Luis Oporto Ordóñez/

En los últimos años, los movimientos sociales tomaron como objetivos de su protesta a monumentos conmemorativos de las empresas colonialistas como el emblemático año de 1492, en el siglo XV, cuando el navegante genovés Cristoforo Colombo-Cristóbal Colón llegara hasta tierras de Abya Yala en su intención errada de descubrir una nueva ruta a oriente para explotar las especies. Esa gesta fue inmortalizada a lo largo del planeta en monumentos venerados por las élites descendientes de aquellos pioneros.

La erección de monumentos en lugares públicos pretendía rendir homenaje e inmortalizar a prohombres civilizatorios. Monumento etimológicamente viene del latín ‘monumentum’, formado por el sufijo ‘mentum’ y la raíz ‘men/mon’ o ‘monere’ (advertir, recordar), ‘mens’ (ment) o ‘memoria’, que es el medio para perpetuar el recuerdo o la memoria de un hecho significativo. Era un imperativo para imponer un modelo de interpretación de la historia y lograr un ansiado consenso del poder hegemónico.

Al respecto, Yúmari Pérez y Diana Ramiro afirman que “los monumentos son fundamentalmente elementos que resguardan el pasado para trasladar un mensaje al presente, sirven para que ese ayer no se pulverice con el paso del tiempo, sino que se conserve un sentido vigente en el ahora, con adición de una estética inherente, haciendo que las piedras y metales transmitan la idea de belleza y aleccionen a la sociedad sobre el pasado”, y demuestran que “la agresión a monumentos —pintas, mutilaciones, derribos—, que se han visto recientemente en todo el mundo, es un fenómeno que anuncia la obsolescencia de ideas y teorías adoptadas hasta ahora sobre el patrimonio y su conservación”. En Europa, América Latina y Bolivia, el estatu quo de la memoria fue cuestionada, derribando monumentos icónicos como expresión de rechazo a toda forma de neocolonialidad.

Eso no significa que todos los monumentos y esculturas sean derribados, sin contemplación. En La Paz, importantes sectores conservadores exigieron sanciones penales por la mutilación del genovés Columbus y la Alcaldía preservó el sitio de cualquier otra amenaza, con una cerca de calamina (placas de zinc), en una agónica restauración que no se concreta. El juicio contra el joven aymara que mutiló la nariz de Colón no prosperó. Sectores conservadores de la ínclita ciudad de La Paz se ponen en alerta ante anuncios de derribar la efigie del capitán Alonso de Mendoza (Churubamba), del protomártir Murillo (kilómetro cero) o reina Isabel la Católica, que fue trasvestida de chola por huestes radicales de María Galindo. No fue solo la representación del colonialismo europeo el que fue cuestionado, también la efigie del célebre comandante Ernesto Che Guevara, erigida por Tupa, fue motivo de repulsa del sector radical indianista, aunque en este caso la sangre no llegó al río.

Inventario de manifestaciones escultóricas

Es en ese contexto se publicó una obra de importancia titulada Registro del patrimonio escultórico público del municipio de El Alto, salió a la luz en marzo de 2022 fruto de una rigurosa investigación del historiador Randy Chávez, para el Instituto de Investigación de la Carrera de Artes Plásticas de la Universidad Pública de El Alto (UPEA). Randy Chávez es experto en el tema, como se puede ver en un estudio similar (cif. Patrimonio escultórico público de la ciudad de La Paz) en coautoría con Juan Gerl, publicado por el GAMLP en 2010.

El mérito de levantar un primer inventario de estas manifestaciones de memoria en la ciudad de El Alto corresponde al historiador Juan Carlos Tórrez, quien publicó su obra Monumentos, esculturas y bustos en la ciudad de El Alto: ensayo histórico, análisis y propuestas (La Paz, Cóndor, 2016), enlistando poco más de cincuenta obras. Randy Chávez aborda, en su estudio, un registro muy completo, minucioso, que no descuida ningún detalle, inventariando 101 esculturas que contempla monumentos, bustos y estatuaria, con una diversidad sorprendente.

Constructores anónimos

La heroica, combativa, industriosa y pujante urbe alteña no es refractaria a la memoria histórica, pero ciertamente generó un concepto de memoria con identidad propia, que se expresa en esculturas erigidas en espacios públicos, con sus antipatías y sus preferencias históricas, coincidentes ambas con su fuerte identidad indígena anclada en la época prehispánica formativa, con Tiwanaku y los collas. Esa forma de potenciar memoria colectiva encarnó en todos los sustratos de la alteñidad, incluyendo el estamento formal (Alcaldía, Gobernación) e informal (movimientos sociales con fuerte autonomía de acción y gestión).

