Ricardo Jaimes Freyre se anticipó al movimiento literario y artístico del indigenismo.

.Víctor Montoya/ Crónicas/

Ricardo Jaimes Freyre se anticipó al movimiento literario y artístico del indigenismo, que tuvo una fuerte presencia entre los años 1910 y 1950 en varios países del continente americano, incorporando a los indios como protagonistas centrales en su cuento, ya que el indio, como personaje literario, no aparece hasta antes del siglo XIX, salvo en los mitos y leyendas provenientes de las naciones indígenas, transmitidas a través de la oralidad y de generación en generación desde mucho antes de haberse consumado la conquista del llamado “Nuevo Mundo”, con personajes que, revestidos con atributos de heroísmo y exotismo, pertenecían al ambiguo mundo de la realidad y la fantasía.

El cuento de Ricardo Jaimes Freyre, escrito con un elegante estilo que permite imaginar las escenas como en sucesivas secuencias fotográficas, se caracteriza por la brevedad, la contemplación poética del paisaje y una fuerza argumental que toca las fibras más sensibles del lector. Se trata, pues, de una vigorosa prosa, limpia de ripios y reforzada con adjetivos que precisan la descripción de la naturaleza y los escenarios donde se desarrollan las acciones y los diálogos entre los protagonistas.

No cabe duda de que Ricardo Jaimes Freyre, a través de esta apología del indio y su civilización, se da a conocer a plenitud como excelente narrador, mientras su prosa, elaborada con la misma pasión y los mismos registros lingüísticos que engalanan sus versos, se convierte en un referente de la narrativa indigenista boliviana, digna de ser insertada en las antologías del cuento latinoamericano, junto a otros autores que evocan la miseria de las masas indias y se convierten en ecos del clamor popular.

Cabe recordar que Ricardo Jaimes Freyre escribió este cuento antes de que las corrientes ideológicas del indigenismo se establecieran en Latinoamérica, antropológicamente concentradas en el estudio y valoración de las naciones indígenas, y el cuestionamiento de los mecanismos de discriminación y desarraigo de las culturas originarias, cuyo peso político y cultural fue soterrado por la administración colonial española desde la conquista del Imperio Incaico, hasta los gobiernos republicanos que no hicieron nada por cambiar las condiciones socioeconómicas de los indígenas, quienes no fueron considerados como componentes sustanciales de la sociedad boliviana; por el contrario, fueron excluidos de los beneficios de la llamada “civilización blancoide” y de las ventajas del Estado oligárquico.

No en vano el tema del latifundio es uno de los aspectos más relevantes de la narrativa indigenista, porque representa la política etnocida de las oligarquías republicanas y la servidumbre de los indígenas en beneficio de una casta de gamonales y terratenientes, que no solo les arrebataron sus tierras con el beneplácito de las “leyes de los poderosos”, sino también los convirtieron en sus pongos sobre los cuales tenían el derecho de propiedad, como en cualquier sistema colonial, que les suprimen sus derechos más elementales y los condenan a escalofriantes trabajos de esclavitud.

La literatura indigenista, particularmente en los géneros de la narrativa, tiene distintas tendencias desde su aparición, pero el rasgo común que comparten es que la mayoría de las obras resaltan el racismo, la pobreza, la marginación y el choque entre la cultura occidental y las culturas ancestrales. Esta literatura, al margen de denunciar la explotación de los indios en las haciendas, apuntala las reivindicaciones socioeconómicas desde la perspectiva de los ideales que proclaman la integración nacional y el derecho de los pueblos originarios a ser parte de las instituciones estatales, que son las que, en última instancia, determinan el destino de una nación en el ámbito político, económico, social y cultural.

