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Carlos Fernando Toranzos Soria*

Con las enseñanzas de Mama Ojllo y Manco Kapaj, sus hijas e hijos empezaron a vivir mejor. Cazaban, pescaban y colectaban frutos y cultivaban la tierra. 
Aprendieron a diseñar nuevos tipos de maíz. Dieron color de oro a unos, de blancas nieves a otros, grano grande y grano pequeño. Maizales que crecían y alimentaban. Papas que también las aprendieron a cultivar y en su cosecha a comerlas de muchas formas, y por supuesto a guardarlas para épocas largas. Aprendieron a preservar la papa deshidratándola y para comerla rehidratándola.
La vida se desarrollaba plácida y sin problemas. El cóndor sobrevolaba los valles los llanos, las alturas. Saludaba a los apus. 
Se reunía con el puma y con katari. Ambos le informaban sobre los avances y a veces las penas de los habitantes de la tierra. 
El cóndor llevaba noticias a Wirakocha y entre Inti y Killa decidían qué hacer o cómo apoyar a solucionarlos o agradecidos recompensaban las alegrías con mejores cosechas y mejores frutos y mejores prendas. A veces aparecían en la tierra en forma de sueños y otras en forma de animales que les enseñaban como arreglar sus problemas. Pajaritos que hablaban su lengua, hormigas que indicaban el camino. Todo era un paraíso.
El puma estaba paseando por la orilla de un río y vio a una mujer sentada. Tenía las trenzas deshechas y la cara llena de lágrimas. Los pies dentro del agua y las manos en alto diciendo. El puma se acercó con cautela y escuchó lo que decía:
Tata Inti, Mama Killa, llévenme con mis ancestros, no quiero vivir más. Mis hijos están enfermos y se van a morir. Yo ya no quiero vivir. De su boca salía un lamento largo y agudo. 
El puma corrió a buscar a Katari, al encontrarla le dijo lo que había visto. Katari, rápidamente fue a ver a la mujer y desde muy cerca notó que la mujer tenía en su regazo un niño. La mujer desconsolada seguía llorando. Katari se acercó más y vio que el niño temblaba sin parar. La mujer ponía un poco de agua sobre la frente, pero el niño seguía temblando.
Katari fue a buscar a Cóndor y le contó lo que había presenciado. Cóndor voló sobre los apus y siguió volando, llamó a Wirakocha y le dijo la historia, y lo triste que estaba la mujer. Wirakocha bajó del cielo y se sentó con la mujer. Vio que el niño estaba muriéndose. 
Tocó al niño, sintió la alta temperatura del niño e inmediatamente supo lo que era. Paludismo dijo, fue al bosque y cogió una rama de Quina-Quina, se la llevó a la mujer. Puso la rama sobre el regazo junto al niño. La fiebre empezó a bajar y los temblores a disminuir.  La mujer miró la rama, la olió y le dio un mordisco. El sabor era ácido y fuerte, pero supo que era lo que curaría a su hijo.
Esa noche pudo dormir con el niño sin fiebre y a salvo de la enfermedad. En sus sueños vio cómo Wirakocha traía la rama de quina-quina y la ponía sobre su regazo. 
Por la mañana su hijo estaba sin fiebre, sonriente y feliz, estaba claramente curado. 
Fue a la casa del jilacata del ayllu, le contó la historia. El jilacata llamó a los habitantes y le pidió a Mantu, que así se llamaba la mujer, que contara la historia. El ayllu nombró a Mantu, la jampiri (curandera) del pueblo. De esta forma, el ayllu tuvo su jampiri. 
Mantu recogía corteza de quina-quina y por consejos de Katari y puma, y cóndor, sabía que había otras plantas que curaban males.
La coca, el wagaysawsi, el paigo, la manzanilla. Hierbas, plantas y minerales que curaban las enfermedades de los humanos, tanto del cuerpo como del alma.
Es más, por consejos de Wirakocha que se aparecía Mantu, ese ayllu se dedicó enseñar el arte de la medicina. Ese ayllu es Kallawaya y Mantu su primera jampiri.

*Docente emérito en Anglia Ruskin University, Cambridge, Inglaterra.