Entrada del Gran Poder de 2017. (Fotos: GRUPO IMA - COMUNIDAD 24 DE JUNIO)

Estéfani Huiza Fernández /

El investigador Jhosmin Calla creció rodeado del folklore. Aprendió a tocar instrumentos autóctonos a temprana edad, viajaba de pueblo en pueblo con su pinquillo en mano y observaba en silencio aquellas danzas que para él eran desconocidas.  En ese trajín descubrió las singularidades que caracterizan al danzante, presenció un desfile autóctono y quedó impactado, desde esa vez se propuso indagar más sobre el origen de aquel baile. En 2009, junto al grupo de Investigación de Música Autóctona (IMA) y la Comunidad 24 de Junio, visitó más de 50 localidades en busca de los rastros de esa danza.

“Ese hombre está castigado y debe bailar hasta morir”, le dijo su mamá cuando vio por primera vez al danzante. Jhosmin sintió empatía y curiosidad por aquel hombre que parecía exhausto, pero bailaba sin parar. Mientras danzaba se contoneaba de un lado a otro, de rato en rato se quitaba la careta y se tiraba al suelo, pero los músicos y sus acompañantes no lo dejaban descansar, de un tirón lo levantaban, le colocaban la careta y éste daba un brinco para continuar la coreografía.

La idea de Calla y su familia era presentar al Danzante en la entrada del Gran Poder, pero antes decidió investigar aquel baile y comenzó a indagar sobre el tema en 2009, tarea que le llevó once años.

En la cosmovisión andina, el ser humano y la naturaleza deben vivir en equilibrio. La música y la danza juegan como mediadores, son expresiones culturales que interpretan lo subjetivo y simbólico de cada región. Pese al tiempo, el Jach’a Tata Danzante (gran señor danzador) no perdió su vigencia y aún se baila en cinco provincias del departamento de La Paz: Gualberto Villarroel, Omasuyos, Los Andes, Camacho y Aroma, explicó Calla.

La máscara original del Danzante pesa alrededor de 50 kilos, está hecha de greda. En las comunidades donde aún se practica el baile es respetada y temida, tiene una connotación ligada a lo sobrenatural, la muerte y la fertilidad.

ORÍGENES

Según el libro No se baila así nomás, de David Mendoza y Eveline Sigl, el Jach´a Tata Danzante es una tradición que se remonta a la época de la Colonia, por el traje característico de uso español del siglo XVIII. La “monstruosa careta”, el día que se presenta, que es el Corpus, simboliza al gigantón español, adoptado después de la guerra de la independencia.

Sin embargo, Calla afirma que el Danzante quizá tenga sus orígenes en la época precolonial, ya que, de acuerdo con su investigación, en las comunidades que visitó la fecha en la que se baila esa danza varía y en cada una tiene sus particularidades, según las costumbres de cada región.

La máscara del Danzante pesa 50 kilos.

“Siempre me dijeron que la danza es colonial, pero hay variantes. La estructura de la música, por ejemplo, las notas, las melodías que se usan son complejas, son notas que no encajan en el modelo europeo”, narró Calla.

El investigador también contó que el nombre de la danza varía en cada región, otros lo llaman Danzanti, Jach’a Tata, Tocori y Niñito.

Milton Eyzaguirre, jefe de Unidad del Museo de Etnografía y Folklore (Musef), indica que “los orígenes de la danza posiblemente estén en España (…) los elementos indican que esta festividad se impuso sobre una tradición que era anterior y su presencia es de carácter foráneo”.

EL BAILE DE LA VIDA

El libro titulado El arte folklórico de Bolivia, de Rigoberto Paredes, describe al personaje como “un hombre ofrendado a los dioses, quien debía bailar durante tres días sin descanso, hasta que la muerte lo doblegue”.

Paredes sostiene que lo más relevante del Jach´a Tata Danzante es el misterio que representa su figura porque nos acerca a ese instante tan temido por la visión occidental, la muerte. Sin embargo, para la cultura aymara la muerte se observa como un rito de paso, como el principio de un largo viaje, que se manifiesta en la danza a través de un ayni (reciprocidad).

“Esta reciprocidad forma parte de uno de los miembros escogido por la comunidad, como representante de todo el grupo hacia la tierra, para mantener el diálogo con la vida y continuar floreciendo”, agrega el investigador.

