José María Poirier Lalanne

Si bien es la pascua de resurrección el centro de la fe cristiana, la Navidad reúne para el sentir común el asombro y la ternura ante ese niño que nace indefenso como todos, dependiente del amor de María y del cuidado de José. En el pesebre se dan cita, junto con los ángeles cantores que anuncian la paz, los pastores y los Magos llegados de Oriente: la inmediata percepción de los humildes y la honesta indagación de los sabios. Es una de las festividades que más encanto supo atraer en la historia. Bastaría recorrer la pintura, la poesía, la música, la mística o la teología. Cuánto misterio sobre la condición humana y sobre el destino de los hombres y las mujeres esconde este acontecimiento, más allá de los regalos y las felicitaciones, siempre repetidas y un poco vacuas ya.

Francisco Luis Bernárdez escribía: “En el profundo silencio, en la inmensa oscuridad, / un niño recién nacido / llora con voz celestial, / para anunciar a los vientos / a las estrellas y al mar / que viene a pagar la deuda / contraída por Adán”. Ante el sentido profundo de la culpa original se podrán oponer muchas razones, pero la realidad de las flaquezas y debilidades humanas nos persiguen siempre y a menudo nos avergüenzan.

Ciertas mujeres, en especial algunas figuras de la teología mística, parecen percibir con particular sensibilidad el misterio de la Navidad. Teresa de Ávila, en Las moradas, invita a mirar asombrados “el amor que nos tiene Jesús porque de tal manera ha querido juntarse con nosotros que ya no se quiere apartar”.

Hace pocos años, Chiara Lubich hablaba de una Navidad perenne: “El amor fraterno es el mandamiento básico; nada vale de todo cuanto hacemos si en ello no se da el amor por los hermanos, porque Dios es padre y tiene en su corazón siempre y solo a sus hijos”.

Raïssa Maritain, después de su conversión al cristianismo junto con Jacques (Léon Bloy fue el padrino de bautismo de ambos), escribe que la vocación cristiana es contemplativa: “Es por la inteligencia que, en el cielo, tendremos nuestra felicidad. La caridad es el principio y el fin de la contemplación, y los santos nos enseñan que en la unión contemplativa los precedentes naturales de la inteligencia deben dar espacio a tinieblas llenas de luz en las que Dios se deja conocer a través de la experiencia. Es así que del más iletrado al más erudito, los cristianos son, claramente, unos intelectuales, y que el daño más grande que han causado al mundo moderno los pseudo-intelectuales, con su desenfreno, es haber llevado a muchos a confundir su inteligencia”. Una verdadera meditación crítica navideña.

Teilhard de Chardin afirmaba, a partir del misterio de Cristo, que “no somos seres humanos viviendo una experiencia espiritual. Somos seres espirituales viviendo una experiencia humana”.

El poeta Gerardo Diego escribió una de las páginas más estupendas ante este misterio: “Si la palmera pudiera volverse tan niña, niña, / como cuando era una niña / con cintura de pulsera./ Para que el Niño la viera. / Si la palmera supiera / que sus palmas algún día. / Si la palmera supiera / por qué la Virgen María / la mira. Si ella tuviera”. Esta maravillosa percepción del calvario desde el pesebre y la huida a Egipto, tuve ocasión de leerla por primera vez bajo sugerencia de Nicolás Bratosevich. Fue un regalo navideño deslumbrante e inolvidable.
Sobre lo que sugieren estas figuras, Antonio Machado aconseja: “Aprende a dudar y acabarás dudando de tu propia duda, de este modo premia Dios al escéptico y al creyente”.

Al reflexionar sobre la encarnación de Dios, Tomás de Aquino dice que nos mereció varias ganancias porque se acrecienta la caridad: “Ninguna prueba hay tan patente de la caridad divina como el que Dios, creador de todas las cosas, se hiciera criatura, que nuestro Señor se hiciera hermano nuestro, que el hijo de Dios se hiciera hijo de hombre”.