• Jimmy Iturri /

La primera imagen de Arturo Murillo ante las cámaras de televisión, por las que él sentía especial predilección, blandiendo un par de esposas y amenazando con enviar a Chonchocoro enmanillado al expresidente Evo Morales.

La segunda es anterior, pero vino a mi mente después: el verdadero poder detrás del trono de Jeanine Añez amenazando con cazar como animales a Raúl García Linera y a Juan Ramón Quintana.

La tercera la construyo en mi cerebro después de que me contaron que en medio de la pandemia Jeanine Añez había renunciado y que pasados unos minutos irrumpió en Palacio de Gobierno Arturo Murillo gritando a voz en cuello “nos va a meter presos a todos”.

Las dos primeras imágenes tienen que ver con el manto de encubrimiento que tendió Murillo haciéndoles creer a todos que tenía una bandera cuando en el fondo sólo trataba de meter miedo para llenarse los bolsillos. Esta lectura no es mía, pero quien la pergeñó prefiere, de momento estar en el anonimato.

Y la tercera muestra que pese a su nula preparación académica, Murillo siempre supo que sus tropelías lo podían llevar hasta la cárcel. Y esto ocurrió ayer. Ahora le espera varios meses de proceso y una probable condena a varios años de prisión porque Estados Unidos a través de esto está mandando un mensaje a los políticos de derecha de todo su “patio trasero”, ya no es refugio seguro si lo que se hace es lavar dólares.

Y con él cayeron varios de sus amigos de infancia. Todos se creyeron intocables. Pensaron que era posible mover platita en los bancos de Estados Unidos sin que estas transferencias fueran investigadas. Olvidaron que desde la caída de las torres gemelas en el país del norte hay mil ojos y que estas investigaciones llevaron a la caída de los jerarcas de la FIFA y de la CONMEBOL, incluido el cruceño Carlos Chávez.

Ignoraban que el FBI ya los espiaba desde noviembre de 2019. Es decir, desde que entraron al gobierno. Claro, ya los conocía y sabía que las raterías serían algo más que una posibilidad. La investigación fue impecable: hay desde email hasta mensajes por whatsapp, pasando por llamadas telefónicas. Y todo esto debió ser ordenado por un juez norteamericano, o sea si no la certeza había por lo menos la seguridad de que algo olía mal en el clan de Murillo.