Monje fantasma

Carlos F. Toranzos Soria*

El teatro Achá que, como teatro, es joven, sólo unos 190 años. Antes era un convento de los monjes Agustinos. Se construyó en 1578.
Este convento tenía una historia increíblemente hermosa. Los monjes Agustinos recibieron el encargo de hacerse cargo de los fieles urbanos, ya que éstos se estaban alejando de Dios y perdiéndose en el pecado. Los jesuitas volvieron después de su expulsión. Los domínicos, franciscanos y otras órdenes estaban con la labor de evangelización de los nativos.
Pasaron unos 250 años antes de que el convento pasara a manos del novísimo y recientemente independiente Estado.
En el convento vivían los monjes que cuidaban de las almas de los habitantes de la urbe; los mestizos, los españoles y algunos indios traídos como pongos o esclavos.
Los monjes bautizaban, enterraban, atendían a los enfermos, cultivaban sus huertos. Eran el centro de las actividades religiosas y culturales, mientras que el ayuntamiento se hacía cargo de la administración de las tierras, cultivos, cobro de impuestos para la corona. Ordenaban la vida de acuerdo a las diferencias entre los colonizadores y los colonizados.
El cementerio estaba en las tierras que rodeaban la Iglesia del convento. Ése era el Campo Santo. Por supuesto que, en ese lugar, los ricos eran enterrados en los sitios de privilegio, los pobres, en el mejor de los casos, en fosas comunes.
La iglesia jugó un papel muy importante en las luchas libertarias. Daban asilo, escondían rebeldes. Llevaban y traían armas bajo sus sotanas. Daban misas, en secreto, a los luchadores. 
Ahí, es justo ahí, que este monje aprendió que no sólo con oraciones se salva el alma, sino también con justicia social. Los ricos no son intrínsecamente malos, pueden y deben ser mejores. Los pobres no son siempre virtuosos y pueden traicionar, no siempre por unas monedas, sino también porque piensan que lo que hay es lo que hay que defender. Este monje fue llamado a ir a buscar a un herido. Le llegó la noticia por medio de una joven luchadora clandestina, Marina.
-Tatay, Gumersindo está herido, ashkayawar, mucha sangre está saliendo de su barriga.
– ¿Dónde Mariana, maypi?
-En la plaza, chisitupiwañusan, ahí se está muriendo.
-Jakuy Marina, jakuy. Vamos 
-Mana Tatay, cunitan, realistas con trabucos y lanzas están en la calle y no dejan pasar.
El monje justiciero dijo que él iría, que se fuera a su casa y que viniera al día siguiente, por la mañana, que trajera hierbas para curar las heridas.
Mariana se fue y el monje se fue por un pasadizo secreto que llevaba desde la sacristía, hasta el centro mismo de la plaza. 
El monje conocía muy bien este túnel; no necesitaba velas ni antorchas. Conocía el camino de memoria. De hecho, en los últimos meses lo utilizaba muy a menudo. 
Llevaba ropa para dar a los pobres, ponchos, mantas, a veces comida. Recogía luchadores, guerrilleros, guerrilleras y los llevaba por el túnel a esconderlos, o dentro de la iglesia, o en otros lugares, o les ayudaba a escapar. Contaba siempre con el apoyo de Marina, Jacinta o Gumersindo.
Los realistas no sospechaban, estaban acostumbrados de ver a los monjes recogiendo heridos, muertos o enfermos en las calles. 
No había sospecha —al contrario—, al verlos se descubrían, o se ponían en actitud militar. 
Saludaban al monje y esperaban la bendición. 
El monje, a veces, llevaba agua bendita y rociaba a la guardia del Comendador. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Les deseaba las buenas noches y hacía la señal de la cruz en el aire. 
Salió por la puerta secreta y entró a la plaza. Vio al herido, alrededor unos soldados que no le prestaban atención, parecían cansados.
El monje se acercó, roció con agua bendita el cadáver y éste hizo un gesto de vida. 
El monje fingió toser. Se puso de rodillas y se acercó más al hombre en el suelo y dijo en voz alta: Que el Santo Señor del cielo se haga cargo de su alma. Empezó a rezar el responso. 
Cantando entre dientes bajó la cabeza, la acercó al oído del guerrillero y le dijo que no se moviera para nada; que no hiciera el menor ruido y que siguiera sus instrucciones sin chistar. 
Lo arropó como pudo, lo arrastró por los pies hasta la puerta. Un soldado, al verlo, se ofreció ayudar.
El Monje le agradeció: Gracias soldado, pero ya no tiene alma y si lo tocas te va a quitar la tuya.
El soldado se persignó y se fue rápidamente. Todos los que estaban por ahí hicieron la señal de la cruz y se alejaron lo más posible de la maldición.  El monje, ahora solo y más tranquilo, cogió al muerto lo subió a la espalda y lo arrastró hasta la puerta del túnel. Abrió la puerta y desapreció por ella.

 (La segunda parte de esta narración se publicará en la siguiente edición)

*Docente emérito de la Universidad Anglia Ruskin, en Cambrige, Reino Unido.