Erika J. Rivera
TRIBUNA

Desde que hay crónicas históricas se menciona la existencia de epidemias que cubren vastas regiones y que causan muchas víctimas y graves crisis económicas. La epidemia más mortífera de la historia fue probablemente la Peste Negra de 1347, que abarcó desde la China hasta Europa Occidental. Se calcula que falleció entonces una cuarta parte de la población mundial.

   Desde entonces y en caso de epidemias se han establecido algunas rutinas para limitar las pandemias, que siguen vigentes hoy, como el aislamiento severo de los infectados, la prohibición de viajes y desplazamientos, el uso de ropajes protectores y la intervención del aparato estatal.

   La epidemia de 1665, que asoló Londres y una parte de Europa Occidental, es el tema del libro “El diario de la peste de Londres” (1722), cuyo autor fue Daniel Defoe, a quien le debemos el relato de Robinson Crusoe. La obra describe el número exacto de infectados y fallecidos, su distribución geográfica, las medidas del gobierno para frenar la epidemia y las pautas de comportamiento de la población.

   Como en cualquier época de crisis, la peste de Londres fomentó los mejores y los peores comportamientos. Durante los meses de la peste muchos ciudadanos cuidaban gratuitamente a los enfermos, pagaban sus alquileres, se preocupaban por los hijos pequeños de los infectados, hacían la labor de maestros y guardianes y consolaban a los solitarios y a los moribundos. Pero un número elevado de habitantes negaba toda ayuda a los enfermos, se apoderaba de sus bienes y dificultaban el tratamiento adecuado de los infectados. No pocos ciudadanos pedían la pena de muerte para todo aquel que tuviese el más mínimo síntoma sospechoso.

   Creció enormemente la aversión contra los extranjeros y hasta contra los ingleses que provenían de otras regiones del país. El egoísmo se intensificó en todas sus formas. Y también el descontento político. Había grupos que criticaban severamente al gobierno por no tomar a tiempo las medidas adecuadas y otros que acusaban a las autoridades de aprovecharse de la situación para instaurar un régimen despótico y subir los impuestos.

   La peste de Londres desapareció tan silenciosamente como había venido. Basándose en estas experiencias históricas es que la humanidad aprendió a racionalizar la problemática de las pandemias para proyectar medidas en prospectiva estratégica, apoyándose en la ciencia. Algunos países han desplegado políticas de Estado, como es el caso de Corea del Sur, con bastante éxito. Es por esta razón que al presentarse el problema todo su equipo de contingencia epidemiológica se activó con la debida planificación. Ha sido una gran iniciativa política agresiva de anticipación, que contiene una prospectiva estratégica altamente racional, en la que se destaca la posibilidad técnica de realizar miles pruebas efectivas en un lapso de tiempo brevísimo. Esta anticipación no ha sido azarosa, sino el resultado de una excelente planificación, conocida como el “Plan Nacional de Preparación y Respuesta a la Pandemia”, que se basa en las experiencias de Vietnam y otros países a partir de 1992. Esta anticipación es lo que diferencia la pandemia actual de los casos anteriores y la que, en el caso de Corea de Sur, disminuye considerablemente la cantidad de víctimas.

   Bolivia debe fortalecer su prospectiva estratégica, enfrentando los diferentes escenarios que amenacen la seguridad de los ciudadanos con políticas de Estado de mediano y largo plazo. El futuro puede construirse racionalmente.