Jorge Sanhueza

Hay dos estudios que hablan de cómo son y cambiaron los chilenos y chilenas: Chilescopio, que realiza la Consultora Visión Humana desde 2005 y Zoom al Trabajo, elaborado por la misma consultora en conjunto con la Escuela de Psicología UAI desde 2010. Ambas investigaciones arrojaban el fuerte crecimiento del malestar y la tensión social en 2016, así como una creciente valoración de la libertad y la justicia, por sobre los valores del logro (éxito) e incluso el bienestar económico. El creciente interés por temas medioambientales y las crisis asociadas a “zonas de sacrificio” fueron determinantes en los estudios.

Más allá de estos, comenzaron a ser crecientes la percepción de las desigualdades y la falta de oportunidades, particularmente para la mujer y los adultos mayores. Estas percepciones se conjugaron con la idea creciente que las personas, en forma individual, tenían cada vez menos incidencia en la posibilidad del cambio en las cuestiones de la sociedad.

En la perspectiva de la relación de los trabajadores con sus jefes, no obstante el reconocimiento de la dimensión instrumental que tenemos con el trabajo (“este sirve para tener ingresos económicos y dar seguridad a nuestras familias”), la mayor queja sistemática en el mundo laboral es que no importa tanto el “prestigio” de la empresa u organización, sino fundamentalmente la necesidad de un trato justo y la integridad de las jefaturas (honestidad; trato respetuoso y digno; y coherencia en su actuar).

En los últimos tres años, además, Zoom al Trabajo evidenció un alza sostenida en el “malestar” de los trabajadores, particularmente en el aumento de los estresores psicosociales (asociados por ejemplo al tiempo de desplazamiento para ir y volver al trabajo, al aumento de la exigencia, y al mayor estrés general que un creciente endeudamiento estaba reflejando).

Particularmente el último año, el autorreporte de estar sometido a un alto estrés en el trabajo alcanzó a 42% de los trabajadores encuestados, siendo particularmente alto en mujeres y en los sectores de menores ingresos.

En el pasado reciente, y probablemente asociado a un rasgo de la denominada sociedad del consumo, comenzamos a ver la creciente valoración de la positividad, la felicidad, y una cierta sobrevaloración de las condiciones de bienestar personal. Desde fines de los 90 comenzó un creciente interés en estudiar la felicidad y el bienestar subjetivo. Grandes autores (como Martin Seligman, por ejemplo) abordaron el desafío. También lo hicieron grandes instituciones dedicadas al estudio y desarrollo de políticas públicas, así como de estrategias de marketing.

Incluso en julio de 2011 en su Asamblea General, la ONU emitió por unanimidad la Resolución 65/309, estableciendo que la búsqueda de la felicidad “es un objetivo humano fundamental” y que el indicador del PIB “no fue concebido para reflejar la felicidad y el bienestar de las personas de un país, y hoy no los refleja adecuadamente”.

Distintos académicos comenzaron a evaluar la importancia creciente del denominado Bienestar Subjetivo. Esto tuvo consecuencias: en 2017 y 2019, el Informe Mundial de Felicidad mostró que los chilenos éramos los más felices de LATAM.

Como lo es posible pensar, este “sesgo positivo” impidió ver lo que era necesario de asumir: los propios informes del PNUD dieron cuenta, el bienestar subjetivo puede explicar la satisfacción individual, pero ante la sociedad aún se experimenta una relación negativa, de inseguridad y desigualdad (Reyes del Villar, 2017).

Pero también no logramos asumir lo que socialmente estaba sucediendo porque nuestra identidad social o carácter nacional se difuminó aún más.

De acuerdo con el historiador y trabajador social Arturo Alejandro Muñoz (2017), articulista en diversos medios electrónicos, chilenos y extranjeros, definir el carácter nacional es una osadía, pues presupone uniformar lo que en esencia es una diversidad compleja. Pese a ello, haciendo una generalización, un rasgo central del chileno es su condición de “eternos dependientes de ideas, intereses y normas foráneas”.

Por su parte, el estudio Identidad Chilena realizado en 2015 por Adimark para Marca País, orientado a “conocer los elementos asociados por la opinión pública a la identidad chilena, distinguiendo los atributos clave para sustentar los pilares de posicionamiento comunicacional de la Marca Chile”, planteó que:  La identidad a partir del comportamiento de los chilenos en su relación con otros en la vida cotidiana, desde donde se asume una postura bastante crítica que destaca elementos negativos asociados al consumismo, individualismo y desconfianza/desilusión a partir de los últimos hechos de corrupción que han salido a la luz pública. Desde la perspectiva de los líderes de opinión, estas características se relacionan directamente con el modelo de sociedad implantado a partir del golpe de Estado, donde se pierde el carácter de lo colectivo y se instala un componente de individualismo dentro del actuar de los chilenos.

