Jaime Iturri Salmón /

Ni bien llegaron al poder comenzaron a exigir que los funcionarios públicos aportaran datos sobre supuestos actos de corrupción de funcionarios masistas. Sobre todo se trató de enlodar la figura de Evo Morales y Álvaro García Linera. Las órdenes eran terminantes: “busquen, busquen”, algo debe haber.

En su desesperación hasta montaron un show: presentaron el dormitorio del expresidente en la Casa Grande del Pueblo.

Pero nada. Al final no pudieron probar que hubiera corrupción a gran escala como su propaganda repetía. ¿Quién iba a sospechar siquiera que pocos meses después todo se volcaría como un calcetín?

Y ahora donde pones el dedo salta la pus. Al punto que la gene de la calle ya habla de que el gobierno de Jeanine Añez en realidad fue una robolución.

Y es que el verdadero gobernante (y esto también lo sabe el ciudadano común) fue Arturo Murillo. Y el usaba el miedo para hacer negocios. Para asustar a jueves y a cuanto individuo pudiera tan siquiera pensar en fiscalizarlo.

Tan intocable se creyó que llegó a faltar al llamamiento del Congreso a que informara sobre la compra dolosa y con sobreprecio de los gases lacrimógenos y otras armas no letales.

Y es aquí donde Jeanine Añez comete uno más de sus varios errores: lo ratifica y así se convierte en encubridora porque para el 20 de octubre de 2020 cuando ella vuelve a posesionar a Murillo ya se sabía que el negocio de los gases olía muy mal (valga la fácil redundancia). Sí, porque había sido denunciado en medios de comunicación como Gigavisión y en las redes sociales.

Ya se habían presentado pruebas de que gases de similares características habían sido comprados a precios muy inferiores en Ecuador y Venezuela. Ya se sabía que la cotización era de un poco más de tres millones y que se pagó 5,6 millones.

Y el encubrimiento no sólo fue de la expresidenta que se negó a cumplir la Constitución y sancionar a su ministro favorito, sino de los ministros Fernando López, Óscar Ortiz y Yerko Núñez, que tampoco asistieron al llamamiento del Congreso, tapando la corrupción.

Ortiz llegó a decir que era un intento de desestabilización del gobierno.

Bueno, ahora todos ellos deberán responder ante la justicia. Y, me imagino, también al mundo de los pititas que los encumbraron y que creyó que eran sus representantes.

Aunque los derechistas renieguen de Arturo Murillo lo cierto es que al mirarse al espejo deberán hacer un mea culpa. Sin los movimientos de la clase media en las calles no se hubiera producido la robolución.

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