En el cuento de Ricardo Jaimes Freyre, que en algunas antologías lo recogen bajo el título de “Justicia india”, se advierte una fuerte connotación descriptiva de la naturaleza y un inconfundible compromiso social asumido por el autor que, sin eufemismos ideológicos ni retoques de la realidad, describe la lacerante situación de sus protagonistas indios, quienes, en actitud de rebeldía y decisión de lucha, agitan a los suyos para acabar con los personajes antagónicos, pero sin desvirtuar el objetivo principal del cuento que, a pesar de su violento desenlace, conlleva un mensaje de esperanza, justicia y libertad.

Bienvenida protocolar en el Palacio de Gobierno al presidente de Bolivia Juan Bautista Saavedra, acompañado por el poeta boliviano Ricardo Jaimes Freyre, embajador especial a las celebraciones del Centenario de la Batalla de Ayacucho, y por el Ministro de Relaciones Exteriores, Alberto Salomón.

En este cuento, escrito con coraje y valor moral, aparte de destacar el fascinante telurismo del altiplano, donde existe un vínculo casi simbiótico entre la naturaleza, el hombre y la comunidad, se exalta el interés colectivo sobre el bienestar individual; una tradición muy arraigada en las comunidades indígenas, donde la práctica cotidiana del “ayni” (colaboración mutua en el trabajo para la subsistencia de la comunidad) y la “mink’a” (reciprocidad de ayuda intercomunal) forman parte de la mentalidad del “ayllu” (sistema de organización básica de la sociedad aymara) desde su pasado milenario.

El autor, convencido de la posición política forjadora de su conciencia, nos presenta, de manera sucinta y en pocas páginas, la tensa relación verbal y humana que sostienen los dominantes y dominados, en el marco de un sistema estrictamente colonial, que está caracterizado por las injusticias sociales y el menosprecio racial, que son partes integrantes de una sociedad donde prevalece la supremacía del hombre blanco sobre la mayoría indígena, compuesta por los diversos pueblos originarios asentados en el territorio nacional.

El cuento “En las montañas” no se limita a retratar los atropellos que los patrones blancoides cometen contra los indígenas por el simple hecho de ser indígenas, sino que es una suerte de preámbulo para los ideólogos del indigenismo que, en su afán de liberar al indio de esa intermediación opresiva y explotadora, elaboran teorías cuyos principios tienden a impulsar una política de inclusión social en todos los ámbitos de la sociedad y una participación activa en las estructuras del poder del Estado, como una forma de compensar los cinco siglos de discriminación, perjuicios y marginalidad. Los indigenistas, en su lucha contra las minorías privilegiadas (gamonales, caciques, latifundistas, etc.), plantean la necesidad de fortalecer la propiedad colectiva de la tierra, la autodeterminación y la diversidad cultural, revalorizando los usos y costumbres de los pueblos originarios, como componentes fundamentales de una nación multicultural y plurilingüe.

No es para menos, Ricardo Jaimes Freyre, a través de su cuento de corte modernista, nos narra el drama de los indios que, a pesar de su situación de dominados y excluidos de los sistemas de poder, se alzan en una rebelión que culmina con la victoria de la verdad y la justicia; un premeditado desenlace que, de manera implícita, pone de manifiesto las concepciones socialistas de su pensamiento ideológico que, desde principios del siglo XX, hicieron aflorar los postulados populares de que la tierra es de quienes la trabajan y no un patrimonio de los terratenientes.

En la narrativa indigenista, al margen de su valoración estética, existe una reflexión crítica sobre la realidad social, que parte del principio de la inferioridad racial del indio. Incluso la descripción de su aspecto “humilde y miserable”, con chaqueta desgarrada y sandalias con correas llenas de nudos, es una constatación de que el indio, aquejado por los constantes ultrajes patronales, es un individuo que sobrevive en medio de la pobreza y al margen de los privilegios reservados solo para las familias propietarias de grandes extensiones de tierra y dueñas de los pongos que trabajaban en condiciones inhumanas y sin más esperanza que suplicarle a la Pachamama un mejor destino para sus descendientes.