Sea como fuere, desde un punto de vista psicológico, se podría plantear que la difusión de la identidad constituye una de las fuentes que nos permite actuar con ambigüedad frente a los sucesos que estamos viviendo. Desde esta experiencia, algo de conformidad es posible de entender, mucho de una hospitalidad de apariencia y, fundamentalmente, un rasgo de individualismo que ha permitido hacer una sociedad fragmentada, que le cuesta la diversidad, y rechaza la diferencia y al extranjero.

Quizá estas mismas dinámicas  podrían llevarnos a entender la profunda soledad que podría estar en la base del significativo aumento de diagnósticos de trastornos del ánimo (depresivos y ansiosos) que han sido descritos por algunos autores.

Y, finalmente, la explosión de las redes sociales y, como lo llamo, una relación social fragmentada, precaria y sin vinculación cara a cara.

Desde hace ya varios años sabemos la enorme penetración que han tenido las redes sociales en nuestra sociedad. Y esto parece haber potenciado tanto las dinámicas de exclusión como, fundamentalmente, la desregulación emocional que hemos vivido estos días (Hernández et al, 2019).
Si pensamos que nuestra principal fuente de información han sido las RRSS, la pregunta que surge es cuánta desregulación emocional ha estado a la base de la violencia inusitada en la que ha derivado el legítimo malestar social, y cómo podemos afrontar los desafíos que surgen de esta crisis y sus consecuencias en la salud mental.

Indistintamente de todo lo anterior, con probabilidad, podríamos interpretar que lo que estamos viviendo tiene rasgos psicopatológicos importantes que nos hacen pensar que estamos viviendo, al menos, una manifestación desestructurante (yo podría decir psicótica) de nuestra manera de ser.

Sin intentar sobre simplificar, quizá algunos de los trabajos desarrollados por los terapeutas narrativos, pudiesen ser claves a la hora de buscar una salida a la crisis. Se ha hablado crecientemente de la necesidad de restablecer el diálogo, pero ¿qué tipo de diálogo es necesario hacer para superar lo que nos divide, nos enferma y nos está destruyendo?

Necesitamos nuevos diálogos sociales que permitan reconstituir nuestra salud mental, a través de la reconstitución del tejido social. Como lo dice la filosofía africana del Ubuntu, necesitamos tener conciencia que yo soy porque somos y porque podemos ser.

Estos procesos dialógicos deben transformarse en diálogos productivos, es decir, en conversaciones capaces de ser efectivos en relación con el problema (comprendiendo el contexto en el que el problema y la posibilidad tienen lugar), ser inclusivos de todos los participantes, reconocer y recuperar los recursos, promover saberes y las innovaciones necesarias, incrementando así la efectividad en las diversas áreas y problemáticas de aplicación (Fried Schnitman, 2008).

Sabemos que la realidad social se construye en una práctica de naturaleza dialógica, donde es central la construcción del significado a través del uso del lenguaje en el espacio social o público.

La clave para la gestión y la supervivencia del sistema es el diálogo, pero no cualquier diálogo. En la gestión y el management, así como en política, estamos acostumbrados a entender que el diálogo es “monológico”. Es decir, que es top-down, unidireccional, sustentado en el ciclo de la promesa, donde unos pocos declaran, los mandos medios piden y la gran mayoría promete. Un diálogo en el que algunos hablan y los demás escuchan, y donde quienes hablan, suelen escuchar poco.

La consideración del contexto socio-político-económico, los cambios en las generaciones, la dinámica del trabajo y de la compleja relación entre la persona y la organización, así como la incertidumbre y las demandas de ajuste que la propia organización requiere para ser sustentable y mantenerse en una dinámica de agregación de valor, invitan a repensar la organización desde concepciones de “diálogos dialógicos”, es decir, diálogos multidireccionales, polifónicos y con una dinámica bottom-up.

El cambio en la concepción de sociedad y en el modo de hacer, pensar y vivir la organización social, y particularmente la concepción dialógica de ella, puede ser un buen punto de partida para enfrentar los desafíos que tenemos por delante.