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Homero Carvalho Oliva*

Hace un tiempo leí un artículo de José Joaquín Blanco titulado ‘Literatura y mercado’, en el que el escritor mexicano reflexiona acerca de la realidad de las ventas de libros y del mercado de lectores, algunas de sus apreciaciones bien pueden ser aplicadas a nuestra realidad.
Blanco afirma: “En México se lee poca novela, exitosa o no. Otros géneros literarios resultan aún más desairados. (…) Finalmente persiste la modestia, para la gran mayoría de los autores. Escribir para los pocos que quieran leer sus obras. No pueden ser tan pocos: parece que se necesitan, hoy en día, unos 2.000 ejemplares vendidos para que el editor recupere los costos”. 
Otro artículo, esta vez del argentino Maximiliano Tomas, titulado ‘¿Cuántos lectores tiene la literatura argentina actual?’, plantea que “la pregunta fundamental, después de una década larga, es si todo este trabajo puede haber servido para crear un nuevo mercado de lectores. Se trata de una interrogante que todavía no tiene respuesta y frente a la cual nadie logra ponerse de acuerdo. Algunos editores son escépticos y aseguran que los lectores de literatura argentina contemporánea son siempre los mismos: no más de 3 mil. Otros, que tal vez lleguen a unos 10 mil (…) Si alguno llega a los 2 mil se puede hablar de un éxito. 
La novela El viento que arrasa, de Selva Almada, editada hace un año por Mardulce y protagonista de un fenómeno de circulación boca a boca extraordinario, está por alcanzar la inusual cifra de cinco mil ejemplares vendidos. Tal vez el caso de Almada esté diciendo algo acerca de la dimensión de esta probable nueva comunidad de lectores, formados a lo largo de una década en los catálogos de editoriales independientes. 
Quizá sean ellos (¿son muchos, son pocos?) los que estén manteniendo viva la literatura argentina actual”. Y estamos hablando de países que tienen más de 45 millones de habitantes en el caso de Argentina y en el de México más de 119 millones, con grandes tradiciones literarias y autores reconocidos universalmente.
¿Cómo estamos por casa? Conversando con libreros bolivianos, todos coinciden en que el género que más vende es la novela, seguida de lejos por el cuento y muy abajo por la poesía. Las editoriales nacionales no se atreven a tirar más de 800 ejemplares de novela, 500 de cuentos y 300 de poesía, y estoy hablando de autores consagrados. 
Excepcionales son los autores que venden más de estas cifras en un año y publicar una segunda o tercera edición. 
Este drama ha hecho que muchas editoriales dejen de publicar literatura y se dediquen al ensayo, que vende más, especialmente el político. Luego, Blanco advierte de la proliferación de “mafiecitas literarias”, “cada cual con sus santones (…) ¡Y cuántos cabildeos, cotilleos, intrigas, adulaciones, zancadillas, crujir de dientes! Ni en los partidos políticos en épocas electorales.” 

Grupos literarios
Algo que en Bolivia se ha venido dando hace varios años, a medida que han aumentado los escritores y se disputan un pequeño mercado o creen que están en competencia. 
Hay todo tipo de grupos, asociaciones, sociedades, sectas, cofradías literarias que funcionan como gremios de ayudas mutuas y tienen todo el derecho de hacerlo porque es la única forma de darse a conocer publicando comentarios y reseñas en un permanente intercambio de favores, intentando crear un supuesto canon nacional. El escritor mexicano, con humor negro, se refiere a escritores que se creen “los mejores” de esta manera: “Queda, un tanto fantasmagóricamente, lo que se ha dado en llamar ‘literatura de culto’ o ‘autor de culto’, tan vagos como efímeros y petulantes”, y estas apreciaciones que son válidas para México también lo son para nuestro medio, en el que sobran las mezquindades y las camarillas institucionales, generacionales o de conveniencia y socorros mutuos.
Mientras sigamos mirándonos el ombligo, en vez de realizar acciones como colectivos nacionales capaces de fortalecer el imaginario universal y la identidad nacional con obras valiosas; mientras las ferias de libros sigan siendo ferias de vanidades y no espacios que acerquen masivamente a los autores con los lectores; mientras sigamos pidiendo a nuestros amigos que presenten nuestras obras (hay algunos que se hacen presentar hasta por seis comentaristas) creyendo que lo que dicen, por cariño o por solidaridad, nos convierte en los mejores escritores del mundo, seguiremos mintiéndonos a nosotros mismos y a nuestros lectores. 

*Escritor y poeta