Calla recorrió más de 50 comunidades en busca de los rastros del Danzante, entabló amistad con los comunarios gracias a la música autóctona que él practica y que le abrió espacio entre los lugareños.

En la provincia Aroma, comunidad Umala, los achachilas (abuelos) le contaron que la última vez que murió alguien bailando la danza fue por los años 50 del siglo pasado.

“La familia aún conserva la máscara con la que bailó aquel hombre, la tienen oculta y no la sacan porque es de mala suerte”, relató.

Además contó que el nombre de la danza varía de comunidad en comunidad, al igual que el atuendo, los ritos, la música y su simbología. El investigador agregó que, aunque ya no se “baila hasta morir”, en algunas comunidades la danza sigue siendo polémica por su rudeza y representación. “No se la baila sólo en las fiestas patronales, hay un tiempo dedicado, que varía según el lugar y sus usos y costumbres”, relató.

EN CINCO PROVINCIAS

 El viento frío del altiplano, que mueve las tierras áridas de sus montañas como fieles protectores de sus habitantes, trae consigo una lluvia de tierra. Entre esas partículas de polvo parece resurgir un ser fantasmagórico, lleva una casaca de estilo español, con amplia manga con figuras en los puños, una faja en la cintura y el faldón blanco acampanado. Al atuendo complementa una pequeña chuspa (bolsa indígena).

La careta es lo que más sobresale, el color puede variar al igual que la ropa, el color, el tejido, la máscara, la forma, los rituales y otros elementos que lo componen, sin embargo, el tamaño, peso y las facciones son casi las mismas, relata Calla.

Esa danza que parece resurgir de la mitología andina aún vive en cinco provincias del departamento de La Paz. En la provincia Camacho es un ritual relacionado con la fertilización agrícola, se baila cuando se va a iniciar la cosecha, después de la anata, pero “sólo tiene una duración de 15 minutos”.

Calla visitó las comunidades de Chipuspuri, Copusquia Chico, Chualluna, Sallapata, Kalancachi, entre otras. En ellas observó que al danzante lo acompaña otro personaje denominado diablico, que representa la visión de complementariedad andina.

“Estos diablicos bailan con caretas, lo que simboliza un medio de comunicación con lo sobrenatural y representa sentimientos malos y buenos”.

En algunas comunidades de la provincia Camacho se lo conoce con el nombre de Niñito, porque según la cosmovisión aymara, al morir volvemos a ser niños.

“Cuando uno muere dice que nos volvemos niños al morir, tenemos que germinar para las nuevas cosechas, ésa es la función”, agregó.

 Al Danzante se lo denomina también Niñito porque “al morir las penas fenecen con todo lo malo, las penas y el dolor, para eso también se baila, para renovar”.

Para Eyzaguirre, la muerte en el mundo andino no es determinante, regenera la vida, es un ciclo donde interviene lo pecuario, agrícola y el entorno familiar.

La danza también se practica en el municipio de Achacahi, provincia Omasuyos del departamento de La Paz. Los comunarios  recrean el ritual con el nombre de Jach’a Tata Thuquri: Gran señor bailador.

Calla explicó que en la comunidad de Arazaya, del mismo municipio, se baila para evitar las plagas en el lago.

Para el investigador, el Danzante que se baila en el municipio de Pucarani es el más llamativo. Entre sus características destacan que la máscara no lleva plumas, tampoco mucho adorno y su tejido es tupido.

 “En el bordado de la prenda se conoce  la posición económica, social del bailarín,  sus miedos y su situación sentimental”, narró.

EN LA FIESTA DEL GRAN PODER

Calla afirma que seguirá investigando los orígenes de este enigmático baile, porque considera que todavía hay muchos elementos que no quedan claros.

Como una forma de mantener viva la danza ancestral, en la ciudad de La Paz, la Comunidad 24 de Junio la presentó por primera vez en la festividad del Gran Poder en 2017. Sin embargo, el grupo IMA realiza cada año el recorrido del Danzante, que consiste en transitar las calles más importantes de la ciudad de La Paz para mostrar cada una de las peculiaridades del baile, incluida la música autóctona. El bailarín lleva una máscara casi igual a la original, pesa alrededor de 40 kilos.

Calla relató que en las comunidades que él visitó hay molestia porque no se le otorga a la danza el valor que se le debería dar. “Hemos bailado en las guerras, en la sequía, en los desastres y eso nadie nos reconoce”, dijo un lugareño.