La obra de Randy Chávez constituye una aproximación documentada —con fuerte carga heurística en las esculturas— que se presenta como un registro-inventario, normalizado según parámetros de la Unesco. El trabajo describe 101 esculturas en un nivel general de cada monumento, busto o efigie, en ocho áreas (genérico, tipo, clase, posición, unidades, pedestal, estado de conservación y ubicación) y 15 campos (nombre de la obra, autor, nacionalidad, técnica o materiales, medidas, peso, señales de autoría, estatuaria, bulto redondo, buzo, cuerpo entero, cabeza, ecuestre, de pie oferente, cantidad, base, estado), con amplio repertorio fotográfico de 120 tomas.

El registro-inventario fotográfico nos depara sorprendentes características, desde la materia empleada en las obras (bronce, resina plástica, piedra, cemento, metal soldado, hierro y madera) y la calidad de los artistas (vg. Gastón Ugalde, Giancarla Muñoz Reyes, Félix Durán [Tupa], Ramiro Luján, Gustavo Lara, Víctor Zapana, Víctor Hugo Barrenechea, Joaquín Ugarte, Gregorio Conde, A. Oblitas, etc.).

Los aspectos más connotativos se encuentran en los motivos de memoria que marcan la diferencia con otras urbes de Bolivia. La pujante e industriosa ciudad de El Alto privilegia actores sociales esenciales para comprender su ethos sociocultural, destacando anónimos miembros de la sociedad como el lustrabotas, el maestro albañil, el campesino aymara, el trabajador ferroviario o el niño de las piedras, pioneros del poblamiento temprano de la ciudad de El Alto. En ninguna otra capital se expresa este reconocimiento de memoria a los anónimos constructores de la ciudad.

Memoria colectiva con identidad histórica

Se suma un verdadero universo de elementos rituales y simbólicos propios de la tradición de memoria oral de data ancestral. Así tenemos el charango, el Ekeko, el sapo de la fortuna, la constelación andina, la kantuta, la Chakana (11 estatuas), las fuentes (7), la dualidad Chacha Warmi o el Tinku (4), sin excluir la naturaleza simbiótica y arraigado sincretismo con la religiosidad occidental judeo-cristiana, expresada en el Tata Santiago, el Cristo (3), la Virgen de las Nieves y la cruz cristiana.

La memoria colectiva alteña guarda una identidad histórica con hechos de su historia larga (Mama Ocllo y Huayna Cápac [por Manco Cápac], Túpac Amaru, Tupaj Katari y Bartolina Sisa [2] y Katari), jalonada por monumentos al Corneta Mamani (Colorados de Bolivia), alegorías al soldado de la Guerra del Chaco [2], al comandante guerrillero Che Guevara, a las Heroínas de Octubre, a los Héroes del Gas, incluso a sus masacradores (Soldado del Regimiento Ingavi). Completan esa visión social, las estatuas a la Madre, al Maestro, al Minero (4).

Un puñado de estatuas de próceres extranjeros muestra el espíritu generoso, solidario y abierto del Alteño, prueba de ellos son las obras erigidas a Alfonso Ugarte, Adolfo Kolping, Julio Verne y Don Bosco.

El espíritu cívico-cultural, muy arraigado en el pueblo alteño, muestra su reconocimiento a los próceres de la Independencia, como Sebastián Pagador, Juana Azurduy de Padilla, Pedro Domingo Murillo (2), Antonio José de Sucre y Simón Bolívar (2); al héroe del Topáter, Eduardo Avaroa (2) y Ladislao Cabrera; los héroes del socialismo militar (Germán Busch y Gualberto Villarroel) y un puñado de dirigentes mineros (Domitila Barrios de Chungara, Juan Lechín Oquendo, Irineo Pimentel, Simón Reyes, Víctor López Arias y Édgar ‘Huracán’ Ramírez), junto a sus héroes culturales populares (Antonio Paredes Candia [2], Gunnar Mendoza) y políticos populistas (Max Fernández [2], Carlos Palenque).

Fiel y consecuente con la filosofía del vivir bien en armonía con la naturaleza, levantaron efigies al cóndor (2), las abejas, el perro choco, la cobra, el león, la garza, el toro, los cocodrilos o la hormiga trabajadora, junto a seres y animales antediluvianos, mitológicos y fantásticos como la tortuga prehistórica, el triceratop, el dragón azul (2), el dragón verde y el dragón amarillo, alegorías a las relaciones comerciales con países del Asia.