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Pablo Cingolani*
El odio arrasa con todo. El odio lastima siempre. El odio no construye nada. El odio, como huayco, demuele la esperanza: es peor que huayco ya que ni belleza atesora, no clama, no te avisa, el odio aniquila, extermina: el odio mata. El odio te mata.
El odio carcome por dentro. El odio lacera. El odio hiere lento, lentísimo, y luego te envenena tanto que no hay antídoto: no hay odio que cure al odio. Es peor que morir, que matarse, que irse, que quedarse: si se te mete en las venas, te va comiendo adentro hasta que te devora entero y sos un zombi, movido por el odio, alimentado de odio, secuestrado por el odio. Sos su zombi: sos el zombi del odio.
El odio es derrota químicamente pura. El odio es psicología inversa, destruye neuronas, desintegra la piel, perfora tu alma. El odio no sirve para nada. El odio manipula, te manipula. El odio corroe, te corroe. El odio es el óxido de la frustración, el vidrio de la impotencia, de no saber para qué carajo vivís, sentís, te estás.  
El odio, el odio, no apasiona: te endiabla, te maltrata, te enloda, crees que te sacude, que te electriza, que te lleva y te trae: el odio es inmóvil, el odio es circular, el odio no va a ninguna parte, el odio no te conoce, el odio no te quiere: el odio sólo quiere al odio, el odio sólo desea más odio y cuando todos los odios se juntan, la verdad perece, la belleza padece, la vida agoniza y el presente se vuelve negro, se vuelve estéril, se vuelve absurdo.
El odio decide que haya más odio, el odio canoniza al odio, hay una economía del odio, una sociología del odio, hay una historia, una historia del odio: odio al pueblo, odio al otro, odio al pobre, odio a los indios, odio a los negros, odio a los que mascan coca o a los que van en chinelas. Odio porque odio, odio porque tengo que odiar, odio porque sin odio, ¿a quién odio? El odio sólo conoce al odio: a vos no te conoce, el odio, a vos te no quiere ni te desea.
El odio es insensible. El odio es insensato. El odio, todo lo puede. Hasta que un niño abre una caja de música o empuña un violín o abre un libro para leerlo y el odio, todos los odios, todos y cada uno de los tristes odios, desaparecen.
 
Pablo Cingolani
Río Abajo, 14 de octubre de 2017

*Escritor argentino

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