Gorrion1

Teresa Rodríguez Roca*

Hacia las cuatro de la tarde, Mabel regresó del colegio, hizo sus tareas y se puso a mirar en la televisión su programa favorito: El Agujero negro. Al echar un vistazo hacia fuera, descubrió una cría de paloma paseándose por el angosto pretil de la ventana. Se acercó a los visillos casi transparentes y dijo:
“No te muevas. Si te caes, te haces polvo en el jardín. De seguro no sabes volar. ¿Cómo has llegado al sexto piso?”. 
La niña no se atrevió a abrir la ventana por temor a espantarlo. Permaneció un rato observando los torpes movimientos del pequeño. En cuanto éste empezó a caminar por el extremo del borde, ella salió del dormitorio precipitada en busca de su madre para que le diera un trapo, quería sorprender al animal. 
Fue a la cocina, al baño, a la sala; ni rastros de ella. Regresó al dormitorio cabizbaja. Había olvidado que su madre rara vez llegaba temprano, que si no era una reunión con las socias de la Mesa Panamericana, era algún amigo de paso, con el cual se había entusiasmado. 
Del árbol más elevado del jardín surgió una paloma adulta, su pecho jaspeado, azul verdoso, relució contra la tarde invernal de colores tenues. 
Revoloteó en torno al pequeño y fue a posarse junto a él. Traía un gusano en el pico. Se sucedieron aleteos y juegos de equilibrio por parte de la avecilla. Luego la madre desapareció tal como había llegado. 
Los gritos del pichón hicieron que Mabel se acercara tanto a la ventana, que su nariz topó con la tela rígida del visillo. En cuanto el ave se dio cuenta de que era observado, se calló y clavó un ojo chispeante a Mabel, quien retrocedió de inmediato, tropezó contra una silla y fue a dar al piso de madera, imaginando que el pichón emprendía vuelo: Aterrizaje vertical, golpe violento, sangre y plumas desparramadas en el jardín. 
Los jirones anaranjados del horizonte ya se reflejaban en el ventanaje de los pisos altos. Desde la penumbra de su habitación, Mabel se puso a observar cómo el viento desordenaba las plumas del ave, a quien la temprana noche había empezado a restarle apariencia, a convertirla en un manchón apenas perceptible. 
De pronto Mabel abre la ventana, estira el brazo, pero no logra alcanzar al pequeño. Se asoma hasta la cintura, mira el agujero negro en el que se han convertido el patio y los árboles; levanta la vista, ve algunas ventanas iluminadas, el resplandor azulado de la ciudad y una que otra estrella. 
Su corazón late con fuerza. Se dirige precipitadamente al depósito de la cocina, encuentra el cazamariposas y sube un piso, a la azotea. 
Una ráfaga helada le corta la respiración. Con una mano se sujeta de la barandilla, en la otra sostiene la red. Se agacha lo más que puede y empieza a menearla delante del pichón, que se traslada al extremo opuesto del pretil. Ya casi te agarro, piensa ella.  
Un viento punzante la obliga a cerrar los ojos. Mabel se marea, pierde el equilibrio, intenta aferrarse a una pita suelta que baila con el vendaval; sus manos entumecidas no le obedecen. En cambio el pichón acaba de volar, experto, hacia las ramas del árbol central.

*Escritora, Premio Nacional de Cuento “Bartolomé Arzáns y Orsúa y Vela-2004. Cruceña de nacimiento.