Sebastián F. Villamizar

Las ciudades colombianas usualmente no han visto los problemas del cambio climático. El Niño y La Niña, nuestros fenómenos climáticos más conocidos, afectan principalmente al campo: las sequías o inundaciones dañan cultivos y puentes, y matan chigüiros en los llanos, pero en las ciudades, estos efectos no se sienten con tanta intensidad.

Caso contrario al de otros países del mundo, donde la emergencia climática afectó de forma considerable todo el territorio. En Australia, por ejemplo, este diciembre, varios días tuvieron temperaturas de más de 40 °C. En las costas estadounidenses de California hay una inundación de peces pene que nunca se había visto. Y para no ir tan lejos, en Brasil, varias ciudades lejos del Amazonas han recibido la población de letales escorpiones amarillos que fueron desplazados por la tala de la selva.

A nosotros, en Colombia, no nos tocó nada de esa magnitud. Sí, Barranquilla y Bogotá se inundan a veces con la lluvia, y el zika fue una preocupación en muchas ciudades donde abundan los mosquitos, pero en realidad no hemos visto efectos tan dramáticos como en otros lugares.

Pero que no nos haya pasado no significa que podamos seguir como si nada. La planeación es algo que nos ha quedado grande como país muchas veces y precisamente este año nos mostró que hay que tomarse en serio el cambio climático que nos afectará. El Gobierno firmó unos acuerdos internacionales, como Escazú, pero eso ha sido más que insuficiente.

Si algo nos enseñó 2019 es que las acciones deben tomarse también desde la ciudadanía y las administraciones locales. Este cierre de alcaldías nos abre la puerta para ver cómo podemos organizarnos y presionar a las nuevas administraciones para que incluyan la resiliencia ambiental como un eje, si no transversal, al menos visible en sus políticas.

Un primer tema clave de estas discusiones debe ser el agua. Varias ciudades tienen acueductos deficientes y la minería en los páramos y otros lugares contamina las fuentes de agua de varios municipios río abajo. Un segundo asunto debe ser la mejora de la conexión de las ciudades con las zonas rurales, en infraestructura y abastecimiento. Y, finalmente, otro tema debe ser la protección de zonas de reserva, como la Van der Hammen, que el alcalde saliente de Bogotá llamó “un potrero”, para que se mantengan sus funciones ecosistémicas.

No necesitamos olas de calor o invasiones de animales venenosos para tomar cartas en el asunto. Precisamente porque no podemos controlar terremotos, inundaciones o sequías es que tenemos que tener planes para cuando lleguen, porque la emergencia ambiental mundial no está mejorando. Ya vemos algunos de los efectos con El Niño en las zonas rurales, pero no tenemos que esperar a que haya muertos para pensar en cómo mitigar sus efectos ahí y en las ciudades de nuestro país.