El autor retrata el mundo indígena en términos de marginalidad económica, social, política y cultural, pero también de resistencia silenciosa y toma de conciencia que, de manera inevitable y dialéctica, desemboca en la venganza y la violencia descarnada, como ocurre en la última escena narrada por Ricardo Jaimes Freyre, quien, en un intento por eliminar la visión idílica de los indígenas, que es una de las características de la literatura romántica de la literatura del siglo XIX, da vuelta a la página y lo muestra al indígena en actitud combativa, ya que sus personajes indios, lejos de soportar los atropellos y el desprecio con actitud sumisa, optan por rebelarse al son de los pututos, usados como instrumentos que convocan a la comunidad para defender sus derechos y ejecutar la justicia por mano propia.

Así ocurrió “En las montañas”. Los dos jóvenes viajeros, Córdova y Álvarez, una vez atrapados en el fondo de la quebrada por los indios que descendieron desde la colina, que poco antes parecía desmoronarse en enormes peñascos, fueron amarrados sobre los caballos y conducidos hasta una explanada, donde sus cuerpos fueron arrojados “como dos fardos”, mientras los ancianos y las mujeres esperaban la asonada final. Al cabo de deliberar un momento, y una vez que empezaron a beber el licor de los cántaros en señal de triunfo y regocijo, Pedro Quispe y Tomás se ocuparon de despojarles de sus prendas y atarlos a los postes, donde empezó el suplicio entre gemidos y alaridos de dolor, como si los patrones hubiesen despertado la furia social y los indígenas hubiesen tomado conciencia de su propia dignidad. Seguidamente narra el autor: “Pedro Quispe arrancó la lengua a Córdova y le quemó los ojos. Tomás llenó de pequeñas heridas, con un cuchillo, el cuerpo de Álvarez. Luego vinieron los demás indios y les arrancaron los cabellos y los apedrearon y les clavaron astillas en las heridas…”.

Los brotes de rebeldía y violencia indígena aparecen registrados, antes y después de la institucionalización de la colonia, en varios capítulos de la historia nacional. Baste mencionar, a manera de ejemplo, la conducta beligerante de los indios durante la Guerra Federal (1898-1899), cuando estos, aliados a las tropas castrenses del coronel José Manuel Pando, nombrado comandante de las fuerzas federalistas de La Paz, se enfrentaron a las tropas chuquisaqueñas lideradas por el Partido Conservador que, mientras cruzaban por las poblaciones del altiplano en su camino hacia La Paz, se dieron a la tarea de atacar y quemar las casas de los indígenas aymaras, quienes, ante semejantes atrocidades cometidas en sus comunidades y en afán de reivindicar sus derechos que habían sido sistemáticamente espoliados como consecuencia de la legislación de 1880, se sumaron a la efervescencia bélica al mando de “El Temible” Pablo Zárate Willka, fustigando a las masas indias para derrotar a las minorías dominantes, compuesta por una jerarquía de criollos y mestizos, que tenían el control sobre las tierras y los recursos naturales.

Como se apuntó líneas arriba, este no fue el único episodio en el que la furia de los indios se dejó sentir por los poderes de dominación, sino uno más de las tantas rebeliones que protagonizaron desde la época de la colonia, dejando constancia de que las guerras se ganan con fusiles y no con oraciones ni discursos, como sucedió en los levantamientos armados registrados en las páginas más violentas y sangrientas de la historia nacional.

Con todo, este fabuloso cuento de Ricardo Jaimes Freyre, publicado por primera vez en el Nro. 29 de la “Revista de Letras y Ciencias Sociales” de Argentina (1906), merece una mayor difusión entre los lectores nacionales y extranjeros, no solo porque forma parte de su escasa prosa literaria, sino también porque la temática indigenista, estructurada sobre la base de un lenguaje rico en metáforas y símbolos, está hilvanada con solvente calidad ética y estética, una inconfundible impronta en la obra de los grandes narradores bolivianos.

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