María Eugenia Rinaudo

La cumbre del clima, que cerró el domingo 15 de diciembre en Madrid, dejó a muchos con un sinsabor. Y no es para menos. El objetivo de la COP-25: definir el marco implementador del Acuerdo de París, no fue alcanzado. Con un contundente mensaje de urgencia —‘Es tiempo de actuar’—, los líderes políticos de todo el mundo se reunieron a discutir sobre mercados de carbono y equidad de género, dos temas delicados y trascendentales que marcan parte del eje del acuerdo climático.

En el marco de estas negociaciones, la equidad de género fue uno de los temas que logró avances significativos con la aprobación de una hoja de ruta con acciones específicas para insertar el papel de la mujer en las estrategias de adaptación y mitigación, y en las decisiones climáticas de territorios altamente vulnerables a los impactos del clima extremo.

Por otro lado, los mercados de carbono constituyeron parte de la discusión central de estas negociaciones climáticas. Los países allí reunidos tenían la responsabilidad de hacer realidad un plan de acción ambicioso para conseguir la descarbonización de la economía mundial, tomando en cuenta alternativas a la extracción de los combustibles fósiles y así hacer realidad un modelo de desarrollo sostenible. Pero esto no sucedió.

El artículo 6 del Acuerdo de París, el cual cobija la regulación de mercados de carbono, debía ser revisado y ajustado para incrementar la ambición en las metas de mitigación y así garantizar avances significativos en la reducción de gases de efecto invernadero. Con una desazón quedamos todos los que seguíamos de cerca estas negociaciones, pues, a pesar de que esto era una prioridad, países industrializados como Brasil, China, India, Estados Unidos y Australia bloquearon lo que podría ser un resultado contundente, por privilegiar agendas e intereses de carácter extractivista.

La ciencia sigue demostrando que, de continuar estas tendencias actuales de explotación y uso de combustibles fósiles, lo más probable es que superemos los tres grados centígrados de temperatura.

La irresponsabilidad con la que algunos líderes políticos actuaron frente al tema da mucho para reflexionar. A este nivel de urgencia, complejidad e incertidumbre en el que nos encontramos ya tenemos que poner responsabilidades con nombre y apellido. Las polémicas agendas anticlimáticas de Bolsonaro, Trump o Xi Jinping prevalecen sobre el futuro —y presente— de los pequeños países del mundo que no cuentan con las oportunidades económicas para enfrentar los riesgos y las amenazas del cambio climático.

A pesar de que en esta conferencia no se llegó a un esperado consenso sobre la forma como el Acuerdo de París sería implementado, la ciencia sigue hablando y demostrando con absoluta vehemencia que, de continuar estas tendencias actuales de explotación y uso de combustibles fósiles, lo más probable es que superemos los tres grados centígrados de temperatura, lo que representa una alerta sin precedentes a los sistemas sociales y naturales del mundo entero.

Cerramos este 2019 con un gran retroceso en la historia de las negociaciones climáticas, agrandando cada vez más la brecha entre la ciencia y la política, sin tener un rumbo específico sobre cómo implementar el Acuerdo de París para incrementar la ambición en las metas de mitigación, a pesar del clamor de los millones de jóvenes, activistas, pueblos indígenas y científicos de todo el mundo que alzaban su voz.

Confío, sin embargo, en esos pequeños esfuerzos locales que están cambiando la historia de muchos territorios a lo largo y ancho del planeta, demostrando una vez más que el cambio climático es un tema local y que a través de sencillas, pero contundentes acciones podremos diseñar territorios más resilientes a los efectos extremos del clima.