Por: Willy Maydana Esprella /

Muy al contrario de lo que ha establecido el sentido común colonial, instituido a hierro durante 500 años, un estudio realizado por el Observatorio Boliviano de Seguridad Ciudadana y Lucha Contra las Drogas (OBSCLCD) demostró que los asesinos de mujeres en realidad son gente “leída”, “culta”, “instruida”, “preparada”.

El informe del OBSCLCD, desarrolla que, entre las ocupaciones de los feminicidas, “los estudiantes” se encuentran en primer lugar.

Si bien, la violencia de genero atraviesa de manera transversal la sociedad boliviana, la agresión a mujeres, suele asociarse a la ignorancia, a la falta de educación y a la extracción social del agresor.

EI artículo 14, de la primera Constitución que tuvo Bolivia, señalaba que para ser ciudadano era necesario, “Saber leer y escribir… y tener algún empleo”. La mayoría de quienes habitaban la inmensa extensión de aquella patria reciente, no sabían ni tenían.

El indígena asomó el pescuezo a la vida republicana sin un solo derecho, ninguno de los 157 artículos de aquella primera Carta Magna, los nombra (tampoco nombra a las mujeres), no son ciudadanos, no existen.

 Pero las primeras normas no solo diseñaron y normaron la exclusión, sino también delinearon el desprecio. El estigma.

Primero la colonia y después la república, se encargaron de atribuir al indígena, todas las taras del monstruo, casi humano, alcohólico, flojo, promiscuo (se acuesta con sus hijas), pendenciero, traicionero. Atribuyéndole la derrota de las guerras del pacífico, del Acre y del Chaco, como si los que hubiesen gobernado el país no serían las castas de piel rosada, sino los indígenas que se quiebran la espalda de sol a sol.

El informe del Observatorio Boliviano de Seguridad Ciudadana y Lucha Contra las Drogas (OBSCLCD), describe que los feminicidas no actuaron bajo los efectos del alcohol, sino en absoluta sobriedad, es decir, “tenían plena conciencia de lo que estaban haciendo”.

De la casa superior de estudios de la ciudad de La Paz, salieron los estudiantes, que en 1946 derrocarían a Gualberto Villarroel. Los jóvenes se reunían en la plazuela Franz Tamayo, frente al Ministerio de Salud. Después de colgar “al tirano”, aquella plazuela pasó a llamarse “plaza del estudiante”.

Lo arrojaron de una de las ventanas que dan a la calle Ayacucho, le arrancaron las ropas, después lo colgaron de un farol, para escarmiento de quienes pretendían entregar derechos a los indígenas.

Pocos sabían que, en la guerra del Chaco, Villarroel, peleó en primera línea, junto a la tropa, junto a la carne de cañón.

Gualberto, había querido arrancarle unos centavos a EEUU por el precio del estaño, había querido los mismos derechos para el blanco y para el indígena, esos fueron sus pecados. Lo izaron del cuello en un farol.

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