Por: Freddy Mamani Laura /

El racismo es un problema del que solemos hablar solo cuando es parte de un conflicto grande, como cuando humillaron a campesinos en Sucre, en mayo de 2008, o durante el gobierno dictatorial de Jeanine Añez, que atropellaba a los sectores populares del país. O sea que, cuando no hay alta tensión política, preferimos dejar de lado este incómodo tema. Muchas veces hemos tolerado el racismo cotidiano o nos hemos hecho a los de la vista gorda. Esto contribuye a que el problema ascienda y después estalle.

Deberíamos hablar del tema no solo cuando llega a presentarse con gran magnitud, sino también cuando parece que ya no está presente. Tal vez si nos pondríamos a recordar algunos pasajes de nuestra vida, podríamos encontrarnos con hechos de racismo a los que no dimos la importancia debida en su momento.

Creo que ese silencio sobre este problema nos hace daño. Es como darle la espalda a una situación que luego nos golpea con fuerza.

En mi caso, he vivido distintas experiencias de discriminación. Por ejemplo, cuando hice mi servicio militar, el año 1992, varias organizaciones sociales estaban organizando movilizaciones por los 500 años de resistencia frente a la colonización. En el cuartel, a quienes éramos conscriptos, nos decían que los indios se estaban armando, que iban a destruir el país y que nosotros debíamos defender la patria. Nos decían que nuestro deber era disparar a los indios por el bien de Bolivia.

En una de esas ocasiones que salí de franco, conversé con mi padre con mucho entusiasmo, y esperando una felicitación de su parte, le comenté que en el cuartel nos estaban preparando para hacer frente a los indios. Él me miró y me preguntó, ¿quiénes son los indios? No sabía qué responderle y él me dijo: nosotros somos los indios.

Cuando volví al cuartel, los oficiales nos seguían adoctrinando para disparar a nuestra propia gente, a nuestros padres y abuelos. En un par de conversaciones que tuve con algunos camaradas, les pregunté: “¿Ustedes van a disparar?” Ellos respondieron “¡claro!”. Inmediatamente les dije, “pero esos indios son nuestros padres”.

No faltó alguno de ellos que me delató ante un oficial, quien me tildó de “traidor a la patria”. El comandante también me dijo “traidor”. Fui encerrado en el calabozo por dos semanas, como castigo.

Sin embargo, hoy, recordando esos hechos, no me arrepiento. Además, esa experiencia dolorosa muestra cómo durante los gobiernos neoliberales se enseñaba a los hijos del pueblo a masacrar a sus propios padres. Así se ejercía el poder esos años, enseñando a odiar y a renegar de nuestro origen.

El racismo siempre fue parte de la práctica política de las oligarquías en Bolivia y es parte de su ataque a los logros del Proceso de Cambio. No esperemos a que estalle un conflicto para hablar de este problema. Es mejor abordarlo en los “momentos de calma” para poder proyectar acciones concretas que surjan de un análisis frío y sereno del asunto.(Freddy Mamani Laura es presidente de la Cámara de Diputados de Bolivia)