Por: Marco Antezana/

Cuando la administración Trump llegaba a su fin, un grupo de delincuentes asaltaron el poder legislativo de la cuna de la democracia moderna, hecho inédito en la historia. ¡El poder del imperio en peligro!

El modelo de la democracia en el mundo occidental se vio seriamente amenazado, un verdadero atentado contra la paz y la libertad en el continente. Hecho que ameritaba que cualquier país del occidente o del hemisferio sur, Bolivia por ejemplo, enviara tropas militares para desembarcar en territorio estadounidense y poner orden, eliminando a los desestabilizadores y capturando al desquiciado Donald Trump. Pero eso no ocurrió.

Se dan cuenta, he tratado de plantear un ejercicio exactamente igual al que Washington aplica sin titubeos cuando algún país del tercer mundo confronta problemas internos en su democracia, y el imperio que sin mayores reparos se considera el “guardián de la democracia en el mundo”, ejecuta una invasión militar como “Pedro por su casa”.

Pero, en este caso, ningún país de América, África o Asia intentó pagarle a los Estados Unidos de Norteamérica, con la misma moneda. Porque nosotros sí respetamos la soberanía ajena, además nos importa un verdadero bledo lo que otros países hagan o no hagan con su democracia.

Lo que ocurrió con el vergonzoso gobierno de Trump, refleja la crisis integral que viene padeciendo la antigua superpotencia mundial desde la fracasada intromisión en el conflicto de Vietnam. Una sociedad de inadaptados, cuyas crónicas adicciones a todo un abanico de vicios los convierten en los seres humanos más impronosticables de nuestra época. Una sociedad macromaniaca, ahogada por el inmediatismo de lo superficial y la invasión inmigrante de millones de ilusos pauperizados que aseguran que la patria del tío Tom, aún es la “tierra de las oportunidades”. Esta sociedad plagada de sicópatas que mata su interminable tiempo de ocio y su enfermiza inclinación al consumismo entre las ofertas del Mall, el Halloween y el Día de Acción de Gracias, socapa su propia tragedia moral, llorando sus desgracias para después aplaudirlas en una película candidata al Oscar, ensalzando a voz en cuello su liberalismo burgués y el bienestar de su vida privada, gracias a sus religiones-show que les permiten espiritualmente un libertinaje económico construido sobre la miseria y la contaminación del resto del mundo.

Tanto republicanos como demócratas han utilizado el neoliberalismo para imponer una flagelante democracia en la cual los nuevos colectivos son excluidos por su color de piel, por sus opciones sexuales, por sus creencias o por sus preferencias culturales. Esta democracia trafica con nuestra salud, con nuestro territorio, con nuestra juventud, con nuestro territorio, con nuestro patrimonio cultural y natural, pisoteando nuestra soberanía.

Hace algunas semanas la China de Mao Tse Tung se convirtió en la superpotencia mundial, desplazando de su sitial a los Estados Unidos. La sociedad china es un pueblo disciplinado en el trabajo, no es una sociedad que se pasa la vida endiosando el libertinaje y promoviendo pecados por doquier. La China es un grandioso ejemplo de lo que una gigantesca nación de postergados campesinos logró en 70 años, después del triunfo contra el Kuomintang.

Pero, ante todo, la China es escuela de una auténtica Revolución Cultural, porque en la China “quienes buscan hacer de las suyas, reciben lo suyo” y sanseacabó.

¿Estaremos asistiendo al nacimiento de un nuevo imperialismo? Preocupante pregunta. (Marco Antezana es analista político)

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