monolito_ponce

Carlos F. Toranzos Soria*

Todo tiene que empezar en el principio, ¿verdad? Para dar un paso, para movernos, para todo, tenemos un principio. Ahí precisamente es donde está esta historia. (Bueno esta historia es un decir, pues ésta no es historia, es totalmente vida porque, contrario al contrario a lo que nos dicen, que la vida está llena de historias, yo digo, “la historia está llena de vidas”). 
Parece simple, pero no es así. Cuando dices la historia está llena de vidas, estás reconociendo que quienes hacemos algo, o no hacemos, dejamos huellas, visibles o no, eso es otra cosa, pero huellas al fin.
Es así como se hablaba este monolito, solo, caminando por entre las estrellas. Porque, aunque te digan que los monolitos los hicieron de piedra en Tiwanaku y que eran dioses, etc., tú tranquilamente sonríe. Porque la verdad es ésta.
Este monolito cavilando, es decir hablando solo, por su camino entre las estrellas, casi se choca con un meteorito. Tanto que el aire de su trayectoria lo hizo tambalear. Se repuso y dejó sus pensamientos sueltos por el universo. 
Obligado, casi obligado, miró hacia abajo y vio que había, no muy lejos, una luz azul muy brillante. 
Se dirigió a ella. El monolito no tenía ni mamá, ni papá, ni hermanos, ni nada; igualito que las estrellas. Acaso las estrellas tienen mamá y papá, no, no tienen eso como nosotros entendemos. Pero eso no importa. Este monolito estaba intrigado por la luz azul de ahí abajo. Decidió entonces caminar en esa dirección. Y como sabemos, caminar en el espacio es como volar y volar alto y volar bajo, dependiendo como pones las manos. 
Hacia arriba juiii arriba, hacia abajo juiii hacia abajo. 
Nuestro monolito estaba con las manos en los bolsillos, así que no volaba, caminaba y claro, caminar en el espacio es también caminar rápido, muy rapidito. 
Se acercó a la luz azul y en vez de poner las manos hacia abajo, este monolito, que era un pensador muy importante, dio un salto con las manos en los bolsillos. Como resultado cayó rectito, directito a un lago. Chultín, plashhh, pumm, el agua saltó por los aires y el monolito se dio cuenta de que no había puesto las manos ni arriba ni abajo. Ahora, con las manos en los bolsillos, no sabía cómo sacarlas. Se cayó y cayó y siguió cayendo.
Se hundió hasta el fondo y desde dentro del agua miraba hacia arriba. Veía algunas cosas que se movían. No sabía, claro, no tenía idea de lo que eran, eran sombras, como peces grandes, con narices enormes. 
Decidió sacar las manos de los bolsillos y no pudo. El agua tenía un efecto raro, se preocupó, pero como era un pensador sabía que debería tener paciencia y ya encontraría la solución.
Siguió mirando hacia arriba y todo era azul. ¡Qué color más bonito! Pensó en voz alta. Al ser monolito pensaba en voz alta.
Miró alrededor, todo era azul. Miró abajo y vio unas ranas agarradas de las manos y las patas, con sus barrigas blancas, que formaban un anillo de plata.
Volvió a mirar arriba y esa vez sintió cómo unas cuerdas le llegaban a la cintura, al cuello, a los pies. Y arriba veía las sombras de esos peces con narices enormes. Sintió que lo subían más y más. Vio que las ranas abajo estaban cada vez más lejos y de pronto leeeeejos. Así sacó la cabeza.
Pudo ver que los peces no eran peces, eran balsas de totora que lo arrastraban. Había mucha bulla. Gritos y movimientos. ¡Uno grito por aquí! Otro ¡más aquí!, otro ¡Caisitupiiichuracullay! (ponerlo aquí) y ya en la orilla, sintió la tierra en su cuerpo. Era agradable fresca y suave. Lo arrastraban y no pudo sacar las manos de los bolsillos; se dejó arrastrar. 
Los miró a todos con su cara de monolito, ojos grandes y boca grande, brazos enterraos en bolsillos y pies cuadrados. Todos le devolvieron la mirada. Se veían asustados, confundidos. Qué será esa cosa que cayó del cielo decían. Claro los mayores estaban asustados, los menores nada. Tanto que ayudaban en la orilla; unas niñas y unos niños ayudaban a tirar de la cuerda, a darlo la vuelta y todo.
En un momento, el monolito sacudió la cabeza y las cuerdas cayeron. Los hombres y mujeres volaron y los niños y niñas colgaban de las cuerdas.
El monolito se puso de pie, sacudió sus cuerdas y al fin sacó las manos de los bolsillos. Las levantó hacia arriba y juishhhhhhhsss, partió con dirección al sol.
Los hombres, las mujeres, los niños y niñas que vieron eso no podían creer, el monolito volando subía, subía, se fue y se fue y se fue. 
Pero aquí está el detalle; en la tierra dejó su marca, su huella, sus formas completitas. Como estaba en la orilla y había barro, dejó su imagen impresa en el lodo
Todos se pusieron a copiar esa belleza. Tal como lo vieron, con las manos en los bolsillos y así se quedó para siempre.
Si ves, o vieras un monolito, te darás cuenta que tiene las manos en los bolsillos, que como es del cielo tiene los bolsillos en la barriga. 
Dicen por ahí que si miras al cielo en tardes muy frías de invierno, puedes verlo caminando entre las estrellas; seguro ahora hablando solo de su aventura con los humanos las aguas y las ranas.

*Docente emérito de la Universidad Anglia Ruskin, en Cambridge, Reino Unido