabar, solo me queda decir que en este estado de flacidez espiritual, de incontinencia social, de onanismo cultural y de prevalencia de anarquismo organizado, La ciudad de los inmortales es un balde de agua fría para recordarnos lo que un día fuimos.

* Docente y comunicadora social.