Silvia Fesquet/El Clarín

La vio bailando en esa terraza neoyorquina y se enamoró. Agitó su mano en señal de saludo, y ella le correspondió. Había que ir por más: anotó en un papelito su teléfono y se lo mandó con un drone. Una hora más tarde, ella le envió un mensaje.

Después llegó la primera cita: él en su balcón, ella en su terraza, con flores y FaceTime mediante, compartieron su primera cena, separados por una calle, y una cuarentena.

El siguiente paso fue aún más audaz: inmerso en una enorme burbuja plástica, Jeremy Cohen pudo por fin acercarse a su flamante amor en la calle.

Otro escenario, las mismas ganas. Son las 7 de la tarde, la ciudad se asoma a sus balcones a aplaudir a los médicos.Talia Stark, una de esos profesionales en la terapia intensiva de un hospital, se emociona ante el reconocimiento.

Al llegar a su casa descubre a su novio, Aaron Lesser, parado junto a la puerta, listo para pedirle que se case con él. Hacía tiempo que mantenían un romance a la distancia. Ante la inminencia de la orden de aislamiento, él se apuró a volar para estar junto a ella y apoyarla en un momento tan crítico.

Muy lejos de allí, del otro lado del mundo, Inga Rasmussen y Karsten Tüchsen Hansen, llevan a cabo su propia ceremonia.

Desde Dinamarca ella, de 85, al volante de su Toyota, y desde Alemania él, de 89, pedaleando en su bicicleta, se acercan puntualmente, todos los días a las 3 de la tarde, a un sector de la frontera donde comparten, guardando la distancia reglamentaria, café, aguardiente, una torta, a veces el almuerzo que ella prepara y, sobre todo, su romance.

Que la pandemia no destruya lo que el amor unió. Parafraseando a Pascal, el corazón tiene razones que la razón, y la cuarentena, no comprenden.