Silvio Waisbord

Pobres encuestadores. Les llovieron críticas razonables después de las PASO y las elecciones generales. En ambos comicios, las predicciones estuvieron lejos de los resultados finales, si bien acertaron con los resultados más gruesos y definitorios. Ante estos problemas es necesario mejorar las encuestas.

También es importante que la clase política, el periodismo y los militantes de diferentes pelajes no tomen las encuestas como verdad revelada o instantáneas exactas de lo que ocurre en la sociedad. Aun cuando sean sólidas, son cuadros de situación más que instrumentos precisos y completos para predecir lo que ocurrirá.

La experiencia argentina no es única. Recordemos que la enorme mayoría de encuestas no predijo ni el Brexit ni las elecciones presidenciales en Estados Unidos en 2016. Asimismo, nadie predijo los estallidos sociales recientes en Chile y Bolivia, sucesos que rápidamente cambiaron la política en ambos países y dieron por tierra las especulaciones de conocedores profundos de la situación. Los sismógrafos de antaño son insuficientes para detectar la opinión pública, que se refleja en terremotos electorales y levantamientos populares.

Es injusto colocar a los encuestadores como el chivo expiatorio, más allá de que tengan responsabilidad. Sus yerros son síntoma de un fenómeno general: insistir con entender la política con herramientas diseñadas para otra época.

Las formas comunes de pensar y especular sobre la opinión pública y la voluntad electoral pertenecen a una época pasada. Épocas en las que el periodismo dominaba la información, los partidos políticos aglutinaban mayorías y las lealtades políticas eran relativamente estables. Se podía asumir con cierta confiabilidad que la política era institucional, los partidos, los gobiernos, los sindicatos y los medios de información. Que todo esto representaba la “opinión pública” medida por encuestas y representada en las urnas Hoy en día, las cosas han cambiado. No es exagerado afirmar que la política y la comunicación pública se desinstitucionalizaron.

Los partidos y las coaliciones siguen siendo mecanismos de participación electoral y acceso al poder, pero reflejan una parte de la ciudadanía, aquella más interesada en la política y con identidades fuertes y estables. Hay un porcentaje importante de voto fluctuante que cambia según las circunstancias y la información.

Los gobiernos gozan de apoyo y confianza en tanto cumplan lo que sus votantes esperan. No tienen un cheque en blanco para hacer lo que les antoje en dos o cuatro años. Eventos particulares pueden torcer el rumbo inesperadamente.

Si a la erosión institucional de la política, le agregamos la disgregación de la comunicación pública, tenemos un escenario volátil. El periodismo ya no monopoliza la información circulante, que ahora fluye por diversas plataformas digitales todo el día en ciclos noticiosos interminables.

Tomar al periodismo como cuadro completo de lo que está ocurriendo es miopía. La (des)información viene en envases no-periodísticos descartables: videos, memes, imágenes, mensajes de texto, búsquedas digitales.