historia-real-de-acoso

Teresa Constanza Rodríguez Roca*
 

Oh, no. El tipo de la corbata con caballitos de mar. Me ha estado siguiendo. ¿Qué hace ahora en el cine? 
Floria lo había visto en la sucursal bancaria unos minutos antes, cuando él la ayudaba a recoger los billetes esparcidos en el piso. Ella había retirado una suma considerable y se disponía a guardar el dinero en su bolso. 
La mirada fija del joven le despertó desconfianza, a pesar de tener el aspecto cuidado.  
Después de agradecer con una sonrisa tímida, Floria atravesó la calle con la sensación de estar vigilada. Nubes cenicientas ensombrecían la ciudad, goterones aislados se estrellaban en el asfalto, imprimiendo manchas oscuras. La gente iba por el cordón de la acera en busca de taxis. Floria hizo parar uno, y subió. 
—Me lleva a la avenida Ramón Rivero, esquina Oquendo.  
—La vi salir del banco —dijo el chofer en cuanto arrancaron. 
No hubo respuesta, ella se puso a observar el trajín callejero más allá de la ventanilla empañada. Este tipo quien sabe adónde me va a llevar, nada más que tuerza en la Oquendo y acabamos a la orilla del río, debajo del puente. Con seguridad me estaba esperando y yo, por despistar al hombre de la corbata, ni cuenta que me di. 
—Pare en la esquina, voy a bajar —dijo ella. 
—Recién estamos en la Antezana, señorita. 
—Sí, ya lo sé.
El coche se detiene bruscamente. La joven paga, no espera el cambio. De un salto cruza el pequeño río que fluye por la calzada y se guarece bajo el toldo de un hotel. La gente lleva prisa, los negocios cierran. ¿Por qué rayos me habré bajado del taxi? Mira a su derecha, en dirección del banco; a su izquierda, donde las carteleras de un cine resaltan en el ambiente gris. 
Empieza a avanzar rápido, pegada a los muros, tratando de esquivar al gigante acuoso que se viene abajo con la amenaza de transparentar su vestido, de pegarse a los muslos, a los pechos. Al final dio unos pasos corriendo.
Llegó al ancho vestíbulo del complejo, desgarbada y con frío. 
— ¿Empieza alguna película ahorita mismo?  
—Puro amor, en diez minutos —dijo el empleado.
Compró el boleto y fue con paso rápido hacia donde el taquillero le había indicado, “subsuelo uno que se divierta graciaaas”. Bajó las escaleras apresurada.
—Esto está vacío —dijo al acomodador. 
—Sí señorita, parece que va a tener función privada. 
Escogió un asiento de la antepenúltima fila, el más cercano a las puertas. Cuando se acomodaba, empezó la música. Ya más tranquila, pensó que si intentaban robarle, entregaría el fajo calladita, con tal que no le hicieran daño. 
Al cabo de unos minutos, un hombre fue a sentarse en la última fila. Ella metió de inmediato una mano en el bolso para sentir el dinero. Ahora un señor de mediana edad se acomodaba tres hileras delante. Floria se encogió en la butaca. Puede ser cómplice del otro, —pensó— hay pandillas que actúan de forma estratégica, parecería que cada uno va por su lado, pero no es así. Lo hacen para no levantar recelos. Basta, creo que me voy.
En ese instante, una pareja de enamorados buscaba lugar. Otra mujer, por fin. No soy la única. ¿Y si éstos vienen con los demás? Mantenía su mano dentro del bolso, las pulsaciones estaban como en cien, pero decidió quedarse. De algún modo presentía estar más segura dentro que fuera.   
La película empezó con la imagen de billetes rojos cayendo livianos sobre el cuerpo de una mujer que había muerto ahorcada. 
El hombre de la última hilera se acerca a Floria. Ella reconoce los caballitos al resplandor de una escena clara. 
Él toma asiento, afloja su corbata y apoya un brazo contra el de Floria, la cual siente el aliento del hombre cerca de la oreja. Lo ve de reojo y se da cuenta de que en la oscuridad sus ojos brillan. Aprieta con mayor fuerza la cartera. Está a punto de huir, cuando el de los caballitos de mar le dice con voz ronca: ¿Usted cree en el amor a primera vista?   

*Escritora cruceña