Féretro

José Augusto Yáñez Vargas*

Cuando éramos niñas y niños, junto a los familiares de esa edad, solían generarse momentos muy singulares cuando estábamos con nuestra abuela, quien se sentaba junto a nosotros en tardes donde, generalmente, no se podía ver el cielo por encontrarnos en época de otoño; además, con la conjunción del fuerte viento y el polvo se formaba una cobertura amarillenta que opacaba el cielo hasta donde podíamos verlo. Así, el sol desaparecía por algunas semanas entre fines de julio y principios de agosto, época en la que siempre era recurrente ver las anécdotas de estudiantes, entre la niñez y adolescencia, que combatían en gestas cuasiheroicas y épicas, con la fuerza del viento, en pleno desfile del 6 de agosto que pretendía arrebatar los estandartes de las manos de las y los elegidos para portar dicho emblema en el día de la patria. Gajes del oficio, diríamos, o uno más de los sacrificios de ser destacado en los diferentes ciclos escolares (en ese tiempo básico, intermedio y medio).
Era este adverso entorno en el que se solían configurar algunos días, o más bien algunas horas, en las cuales nuestra abuela, entre que preparaba alguna merienda otoñal de la tarde, como unas sopaipillas, casi de la nada comenzaba a relatar sus vivencias, que partían de una infancia lejana y que ahora se habían convertido en relatos basados en el letargo de remembranzas. Así, recuerdo que más de una vez nos había contado sobre una ocasión en la  que caminando por los campos de territorio chicheño fue alcanzada por el ocaso del día. Ante estas circunstancias no tuvo otra salida que pasar la noche a la intemperie, noche que no fue la primera ni la última con estas características. Así, en medio del sueño, y posiblemente en una noche de luna llena, escuchó unos golpes en cercanías del lugar. Con este llamamiento a la curiosidad es que se fue acercando en dirección al sonido, y fue ahí que pudo percibir, a la distancia, un ataúd que, dando volteos, se movía. Así, luego de un gran susto, este extraño objeto se fue alejando hasta desaparecer en el horizonte.
Algún tiempo después, ya involucrado en el interés y motivaciones investigativas sobre la cultura de los chichas, pude acceder a un libro que reflejaba cuentos, mitos y leyendas de esta región sureña. De esta manera, entre las lecturas realizadas logré encontrar un cuento que titulaba El féretro de Gran Chocaya. En las líneas de este relato pude repasar, de forma muy similar, las palabras de mi abuela cuando nos contaba la experiencia que tuvo de niña al haber visto en el campo un ataúd andante, sin lograr explicación. En este sentido, el relato que se encontraba dentro del libro contaba, más o menos, lo siguiente: En el pueblo de Gran Chocaya existía un lugar para realizar el velatorio de difuntos; en medio de este salón estaba un féretro de gran volumen dentro del cual se acomodaba el cuerpo para llevarlo después hasta el cementerio. Fue entonces que un día este féretro desapareció de su ubicación y tuvo que pasar algunos días para que comunarios avisen que, extrañamente, este objeto había cobrado animación y se movía por el campo, posiblemente visitando los lugares donde todos los finados habían transitado en vida. De esta manera, las autoridades ordenaron que se “capture” a dicho féretro y sea traído hasta su lugar. Y así se hizo, incluso poniéndole diferentes seguros para que no vuelva a “escapar”. Tiempo después, se desató un incendio en ese lugar y desapareció todo lo que allí se encontraba, incluido el féretro de Gran Chocaya.
Concluida esta lectura, me pregunté si esto era un simple cuento de cuculis o un excepcional hecho real ocurrido hace varias décadas, cuando las personas solían dar vida a lo inanimado y a seres fantásticos o tenebrosos, en medio del territorio chicheño que lleva consigo un gran número de este tipo de relatos que eran transmitidos como historias orales de nuestras abuelas y abuelos, constituyéndose en parte fundamental de nuestra identidad. 

*Sociólogo investigador chicheño