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Fragmento de Historia de la rebelión de Tupac Catari, de María Eugenia del Valle de Siles (1990), reeditada por la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia, que se presentará el miércoles 29 de noviembre.

No cabe duda que Gregoria tenía mando, pero lo más seguro es que éste procedía de su propia personalidad y no de un nombramiento o cargo específico. Los jueces la acusaron de haber sido “mandona” y de haberse intitulado virreina. Ella en sus declaraciones lo niega y dice que nunca se autonominó así y que los indios, por su cuenta, espontáneamente, la llamaban cacica. Seguramente esto fue cierto, así como también lo fue que no sólo la llamaron talla o cacica, como lo dice Josefa Anaya, sino también virreina y aún reina.
Matías Mamani dice claramente que Gregoria “tenía mucho mando y le daban tratamiento de cacica”. El negro Gregorio González insiste en lo de virreina. En cuanto a la expresión “reina”, la deben haber encontrado los jueces después en algunas cartas o en las frases de algunos de los prisioneros porque, cuando fueron interrogados todos, se realizó un careo de los culpados, se reconvino a Gregoria de que en su confesión negaba haberse reputado reina de los alzados, a lo que ella contestó que habían“sido los indios de Sorata los que la sentaron como reina en la silla”, pero que en realidad sólo “la trataban como a gobernadora”.
Es comprensible que Gregoria negara el uso de todos aquellos títulos que otrora ostentara con orgullo; ningún vejamen podía borrar el hecho cierto de que ella, una mujer de origen humilde, la simple esposa del sacristán medio fatuo, había sido reina de los suyos y, como a tal, le habían escrito los indios, completando el contenido del vocablo con el de “señora y madre”. Existe una carta del 23 de mayo de 1781 en la que el común de los indios de Achacachi le escribió diciendo:
“Excelentísima Señora Reina: Principales y muy leales vasallos del pueblo de Achacachi, puestos a los benignos pies de vuestra excelencia, como más humildes hijos y reconociendo su angélico corazón, suplicamos y rogamos… nos conceda el soltar a nuestro muy amado y leal don Tomás Inga Lipe, que, fue nuestro padre y madre, hermano y todo nuestro bien… pues si él no viene o muere, ya nosotros no tenemos vida, ni aliento tenemos ya… ¡Ay gran Madre, Reina de sus pobres vasallos! ¿A qué abrigo ocurriremos? ¡Ay Señora! ¿A qué sombra nos acercaremos sino a la caridad de vuestra excelencia?” (Archivo General de Indias).
La carta está firmada por Lorenzo Vargas, un justicia mayor; por Inga Lipe, hermano del preso, quien después traicionaría a Tupac Catari y entregaría la correspondencia comprometedora, y por los caudillos y los caciques de Copacabana, Tiquina, Ilabaya, Huarina y Ancoraimes.
La carta del común de indios y sus principales muestra el poder que tuvo Gregoria, que en un momento dado, y por causas que se desconocen, pudo prender a un personaje tan importante como Inga Lipe, cuya vida llegó a depender de la voluntad de la compañera de Andrés. Todo ello deja ver cuán cierta era la acusación que le hiciera uno de los confesantes al decir que tenía más poder que los propios coroneles.