Cuervo

Aitor Arjol*

El cuervo es una de las visiones que forman parte de nuestro terrorífico imaginario. Ave negra y de pluma gruesa, es frecuente que en las fábulas, leyendas y otras narraciones encarne el arquetipo de acompañante de brujas, enviado del diablo o símbolo del mal agüero. ¡Cuiden según tales mitos, de encontrarse con uno de esos cuervos en mitad de los páramos, o posado en el poste abandonado de alguna cerca!
En la literatura, el cuervo tampoco ha escapado de esa visión ocultista y tenebrosa, en espacios rodeados de niebla, rocas escarpadas, antiguos castillos en ruinas o sórdidos ventanales desde los que las almas en decadencia vagaban en busca de redención. Tales visiones constituyen características muy arraigadas en los autores del Romanticismo, aunque se discute si incorporaron el cuervo por sus antecedentes ocultistas o por su gusto por el misterio.
La visión del ocultismo estará muy presente en autores tan dispares geográficamente, pero que se reconocen fácilmente entre los clásicos: William Blake, Frierdrich Hölderlin, Baudelaire,  Rimbaud, Rainer María Rilke, Gustavo Adolfo Bécquer y tantísimos más para quienes el cuervo formaba parte de sus escenarios poéticos. Incluso el poeta nicaragüense Rubén Darío, en su gusto por aunar lo fantástico con la realidad, también menciona un cuervo posado sobre la tumba de Verlaine, o en otro pasaje de su obra Prosas Profanas. Sin embargo, el símbolo del cuervo alcanza su mayor expresión en Edgar Allan Poe, el gran autor de los relatos de terror, policial y fantásticos, y, que encarna a la perfección la figura del poeta maldito, perseguido por extraños conjuros y profecías. 
El célebre escritor norteamericano, nacido en Boston el 19 de enero de 1809, tuvo una infancia marcada por la prematura muerte de sus padres, siendo acogido por una familia encabezada por John Allan, un reconocido hombre de negocios.  Entre 1815 y 1820 reside en Reino Unido y a su regreso a Estados Unidos inicia un periplo marcado entre sus intentos por vivir de la literatura y varios propósitos fallidos: un amor de juventud con Sarah Elmira Royster, la expulsión de la universidad de Virginia por su recurrencia en las deudas de juego y problemas de alcoholismo; la enemistad con su padre adoptivo por tales motivos y que le perseguirá de por vida; dos años alistado en el ejército. Para 1832, Edgar Allan Poe ya había publicado tres libros de poemas, y los siguientes años estarán marcados por un estado permanente de tragedia, necesidades económicas y su incansable labor como periodista, creador y crítico literario. El 30 de enero de 1847 muere su prima Virginia Eliza Clemm, con quien se había casado en 1834, agravando sus problemas depresivos y adicción a láudano entre otros. 
El 3 de octubre de 1847 es hallado inconsciente y en estado de delirio en plena calle de Baltimore y con ropa que no era la suya —según la leyenda de la que se hizo eco Julio Cortázar—, falleciendo en la madrugada del 7 de octubre, aparentemente producto de un derrame cerebral, y sin que hasta ahora se hayan aclarado las verdaderas circunstancias de su muerte, que siguen siendo un misterio. En estas notas biográficas se puede entrever la aparente simbología del cuervo en Edgar Allan Poe, puesto que da nombre a un poema homónimo, The Raven, escrito y publicado por primera vez en 1845, y con la que alcanzó un reconocimiento mundial sin precedentes.
En ese extenso poema, un oscuro cuervo acude a la casa de un amante despechado, que se pregunta por la identidad del misterioso visitante. El hombre, le abre “de par en par la puerta” y el cuervo se posa en un busto de Palas Atenea junto al dintel. En medio de una atmósfera sutil y fantasmagórica, el afligido se lamenta por la pérdida de Leonora al mismo tiempo que el cuervo va exclamando rítmicamente ¡Nunca más!, en cada uno de los sucesivos pasajes en el que el protagonista desciende a los infiernos de la locura, tachando a su visitante de profeta, cosa diabólica o demonio.
Tal el impacto de El cuervo, que fue rápidamente difundido, copiado y publicado con las ilustraciones de Jhon Tenniel —ilustrador de Alicia en el País de las Maravillas—, grabados de Gustav Doré —famoso por lo que hizo para las ediciones de don Quijote de la Mancha—, o las litografías de Monet. De entre las traducciones, Mallarmé y Baudelaire la hicieron al francés. La mejor en lengua española, la de Julio Cortázar, que asimismo tradujo los cuentos de Edgar Allan Poe. 

*Escritor español radicado en Ecuador