fundadoras de Feminiflor

Jackeline Rojas Heredia

Las diferencias de género y la anhelada equidad de parte de las mujeres son temas que con frecuencia se abordan desde las distintas disciplinas artísticas, cine, literatura, teatro, comedia y las culturas en general. Este año, las investigadoras María Luisa Soux y Ana María Lema publicaron una importante investigación auspiciada por el Fondo de Población de las Naciones Unidad (UNFPA), documento que resume  el papel de la mujer entre los siglos XIX y XX en Bolivia.
Revelador contenido que propicia la comprensión sobre el dominio de los modelos de pensamiento patriarcal, que aún ahora no pueden ser combatidos solo desde las leyes cuando están profundamente arraigados en el pensamiento de las personas.
El texto hace una mención cronológica de las leyes destinadas a controlar el cuerpo y la vida de las mujeres, tanto antes de la consolidación de la República como durante el desarrollo de la misma, hasta la vigencia actual del Estado Plurinacional.
Las historiadoras además de compartir amplia bibliografía visibilizan a mujeres pocas veces mencionadas en la historia del país, las estrategias que otras utilizaron para pasar las barreras machistas y lograr la “autosuperación”, movidas por el sentido de la sobrevivencia económica en tiempos de conflictos políticos y bélicos. El avance lento para el reconocimiento de los derechos de las mujeres es sin embargo una constante entre los siglos XIX, XX y XXI.

Un repaso a la historia
Poco antes de morir el siglo XIX se humaniza la justicia mediante la Constitución de Cádiz (1812), que prohibió la tortura, limitó las prácticas de violencia estatal contra la mujer. Es el punto de partida desde donde las investigadoras avanzan para situarse en el nacimiento de la “República joven” y en el pensamiento predominante de aquellos años.
Entonces revelan que pese a que el presidente Andrés de Santa cruz promulgó una serie de códigos para establecer un nuevo cuerpo  de leyes y normas destinadas a regular la vida de la sociedad boliviana, en comparación a las leyes coloniales, hay más semejanzas que diferencias sobre todo con el trato y los derechos de las mujeres.
La visión en el mundo patriarcal consideraba a la mujer como una “menor de edad” sin habilidad, inteligencia o conocimiento que le permitiera desenvolverse sola en sociedad. La mujer pasaba a ser objeto de propiedad del marido, luego de ser del padre. No existía ningún tipo de protección legal sobre ella. Todas las decisiones sobre sus bienes patrimoniales y la procreación a través de sus cuerpos eran asumidas por los varones.
A tal punto se consideraba a la mujer como “objeto” que de acuerdo al código penal Santa Cruz el delito de violación era penado  en función a la “condición de la víctima”; si se sospechaba que la misma era o tenía reputación de ramera, el violador solo pagaba la mitad de la pena.
Con la llegada de las religiosas de las congregaciones de Santa Ana y Sagrados Corazones se dan, según las autoras, los primeros pasos a la equidad. La educación religiosa para muchos autores es considerada una “lacra” que siempre aportó más a la consolidación del pensamiento dominante; sin embargo, se destaca en este punto que al estimular el conocimiento en la mujer también se despertó en ella el anhelo de luchar por lo que consideró “justo”.
Ya en 1898 con la Ley de Registro Civil se buscó restar autoridad y control a la Iglesia, pero no se pensó ni se proyectó entonces cambiar la situación de las mujeres. Muchas quedan en el olvido, la violencia es legítima en la visión patriarcal, se le da tanto poder al marido sobre su esposa que en caso de descubrir una infidelidad él puede “matar” alegando la violación a su honor. No es raro en ese contexto que surgiese el clásico poema de la cochabambina Adela Zamudio, Nacer hombre.
La mujer no solo fue susceptible a recibir violencia al interior de su hogar, la sociedad jugó el papel de vigilante y justiciera contra la mujer en distintas circunstancias. Un ejemplo que ilustra la violencia social es que cuando se aprobó la Ley del Divorcio Absoluto (1932), las primeras mujeres en tomar esa opción fueron rechazadas y repudiadas por el conjunto social que las marginó. 
Posteriormente, la mujer logró el reconocimiento a sus derechos civiles, y luego del voto a modo de “prueba” de las mujeres en el ámbito municipal (1947 y 1949) consolidó su participación en los sufragios.
El texto de Soux y Lema, amplio y profundo, narra las vicisitudes y estrategias por las que las mujeres, sobre todo en tiempos de guerra, conquistaron espacios y se integraron al mundo laboral a partir de la costura de uniformes, elaboración de alimentos o bien el desarrollo del comercio, actividad de dominio femenino.
Sin duda el aporte histórico será de gran utilidad.

Heroínas 
La participación de la mujer se registró desde las sublevaciones indígenas. Ejemplos: Tomasa Silvestre, una india de Macha; Isidora Katari en San Pedro de Buenavista, en febrero de 1781; las esposas de los Katari, Mathiasa, Mariana Agustiva y Kurusa Llavi. Y entre las rebeldes urbanas Josefa Goya, María Quiroz y Francisca Orozco, cuyo delito fue obligar a “señoras” a vestirse con trajes de indias.
También Isabel Huallpa, viuda de Choquetijlla de Sicasica  y Ayopaya, condenada a morir descuartizada. Otras heroínas de la Independencia son Vicenta Juaristi Eguino, Simona Josefa Manzaneda y Úrsula Goyzueta. Las guerrilleras (ELN), Monika Erlt, alias la ‘Imilla’, Jenny Koller, alias ‘Victoria’, y Rita Valdivia, alias ‘Maya’.
 En la historia reciente destacan las mineras de la emblemática huelga de hambre de 1977: Domitila de Chungara, Angélica de Flores, Aurora de Lora, Luzmila de Pimentel,  Nelly de Paniagua y muchas más, que se remontan al siglo XIX como las anónimas heroínas de la Coronilla en Cochabamba.