illimani

Homero Carvalho Oliva*

Nací en Santa Ana del Yacuma, un pequeño pueblo amazónico, cuando el mundo aún era joven. Durante mi infancia el mundo solamente existía en las hojas del mapamundi que extasiado solía observar en la biblioteca de mi padre; en esos años tempranos sus palabras bastaban para saber que vivíamos en un departamento llamado Beni, en un país que alguien había bautizado como Bolivia en honor a su señor que llevaba el sonoro nombre de Simón (suena a campanada matinal) Bolívar y que dizque nos había liberado de los españoles; en esa época el mar era una mancha celeste en los mapas de los continentes, para nosotros el río Yacuma era la vida porque a su puerto llegaban los barcos con diferentes y maravillosas cargas. Más allá del horizonte de los llanos verde esmeralda estaban los dragones. 
En el año 1963, cuando tenía seis años, todo cambió, me fui a vivir a la ciudad de La Paz. Volé por primera vez en un avión de esos que transportaban carne, un vejestorio DC3 de la Segunda Guerra Mundial que para mí era un prodigio de la tecnología. La aeronave hedía a vísceras, manteca y otras cosas peores y su destartalado cuerpo metálico chirriaba en el aire a punto de romperse; pero no importaba, pues mi familia y yo nunca habíamos estado en un avión. 
Durante el vuelo me preocupaban las cosas que había escuchado sobre nuestro destino. En mi pueblo amazónico, mis compañeritos afirmaban que era una ciudad fría, oscura, en la que nunca salía el sol y la gente andaba con diez frazadas encima, cansada de tanto peso y de tener que subir y bajar los cerros entre los que estaban construidas las casas.  
Nunca jamás he podido ni podré olvidar la sensación de asombro y sobrecogimiento que sentí al mirar, desde al ventanilla del avión, la montaña helada que se repite tres veces en su grandeza y, entre las nubes, la gran ciudad de La Paz. Jamás imaginé la importancia de su imponente presencia durante el resto de mi vida. Descendimos a la pista, lo primero que vi al bajar fue un hangar de calamina y, a la distancia, unos cerros diminutos. Esta primera impresión hizo que el paisaje agreste del altiplano y el aire frío de la puna se quedaran primero como la imagen misma de la desolación. Recuerdo que quise secuestrar la nave y obligar al comandante que nos lleve de vuelta al calor, a los ríos, a la selva. Pero tuve que resignarme cuando mi madre me ordenó que bajara mi maleta y nos subimos a una movilidad para dirigirnos a la ciudad que nos albergaría por los próximos años. 
Del caserío que era El Alto en esa época, fuimos bajando por una avenida de tierra que luego se llamaría la Panamericana. Unas cuántas casas mal construidas desandaban por los cerros. Pero, a lo lejos y bajando la vista se podía observar a algunos de los grandes edificios del centro. Al llegar a la plaza Pérez Velasco y alojarnos en el Gran Hotel, cercano a la plaza Alonso de Mendoza, en cuyo centro se erigía una estatua en homenaje al fundador de la ciudad, las cosas cambiaron. Las calles adoquinadas algunas y empedradas otras le daban un aire especial. La Pérez y sus callejuelas adyacentes eran un hervidero de gente y de tiendas. La bulla era infernal, había disqueras por todos lados y un tal Leo Dan cantaba por los altoparlantes colocados en las aceras de las puertas de las disqueras. 
Al segundo día descubrí la papaya Salvietti, las marraquetas y los helados de canela y así comenzó mi amor por la ciudad de La Paz. En un par de años me convertí en un camba enamorado de la ciudad del Illimani.
Viví muchos años en La Paz, pasé mi niñez, mi adolescencia y mi juventud. Y la fui descubriendo poco a poco. Las ciudades a imagen y semejanza de los seres humanos encierran misterios, alegrías y naufragios. Si nos atrevemos a conocerlos, debemos hacerlo sin brújula en la mano, caminando por ella como si estuviéramos perdidos, deambulando por sus calles, avenidas y parques. Que nuestros ojos se vuelvan parte de la urbe, descubriendo edificios, jardines y puentes, que hemos construido como si fuéramos dioses. 
Asombrándonos cuando un monumento nos habla, cuando un parque nos ofrezca una hoja amarilla que cae lenta desde la copa del árbol, sonriéndole a la niña que juega con un volantín y devolviendo la gentileza al anciano que, sin conocernos nos saluda, sencillamente porque en su época todos eran conocidos.
Años más tarde, la definiría como un territorio mágico, una ciudad contradictoria, una paradoja intensa, cruel y hospitalaria, generosa y mezquina, como solamente puede la ciudad de Nuestra Señora de La Paz de Ayacucho, Chuquiago Marka, que es la apariencia mestiza de una invisible y antigua ciudad aymara, sumergida en pleno altiplano, que se nos presenta de improviso cuando llegamos al precipicio y el descenso, paradójicamente, nos conduce a las alturas. 
La ciudad del Illimani contiene a la otra que la habita como un espíritu andino ancestral, en la que todos los caminos se encauzan a un remoto río que arrastraba oro, piedras y agua, ahora reemplazadas por el cemento y los edificios. Por el centro de la urbe, que yace entre las nubes, ya no discurren las pulidas piedras ni el reclamado oro; sin embargo los paceños son magos para inventar piedras de la nada cuando de luchar se trata. La Paz fue mi primera ciudad y, así como en el amor, hubo otras ciudades, como otros amores, pero siempre vuelvo a La Paz.

* Escritor y poeta