Jaime Iturri Salmón /

Fueron pocas horas de diferencia, pero las dos noticias llegaron como mazazos. Primero fue el Guillo. La noticia me la pasó Alcira una compañera como la que trabajamos en muchos proyectos indígenas y rurales.

Guillermo Vilmelo era un argentino que amaba a los camélidos y uno de los mayores expertos en este rubro en Latinoamérica. Hijo de un general tenía una gran sensibilidad y era de esos que uno llama con orgullo amigo. De hecho, fue de los primeros que me llamaron en el exilio argentino para decirme en qué podría ayudar.

Con él aprendí la importancia de llamas, alpacas y vicuñas y el gran futuro que existe en esa ganadería que además de proporcionar carne sin colesterol es muy amigable con el medio ambiente. Con decir que la pesuña de los camélidos trabaja la tierra para que se pueda sembrar la quinua, el oro de los andes.

Él era consciente de la importancia de la comunicación social. De hecho, hicimos varios libros. Apoyó también a radionovelas e investigaciones.

Siempre le interesaba la visión de los beneficiarios (el prefería decir socios) de los proyectos.

Amaba lo popular a pesar de ser un hombre blanco, bonaerense y con formación occidental.

Jesús Martín Barbero era otro amante de la cultura popular y, claro está de la comunicación popular. Él fue vital para toda una generación de comunicadores formados después de las dictaduras militares.

Por esos años, formados en la ortodoxia del marxismo no comprendíamos la importancia de luchar en la superestructura, en la cultura contrahegemónica para estructurar la propia hegemonía de los de abajo.

Había que pasar de los medios a las mediaciones. Es decir, del análisis del mensaje puramente a lo que este mensaje hacía con los perceptores. Ahí aprendimos a no pensar que la respuesta es única y que en la sociedad existen múltiples contestaciones. Y, sobre todo, y este fue una gran contribución de De Certeau, hay un uso que hacen los perceptores de los mensajes.

No creo que el Guillo haya leído a Jesús Martín, pero ambos coincidirían en que la lucha no se reduce a la economía, sino que tiene como campo de privilegio la cultura y a la comunicación como vehículo de esta.

Y que había que llenar de sentido el concepto pueblo, buscando posibilidades reales de que, mediante la apropiación de sus valores hagan posible una construcción menos alienante que seguir sólo los patrones occidentales.

A los dos se los llevó el Covid, como a tantos otros amigos en una pesadilla, que lamentablemente, parece lejos de terminar.

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