En una abierta intromisión en los asuntos internos de nuestro país, el Departamento de Estado de los Estados Unidos de Norteamérica ha hecho público un documento en el cual se toma la libertad de ratificar un informe de la Organización de Estados Americanos en torno al proceso electoral boliviano de 2019.

Es un documento que no tiene ningún valor en sí mismo, ni dentro de Bolivia ni fuera de nuestro país, más allá de su contenido, que era previsible, muestra la abierta injerencia del Gobierno norteamericano en problemas que son propios y particulares de los Estados.

Estados Unidos de Norteamérica atraviesa una situación por demás crítica en este momento, generada por la crisis mundial que él mismo ha provocado empujando a Europa en una guerra absurda contra Rusia, que recién empieza y se torna como casi apocalíptica para muchos países, no solo para los involucrados en el conflicto bélico.

El país del norte ya siente los efectos de la crisis. Su economía se muestra cada vez más complicada, amenaza una recesión de mayores proporciones que la de la década pasada y con complicaciones políticas que pese a querer ocultarlas saltan a la luz, mostrando la decadencia imperial.

Los niveles de delincuencia, de violencia, de consumo de drogas cada vez son más elevados y preocupantes para una sociedad que se muestra con el tiempo más decadente.

Entonces, podemos preguntarnos si un país en esas condiciones tiene la moral suficiente como para opinar sobre lo que sucede en otros países, en sus asuntos internos, cuando no tiene la capacidad de solucionar los suyos propios.

Desde organismos internacionales, universidades del propio país del norte y europeas, además de medios de comunicación de la importancia del New York Times, se han referido ya a las mentiras de la OEA en torno a las elecciones bolivianas de 2019 y el supuesto fraude.

Sin embargo, el Departamento de Estado de EEUU decide ratificar el informe de la OEA, que ya fue ampliamente observado y rechazado por carecer de cualquier sustento técnico y por tratarse de un documento estrictamente político, destinado a desestabilizar la democracia boliviana y que sirvió como pretexto a los sectores más reaccionarios de nuestro país para llevar adelante un golpe de Estado.

La derecha boliviana, como también era de esperar, junto a sus medios de comunicación, se ha colgado de ese informe, tergiversando, distorsionando y desinformando sobre este hecho para seguir con su relato de que no hubo golpe, que además pueda servirle para tapar no solo la interrupción del sistema democrático, sino también la masacre de decenas de bolivianos y la corrupción extrema del régimen golpista que fue apadrinado precisamente por el Gobierno norteamericano.

A los bolivianos no nos afecta en absoluto este tipo de exabruptos de una derecha lacaya, sumisa y antipatria, ni de sus amos del norte. A estos últimos habrá que sugerirles que antes de inmiscuirse descaradamente en asuntos internos de otros países hagan el intento, aunque dudamos que lo logren, de solucionar los enromes problemas que tienen dentro de sus fronteras.

Los bolivianos hace mucho tiempo que decidimos que podemos y queremos gobernarnos por nosotros mismos.