Joaquín Ayma /

Pero Pedro Castillo ganará las elecciones y se convertirá en el nuevo presidente de Perú. Por supuesto, si los medios de comunicación, el sistema electoral y los sectores más conservadores de aquel país “tan próximo” deciden respetar la decisión de las mayorías.

El 10 de noviembre de 2019, gracias a las gestiones del presidente de Argentina, Alberto Fernández, el gobierno de México envió un avión oficial a Bolivia para precautelar la vida del mandatario depuesto y trasladarlo a México en calidad de asilado político.

A las 3 de la mañana de ese mismo día, la OEA había difundido un informe que, aludiendo un “inexplicable” cambio de tendencia, denunciaba una “manipulación dolosa” de las elecciones en Bolivia. A las 3 de la tarde, Williams Kaliman, comandante de las FFAA “sugiere” a Evo Morales renunciar. Evo renuncia. Pide a las instituciones armadas no masacrar al pueblo.

Aproximadamente a las 11 de la mañana, después de hacer escala en Lima, Perú, el avión de la Fuerza Aérea Mexicana, llega al aeropuerto de Chimoré.

Cuando el avión se disponía a partir del aeropuerto, el general de aviación Gonzalo Terceros Lara ordena impedir el despegue de la aeronave. Las organizaciones sociales que acompañaron a Evo durante toda la noche del lunes 10 de noviembre, y que comenzaban a desconcentrarse, regresaron al aeropuerto para resguardar a Morales.

Ocho horas después, por fin Jorge Tuto Quiroga (verdadero artífice del golpe), ordena a Terceros permitir la salida del avión que trasladará al expresidente. Sin embargo, Martín Vizcarra, entonces presidente de Perú decide congraciarse con Donald Trump, y retirar el permiso aéreo para que el avión de la Fuerza Aérea Mexicana, cruce territorio peruano.

El mismo gobierno que horas antes había concedido los permisos aéreos al avión mexicano que trasladaría a Evo, ahora se lo negaba.

Nuevamente intervino el presidente Alberto Fernández, logrando la autorización del gobierno paraguayo para que el avión mexicano cruce territorio de Paraguay, luego Brasil, y por fin arribe a México.

Tanto a Perú como a Bolivia, los atraviesa desde hace más de 500 años una contradicción que va más allá de la lucha de clases, la contradicción étnica. Ambos países poseen una amplia población indígena precolombina, y han heredado las taras y los prejuicios coloniales.

La campaña de Keiko Fujimori (candidata de la extrema derecha peruana) se basó en la estigmatización de Pedro Castillo, aludiendo a su condición indígena, quechua y serrana (con la carga semántica que aquello implica, equivalente a ser “colla” en Santa Cruz).

El Perú profundo, excluido, necesita a Pedro Castillo, para reencontrarse con sus raíces, para aprender a no avergonzarse de las polleras ni de la piel color tierra de hombres y mujeres.