TRIBUNA
H. C. F.  Mansilla

En todas las culturas el sentido común es el más escaso de los sentidos. Bolivia no es una excepción a este principio. En numerosos casos las afirmaciones de los participantes bolivianos en las redes sociales carecen del sentido de las proporciones, que es la manifestación ética del sentido común. No pocos jóvenes, que se autoproclaman liberales, libertarios, anarquistas y librepensadores, protestan enérgicamente contra las limitaciones a la libre circulación que ha impuesto el gobierno a causa de la pandemia del coronavirus. Estas restricciones son evidentemente muy molestas, pero indispensables para un fin superior: evitar la propagación de la plaga y precautelar la salud pública. El derecho a la salud y a la vida es la precondición absolutamente necesaria para la práctica de todos los otros derechos humanos.

   Los libertarios, que pretenden ser la encarnación de la razón histórica – en esto muy parecidos a los izquierdistas tradicionales –, reproducen una constelación dogmática que tiene una larga historia. Como auténticos narcisistas, no comprenden un principio racional-liberal clásico: los derechos de uno mismo están limitados por los derechos de terceros. Y estos últimos en la actualidad aprecian medidas gubernamentales que tienen como objetivo la salud pública y, por consiguiente, la preservación de la vida a gran escala. Estos jóvenes no han aprendido el arte de discernir entre alternativas, la facultad de sopesar entre distintos bienes, todos los cuales tienen algún derecho, pero no todos poseen la misma urgencia en situaciones de crisis.

   Todo esto tiene su similitud en las expresiones de distinguidos cientistas sociales adscritos a corrientes indianistas, que con notable énfasis sostenían que las normas de higiene – que prolongan y salvan vidas – representarían imposiciones del imperialismo cultural, las cuales atentarían contra la identidad de las comunidades indígenas.

   En vista de la situación global causada por la pandemia del coronavirus, necesitamos un sentido común crítico, con el cual evitaríamos dos extremos: por un lado postular únicamente la vigencia universal e irrestricta de los derechos individuales ilimitados, y por otro, suponer que las decisiones gubernamentales son siempre las correctas. Así podríamos evitar, por una parte, prácticas autoritarias provenientes de una burocracia que actúa sin control, y por otra, las manifestaciones de un egocentrismo anarquista que presupone que todo accionar estatal es siempre negativo.

   Lamentablemente en Bolivia los grupos privilegiados (por sus mejores niveles de ingresos y educación) renuncian a menudo a la función de guía y ejemplo racional. Esta constelación nos obliga a considerar el siguiente argumento. El pensamiento liberal-democrático sólo puede ser fructífero si está unido a la cualidad más valiosa del ser humano: el amor a la vida. La mejor filosofía es aquella que examina el desempeño de un gobierno o de un régimen socio-político de acuerdo al criterio de la vida cotidiana, y no según su cercanía a modelos abstractos de organización social o a utopías literarias. En este contexto es conveniente mencionar que el respeto estricto a los procedimientos democráticos no es probablemente suficiente para configurar un orden razonable porque hace falta una mentalidad inspirada por la solidaridad social y el amor a la vida. Para ello es indispensable la práctica de la prudencia, aunque sea impopular, sobre todo en sectores juveniles. La libertad destructiva pertenece a las posibilidades del mundo moderno, y contra esa desmesura y en situaciones excepcionales como la presente, hay que practicar las virtudes de la autodisciplina y la autolimitación.